Educar y cuidar, más allá de las aulas
Marco Antonio González Villa
Era 2018. Me desempeñaba como orientador de tercer grado del turno vespertino en una preparatoria oficial ubicada en el municipio de Coacalco. En uno de los grupos a mi cargo, el 3 específicamente, había un grupo de estudiantes que, desde primer año, se habían caracterizado por ser sumamente competitivos para el fútbol, lo cual les había redituado en ganar varios torneos internos, incluyendo el intergrupal de ese año.
Los triunfos, la convivencia de casi 3 años, la camaradería y el disfrute por las risas y la vida los habían vuelto no solamente unidos; también les había permitido compartir diferentes formas de enfrentar las dificultades, lo cual, desde el punto de vista del vínculo social, era valioso y significativo… pero también un gran riesgo.
Afuera de la institución, tanto a la hora de entrada como a la salida, se reunían un grupo de jóvenes que no pertenecían a la institución, pero gustaban de acudir a la escuela para intimidar a quien se dejara o bien para intentar ligar con las alumnas; algunos de ellos llegaban a pie y otros llegaban en motos, colocándolas una al lado de otra como en una formación de guerra. Esta dinámica se presentaba invariablemente todos los días.
Pero un día todo cambió. Uno de los alumnos del grupo 3, el goleador del equipo, por cierto, llegaba todos los días a la escuela en su auto y, en una lamentable tarde, al momento de arribar a la preparatoria, tuvo un percance con uno de los motociclistas, estando a punto de chocar, lo que los llevó a las ofensas verbales y atrajo la atención de sus respectivos bandos, quienes se involucraron, conteniéndolos y separándolos para evitar que el conflicto creciera, lo cual se logró, pero sólo en ese momento.
A partir de ese día, las miradas retadoras y las indirectas se convirtieron en algo común, hasta que un día se volvieron directas y en aventones entre ellos, que terminaron hasta que logramos convencer a mis alumnos de entrar a la escuela. Como su orientador, hablé con ellos en varias ocasiones y les pedí que pararan, pero no lograba convencerlos. Conocía a uno de los jóvenes del bando de afuera de la escuela; era un exalumno y hablé con él también para pedirle que, por favor, pararan todo. “Yo de mi parte no haré nada, profe, pero no respondo por los demás”, fueron sus palabras y lo cumplió; a partir de ese momento se mantuvo al margen de la situación.
Desafortunadamente, pocos días después, mientras recibía a los estudiantes a la hora de entrada, un alumno llegó a decirme: “Ya se hicieron los golpes, profe, córrale”, y corrí y me encontré con mi alumno del conflicto, el del auto, todo alterado, y le pregunté: “¿Qué pasó?”. Sólo me dijo “ya valió, pero ya viene mi tío y unos primos para acá”. Al parecer, entre dos personas le habían tirado unos golpes y estaba sumamente enojado; en pocos minutos llegó su tío en un auto con otras personas, relativamente joven, como de 30 años, y le indicó a mi alumno que subiera al auto para buscar a quienes le habían pegado. Me paré a un lado del auto y le pedí al tío que no hiciera el problema más grande, que pusiera el ejemplo, pero sólo me dijo “No” y arrancó el auto llevándose a mi alumno.
Entré a la escuela, junté a sus amigos y les pregunté qué había pasado: primero guardaron silencio, pero acabaron contándome que finalmente se habían agarrado a golpes mi alumno con el motociclista del conflicto, pero que otro del bando del segundo se había metido y le había pegado a la mala a mi alumno. Se hizo entonces la campal; 4 de los amigos de mi alumno se metieron y se golpearon también contra los rivales, pero no pudieron evitar que su amigo, mi alumno, recibiera golpes de varios de los contrincantes.
Intenté contactar por teléfono a mi alumno; 2 horas más tarde lo conseguí. Después de las preguntas obvias, me comentó que sólo le habían metido un susto a dos de sus agresores. Le pedí entonces que por ningún motivo se acercara o fuera a la escuela; minutos después contacté también a su familia, comenté lo sucedido y brindé las mismas indicaciones.
Tomé aire y decidí que fueran también los familiares de los otros estudiantes implicados y antes de las 5:30 ya se habían retirado a sus casas todos ellos. Es lo más sensato que he hecho en mi vida como docente.
Ese mismo día, a la hora de la salida oficial de toda la comunidad, vimos cómo se acercaban a la escuela un grupo de jóvenes con actitud agresiva: venían buscando a mis alumnos. Sin embargo, al no encontrarlos, uno de ellos sacó una pistola y lanzó disparos al aire, provocando un caos en el que estudiantes, docentes y familiares corrían para todos lados con pánico y gritando, lo cual asustó a los agresores y provocó su huida. La escuela fue el resguardo de muchos miembros de la comunidad por espacio de una hora aproximadamente.
Así terminó finalmente el conflicto: los externos no volvieron a pararse por la escuela, una patrulla finalmente ocupó su lugar; mis alumnos tampoco volvieron a presentarse a la institución: faltaba un mes de clases y, como escuela, decidimos que ya no se presentaran, ni siquiera a su ceremonia de egreso.
Esta experiencia ahora forma parte de la historia y de las anécdotas de la preparatoria y la podemos compartir con la calma de haber tenido un final que no lamenta afortunadamente nadie: los alumnos pudieron seguir así adelante con sus vidas. Una decisión lo hizo posible. Pudimos vivir y entender que nuestra función, como docentes y como escuela con las y los estudiantes, va más allá de las aulas; en muchas ocasiones tendremos que cuidarlos, incluso con mayor conciencia que la familia. Un docente no sólo educa, también, literalmente, salva vidas.
*Doctor en Educación. Profesor de la Facultad de Estudios Superiores Iztacala. antonio.gonzalez@ired.unam.mx