Desmemoria

 en Rodolfo Morán Quiroz

Luis Rodolfo Morán Quiroz*

Es objeto de cursos y de discursos, de esfuerzos a favor y en contra, de estudio de múltiples disciplinas. La verdad es que de la memoria siempre nos acordamos como algo de lo que solemos tener muy poco. Y hasta nos sorprende que alguien se acuerde en detalle de determinados acontecimientos, frases, personajes y nombres.
Nuestra memoria es parte de los argumentos de libros, cuentos, películas, discusiones, rompimientos y reconciliaciones. Porque recordamos poco y queremos que eso sobreviva. Los profesionales de historia y de la psicología, de la arquitectura y del derecho dedican tomos, cajas, edificios, discursos y edictos a la preservación de la memoria. A entenderla y organizarla. La personal, la social, la que trasciende generaciones.
Nada más memorable y fácil de olvidar que la máxima: “la más débil de las tintas es más fuerte que la más fuerte de las memorias”. Y luego se nos olvida llevar el bolígrafo, o llevar la lista escrita de las compras, o el cubrebocas en esta emergencia sanitaria.
Hay momentos en que solicitamos el auxilio de la memoria como apoyo a la misericordia ajena: “en este curso de estadística me fue mal, PERO recuerda que en el curso pasado me fue peor”. Recurrimos a la memoria para discutir a nuestras anchas con nuestros amigos, enemigos o cónyuges (estos últimos ocupan campos cambiantes en esos extremos de los afectos). Olvidamos tanto los hechos políticos mundiales como los de nuestro barrio. Olvidamos si cerramos la puerta al salir; o simplemente olvidamos cerrar u olvidamos salir.
La memoria y la desmemoria sirven, en ocasiones, a un mismo propósito: recordamos para no tener que pasar por experiencias desagradables nuevamente. U olvidamos las experiencias desagradables como una forma de defensa para no sufrirlas como invocación. Olvidamos lo que determinadas personas nos dijeron o hicieron. O creemos recordar, con menor o mayor desacuerdo o ayuda de quienes estuvieron ahí, en aquella ocasión, lo que pasó o dejó de suceder. “¿Tú qué?, tú ni estabas presente, al menos no me acuerdo que ahí anduvieras”, solemos reclamar. “Cómo no: y hasta recuerdo que también pasó esto otro y estaban tales otros testigos y protagonistas. Y el detalle que tú olvidas es que…”, nos suelen desafiar.
Cosa triste es que nuestra persona favorita en algún momento, corto o largo de la vida, se olvide de nuestro nombre o existencia, de nuestra cita para hoy o de nuestro compromiso en el largo plazo. Cosa menos lamentable es que logremos olvidar las lágrimas y los dolores del pasado, aunque se desdibujen también con los logros y las alegrías de aquellas épocas.
Por más que parece deseable aprender cómo recordar mejor, el proceso de aprender a olvidar tiene también sus secretos. Entre ellos, si consideramos que es cosa secreta, es probable que tardemos más en librarnos de la carga. A menos que se trate del pobre millonario que olvidó la clave de su cuenta bancaria. Olvidaremos muchas de nuestras aventuras y desventuras. Recordaremos que hubo acontecimientos que marcaron nuestras vidas y las de muchas otras personas. Aunque no recordaremos ni todos los acontecimientos ni a todas las personas que estuvieron en nuestro entorno.
En todo caso, la desmemoria también es una manera de recordarnos que pronto nos olvidaremos de este mundo (y este mundo se acordará de nosotros no mucho más). Hace algunos años, la memoriosa madre de uno de mis mejores amigos, quien solía contarme, durante tardes de muchos años, largas historias llenas de detalles, estaba sentada junto a la puerta de su casa. La saludé contento de volver a verla y simplemente volteó para llamar a su hijo: “te llama un señor”. En sus últimos meses había olvidado no sólo los ingredientes de las comidas que durante años preparó, sino también la existencia de sus hijas y los personajes e interlocutores de sus muchas historias vespertinas.

*Doctor en Ciencias Sociales. Profesor del Departamento de Sociología del CUCSH de la UdeG. rmoranq@gmail.com

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