De primavera, amarillo y resplandor

 en Rubén Zatarain

Rubén Zatarain Mendoza*

Desde el lugar observatorio dónde extiendo la mirada al ancho cielo que cambia de color al ritmo del transcurso del tiempo, al ritmo de las horas del día y la noche, el ojo que mira sugiere este tema.
Desde ese lugar, parte ahora del espacio personal de trabajo a distancia, dominaba el horizonte la copa frondosa de un árbol de primavera que apenas hace un año lucía elegantes ramilletes, ramilletes de flores que le habían tomado prestado el color a las estrellas nuevas; fulgores de sol atrapados en las membranas externas de tiernas flores que invitaban a contemplar hacia lo alto.
El árbol de primavera (Tabebuia donell-smithii) al que me refiero en estas notas ha muerto, a pesar de que es una especie protegida en México por la SEMARNAT desde 2001 (NOM 059).
De su materia deshidratada sólo queda el esqueleto de un tronco y ramas grises que ocasionalmente hace crujir el viento.
El amarillo que todos aprendemos en el jardín de niños, el Quinto Sol de esa bóveda florida ha desaparecido por crueldad humana innecesaria. Es recuerdo su pulmón generoso de vida en verde y amarillo. Su palpitar propio en forma de belleza ya no se percibe.
Su vida era necesaria para tranquilizar los miedos respiratorios de los neoaztecas indios Banderas que también heredaron la viruela, la leyenda de la llorona, el cólera y otras vulnerabilidades.
En ese jardín aéreo de flores, verdadero jardín de Babilonia de un solo árbol tropical y múltiples flores, posaban en búsqueda de néctares, abejas y mariposas miméticas al esplendor del color amarillo.
La Polinización de esas colonias también se ha ido.
En ese árbol de primavera amarillo intenso posaban para su descanso, por lo menos tres parejas de palomas habaneras y erráticas alondras siempre de paso.
Por acá, en el paisaje costero dónde también se educa, se encuentran el mar, el arroyo y la montaña, en estos días algunos árboles de hoja caediza se visten de amarillo y alfombran el suelo jugando tazos con pastizales de amarillo seco diverso.
Amarillos son también por ejemplo, los recipientes invertidos de la floración de la copa de oro o el puño abierto con dedos de pétalos, de una de las variedades de obeliscos o las lágrimas alegres de la floración del árbol de la Lluvia.
Amarilla y pequeña la flor y el fruto de los nanches, de la pulpa de la yaca, de algunos mangos, la piña miel y algunas calabazas de Castilla madura.
Amarilla es también la ira, sentimiento natural ante la ausencia de educación ecológica, de la sustentabilidad existente sólo en oficinas gubernamentales y organizaciones inoperantes.
En febrero, celebramos cosas como el Día del Ejército Nacional constituido desde 1913 ante el usurpador jalisciense Huerta, le dedicamos su día a la Bandera Nacional, cuyo lienzo simbólico aprendimos a venerar casi religiosamente a golpe de repetición y colección contable de honores, los lunes escolares.
Febrero ha sido también la entrada a la actual celebración de Cuaresma al ritmo emocional culpígeno de algunas espiritualidades y mentalidades colectivas.
En el sistema educativo en Jalisco, febrero es también de manera sorpresiva mes de insuficientes preinscripciones en educación básica. Una manifestación del problema del sector educativo, causas: ¿El sistema electrónico operativo para pocos padres?, ¿la gestión del proceso a través de explicaciones de Webinar?, ¿la migración inconclusa de las bases de datos de los innovadores?, ¿la debilitación real del sistema de educación pública en el Estado?, ¿ el contexto de los botones rojos e intermitencias Recrea?, ¿la desescolarización de la voluntad de la sociedad jalisciense?, ¿Por qué el cambio se verá hasta 2040?
Es febrero y aún el invierno, que ha sido cruel en estados del Norte, no se ha retirado.
En estos días algunos árboles de primavera tapatíos y costeros adelantan su primera entrega de flores a los atribulados caminantes y viajeros.
Días de 2021, el árbol de mi horizonte de periscopio chico, siempre puntual, siempre adelantado, ya no florea. Mi ojo se detiene en el fenómeno, busca razones, indaga respuestas.
Le han cercenado parte de su corteza, formando un cinturón criminal a escaso medio metro de sus raíces.
Hay dolor por la muerte de tan digno ejemplar de la flora local. Ojalá que en los tanteos y caricias al sistema de escuelas particulares en Jalisco, nadie corte la savia vital del derecho a la educación de calidad de niños, niñas y adolescentes.
Necesitamos pensar y actuar a favor de la escuela pública donde concurren los hijos de campesinos y obreros.
