El bóiler gigante

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Jaime Navarro Saras*

A finales de los 80 del siglo pasado, laboré como docente de educación secundaria en una escuela nocturna que estaba ubicada en la colonia Balcones de Oblatos; era la Escuela Secundaria para Trabajadores núm. 12 (cuyo modelo de educación ya desapareció). La mayoría de los estudiantes eran jóvenes; una buena parte de ellos no cumplían el requisito de tener más de 15 años al ingreso, pero sí eran parte de la fuerza trabajadora. Lo hacían como peones de albañil, ayudantes de carpinteros, mecánicos y en talleres donde elaboraban zapatos.
Las clases las iniciábamos a las 18:20 y terminábamos a las 22:00, 5 módulos de 40 minutos con un receso de 20 minutos, en total 30 horas/clase a la semana. A pesar del horario de la escuela y el cansancio con que llegaban, la mayoría cumplía con las actividades que se realizaban en clase o se dejaban para casa. Básicamente, eran unos niños, salvo unos cuantos donde el de mayor edad no rebasaba los 22 años y de apodo le decían el abuelo, quien ya estaba casado y tenía una tienda de abarrotes cerca de la escuela.
En una ocasión les organizamos una excursión; el programa incluía una caminata por el Centro Histórico, visitar el Museo Regional y el Museo Albarrán y terminar en el Balneario Cañón de las Flores, ubicado en una de las entradas al Bosque de la Primavera.
Quedamos en que lo haríamos en día sábado para que pidieran permiso en sus trabajos; total que llegado el día nos reunimos en la puerta de la escuela, llegó el camión e inició la experiencia. Hasta el Centro Histórico, todo bien; cantaban, platicaban y convivían tranquilos. Después de dejar el Museo Regional y ver el espectacular mamut de Catarina y ya en camino al Museo Albarrán, todo quedó en silencio; sólo veían por la ventana las casas que estaban por la Avenida Juárez y Avenida Vallarta, después La Minerva, la colonia Universidad, la Universidad Autónoma de Guadalajara y finalmente las mansiones de Colinas de San Javier. Cuando estábamos bajando del camión para entrar al Museo Albarrán, le pregunté a la jefa de grupo por qué tanto silencio; tajante me dijo: La mayoría no conocíamos la ciudad más allá del centro. Eso me enterneció y me dio tristeza.
Finalmente, nos trasladamos al bosque de La Primavera, al tan anhelado Balneario Cañón de las Flores. En cuanto llegamos, corrieron a los vestidores y salieron con su traje de baño de todos los modelos: pantalones cortos y camiseta, shorts de futbol y los menos, los clásicos trajes de baño.
Unos se metían a la alberca, otros a jugar futbol y voleibol en las canchas o estar en grupitos platicando; no faltaron las parejas de novios y los clásicos curiosos buscando qué hacer.
Al estar sacando cuentas del total de alumnos, nos faltaban 5. Pregunté dónde estaban y me comentaron que habían subido a una pequeña montaña que estaba dentro del balneario. Fui a buscarlos y cuando me los encontré, me dijeron que no habían encontrado el bóiler gigante. Les pregunté por qué buscaban un bóiler y al unísono respondieron: “El que calienta el agua de las albercas”. Me reí y les comenté que eran aguas termales, las cuales así salían del subsuelo. Bajamos de la montaña; ellos seguían con sus dudas. En eso llegamos y estaba el maestro de Ciencias Naturales. Le pedí que les explicara con más detalle técnico y científico por qué estaba caliente el agua de las albercas y a qué se debía. El maestro les dio santo y seña; algunos expresaron más dudas y después a regresar a las albercas y con sus dinámicas de diversión.
Una vez llegada la tarde y con el sol a cuestas, regresamos al camión con retorno al oriente de la ciudad; algunos padres ya los estaban esperando. Nos despedimos de ellos, quienes traían caras de felicidad; los volvimos a ver el siguiente lunes en las actividades escolares cotidianas.
Pasaron muchos años, muchos después de que estas generaciones egresaron de la secundaria; a unos hasta allí les alcanzó la vida escolar, a otros hasta la preparatoria y a los menos una carrera técnica o la universidad. Alguna vez que me encontré a uno de ellos, platiqué unos minutos y me recordó la ida al balneario y me comentó: Profe, muchas cosas que aprendí en la escuela ya se me olvidaron, pero lo que nunca he olvidado es la explicación que nos dio el maestro de Ciencias Naturales sobre las aguas termales y la actividad volcánica que hay en el Bosque de la Primavera, así como la inexistencia del bóiler gigante.

*Editor de la Revista Educ@rnos. jaimenavs@hotmail.com

Comments
  • Lorena
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    La lectura de la realidad educativa de nuestros alumn@s si la reflexionamos con justicia es dolorosa como profesor. Sin embargo, desde el sentido de vocación y servicio cobra otro sentido, ahora se le romantiza en un contexto neoliberal donde no le interesa al Sistema Educativo Mexicano lo que siente o piensa el niño o joven si no, lo que sabe hacer instrumentalmente, nos demuestra tú narración la verdadera importancia de sentipensar, de entablar una comunicación humana y significativa en los alumnos, que al final, es lo que le impacta a ese aprendiz no solo en sus recuerdos y afectos, si no en ser un ciudadano con derechos.

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