El colibrí se baña en la lluvia
Rubén Zatarain Mendoza*
Es un lunes por la mañana. La modorra de una noche calurosa de sueño intermitente se pierde detrás de una segunda taza de café.
El profesor X extiende la mirada y la pierde en el cristal sudado y opaco de la ventana.
Llueve apaciblemente.
—Hay que ir a trabajar, no te relajes demasiado —le recuerda la conciencia, esa que siempre madruga en todos los inicios de semana.
Aun así, divaga y retarda en su boca la ingesta de otro sorbo de café.
En su soliloquio piensa erráticamente. A través de sus ojos entra un pequeño mundo al que se ha habituado; un verde amigo del pequeño jardín irrumpe en su horizonte y lo saluda antes de llegar a la pared que era blanca.
La barda divisoria de la calle hace topar su mirada, no así los sonidos que provienen de ella, que ondulan y brincan hasta llegar a sus oídos. Lo bueno es que el ruido es muchas veces pasajero, como esas motocicletas de conductores apresurados que se intercalan con las voces de los primeros vendedores y se pierden.
Existe porque el calor de la taza de café acaricia su mano diestra. Siente latir el corazón y el pensamiento sin orden se detiene azaroso y pesadamente en algún punto del tiempo y el espacio del ayer: ser profe en la cocción del tiempo, en la hojarasca del calendario, mucho archivo muerto, muchas asociaciones vivas.
Definitivamente existe, todo así lo indica. Llena sus pulmones de aire nuevo; todo él es un cuerpo de soledad.
Es el mes de cumple de años de servicio y el recuerdo ineludible de la vida lo toma de la mano como un viejo caminante cuyos pasos han agotado las mejores energías, los pasos más firmes.
No es hora de tristezas, pero se esboza una lágrima que alcanza a detener a medio camino; la lluvia parece acompañarlo como los muchos alguien que a lo mejor sienten melancolía cuando la lluvia cae.
Hace rato empezó una lluvia suave y sus ojos descubren algo que no había visto en los cientos de imágenes reales y digitales que archiva en órdenes distintos su memoria.
Un colibrí se baña bajo la lluvia.
Como obra perfecta de la aerodinámica, extiende sus alas entre las abundantes flores.
Algo increíble: restregó alitas y lomo en sentido inverso en unas hojas húmedas de la copa de oro, como si jugara y tejiera su felicidad al humedecer su pequeña colibriedad sin sombra, en un claro disfrute de frescura en sus pequeñísimas plumas, ajeno al observador, realizando en solitario un baño matutino y veraniego.
Un colibrí tomando la ducha, vaya regalo. Los pensamientos del profesor X cambian; la pequeña ave enciende el botón de las buenas cosas.
El colibrí y el hombre.
El actor y el observador.
La vida de uno que deviene en vuelo relajado, la vida de otro que se desliza con las intermitencias de un tiempo trocado en canas como los primeros gises.
Los recuerdos de infancia de sus baños bajo la lluvia, las risas y gritos de algarabía de los amigos, todos buscando lugar bajo las chorreras de los tejados, el papalote de engrudo y papel de china, las varillas de madera ligeras, el papalote de vuelo frustrado que flotó en un charco.
Los recuerdos de adultez se estacionan en Óscar, aquel niño de primer grado de gripe eterna, ese pequeño que asustadizo lloraba ante la lectura oral y cuando llovía, tal vez porque bajaba el telón de luz solar y el salón se inundaba de obscuridad o media luz.
No es la primera vez que observa el vuelo de los colibríes, admira sus alas y el singular sonido, cuando andan en cortejo o pelean contra las mariposas por el néctar de las flores de pasiflora y del obelisco rojo.
También llegan al recipiente por el néctar preparado de agua y azúcar; huyen cuando están las abejas piratas, las hormigas escaladoras.
De vez en cuando ahí hacen su patio de recreo; no hay ladridos ni maullidos; les convoca la sombra del limón persa que perdió de manera temprana el injerto y desde donde pende el dispensario de néctar en forma de fresa con su etiqueta de 120 pesos.
El colibrí bañador casi sonríe con una pirueta en el aire.
La lluvia tenue, casi como brisa, sigue cayendo a pausas.
La taza de café luce ahora vacía; el exoesqueleto de taza y esqueleto del bebedor están fríos.
Una mirada al reloj de pulso; el profesor X se pone de pie.
El colibrí ha emprendido el vuelo.
Los pensamientos del hombre ahora están en reposo.
Enciende su viejo auto, escucha el claxon de un conductor de motocicleta apresurado, una segunda mirada al viejo reloj de pulso de marca Orient; tiene en mente un plan de la jornada. Atrás queda el portón negro, el tejado, el jardín, el verde y el colibrí que ya se ha ido.
*Doctor en Educación. Profesor normalista de educación básica. zatarainr@hotmail.com
Mi estimado Rubén. Atizas la nostalgia. Saludos.
Estimado Dr. Zataráin, evoca añoranza de tiempo, mirada observadora y narrativa de un sujeto sentipensante, el colibrí se baña y aparece solo si el hombre lo nombra.
La narrativa nos permite leer al hombre y su sensibilidad