Las manos del hombre a veces pueden ser destructoras, las voluntades educadoras vestidas de poder político inmoral pueden hacer un cinturón insano sobre el árbol de la vida infantil que debe representar el sistema educativo.
Un machete, una hendidura circular, no se ocupó más. El árbol de la primavera murió lentamente. En tiempo de Covid-19 no debiera morir ningún árbol dador de flores, regalo de paz.
Contemplar es terapéutico para el espíritu atribulado, respirar aire puro tan necesario como la mejor vacuna.
Hoy que es tan caro el oxígeno, tan vital la técnica del buen respirar, duele contemplar la muerte de un árbol adulto.
Duele, pues era el único árbol de primavera que habitaba en muchos kilómetros alrededor.
Sus flores amarillas, entrega floral gratuita de la naturaleza, sólo alcanzaron para la primavera del 2020 cuando asomaba aún la tímida pandemia, ante los ojos y el pensamiento incrédulo de casi todos.
En sus flores amarillas se agazapaban un medio centenar de metáforas tal vez, lejanas al significado de la palabra del color amarillo, sol, luz a raudales que acaricia la mirada.
La muerte de un árbol de primavera adulto enoja, y sus inquilinos incapaces de manifestarse en una marcha ecológica, emigran en silencioso y profético vuelo, el día y la noche se juntan en su seca y escamosa corteza, tal vez ahora territorio de hormigas y otros insectos voladores negros y ruidosos.
No había razón para dar muerte a ese árbol de primavera. No hay construcción vertical que proyectar para satisfacer hambres tricolores, blanquiazules o naranjas mercantiles, no hay proyecto de construcción de vivienda en el centro de aquel ancho patio.
En el pedazo de tierra donde el árbol incoloro aún habita nada sucede, solo el devenir del tiempo y el caer de los días que se lleva la vida, la fotografía no tomada, el proyecto de ciencias no realizado.
En el entrecruce de calles polvosas del punto cardinal del solar de referencia, de vez en cuando el transitar lento de personas, personas solitarias en resaca, pobres en ilusión y esperanza.
En el entorno se escuchan ladridos cada vez más abundantes de perros basureros, silencios intermedios rotos por la bocina que ofrece en venta mil productos y mercancías.
Un poco más allá, una máquina de obra pública licitada trabaja apresurada, raspa cosméticamente la sinuosa calle. El sonido ruidoso y el humo contaminante de la misma, anuncia la obsesión enfermiza por gastar presupuesto y convencer electores en la próxima contienda por el gobierno municipal.
Las flores del árbol de primavera fueron amarillas, como amarillo fue el color preferido en la pintura de Van Gogh, quien decía de manera convencida que “El amarillo es capaz de encantar a Dios”
También son muchas veces amarillo y rojo, los colores que eligen en sus trabajos escolares los niños y las niñas para pintar las faldas y vestidos de las mujeres en sus dibujos; amarillos los soles y sus trigales en sus composiciones primaverales.
Con amarillo se representan algunas emociones en la Psicología, el Arte y la Antropología, la devoción por el sol y el oro egipcio e inca; en pensadores como Johann Wolfang Von Goethe quien afirmaba “Descubrimos por experiencia que el amarillo provoca una impresion cálida y agradable. El ojo se alegra, el corazón se expande y aplaude, un resplandor parece respirar de inmediato hacia nosotros”.
La metáfora del árbol de primavera muerto.
Antes que el sistema de educación pública padezca ictericia o se convierta en esqueleto sin movimiento y vida, transformar, reorientar, refundar ya.
Mientras se forma la mesa educativa que genere el resplandor local y cunda el filos a la escuela pública; mientras la pasión por educar y servir queda en estación de espera para los tomadores de decisiones, contemplamos que un árbol corta con el filo de sus ramas la noche y saluda la entristecida luna creciente como lobo sólo, aullando su ausencia en la próxima primavera.

*Doctor en educación. Profesor normalista de educación básica. zatarainr@hotmail.com

Comentarios
  • Griselda Gómez de la Torre
    Responder

    Vida y muerte, dolor – alegría, dualidad en su artículo Dr. Rubén

    Amarillo, vida, inspiración, alegría que se recrea por llegar la primavera,
    color de sol como el abrazo cálido del amigo que llega.

    Elegía a la muerte de un árbol
    “Podía sentir mi agonía porque era su agonía.
    Mi sangre no era roja, era blanca,
    era su savia y mi llanto su clorofila.
    Y sus ramas, mis brazos.

    Y su corteza, mi piel
    y su golpe, mi descalabro.
    Vi brotar de su herida mortal
    la sangre de los inmigrantes en las alambradas de Melilla
    y sentí secarse las raíces
    del olmo de la escuela”
    (Orellana Ríos, 2015)

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