De jóvenes y pecesitos
Rubén Zatarain Mendoza*
Que difícil es educar a los jóvenes en campos como la Historia y la Filosofía en estos tiempos de modernidad hipertecnológica.
En estos tiempos de vaciamiento de aquello que no empata con los estándares de miopía económica de sempiterno pragmatismo, formar saberes en aquellas disciplinas que no tienen valor de mercado inmediato y visible, estatus en los estándares de la bolsa de profesiones, se torna a veces tarea imposible.
¿En qué bache histórico hizo caer el paradigma neoliberal a universidades y escuelas Normales que en teoría curricular debieron fortalecer las metodologías relativas a la ciencia social, al pensamiento filosófico, como un componente de la formación humanista necesaria a cualquier campo laboral?
Qué difícil es educar la infancia, adolescencia y juventud en las habilidades de pensamiento; pensar como método se ha convertido en excepción; direccionar hacia el pensamiento científico y crítico, todo un desafío en las aulas.
Qué desafío pedagógico es el rescate de la educabilidad en este océano tendiente al caos de la hipercirculación, la pseudoconcreción y la pseudoinformación.
Mucha velocidad de las sombras de realidad —parafraseando el mito de la caverna platónico— y poca capacidad sensorial, de percepción y acomodación en las estructuras mentales del sujeto-objeto usuario atado al fragmento de luz que ilumina sus oscuridades a través de una mínima claraboya.
El resultado, alienación y rol vulnerable de consumidor de contenido ante la multiplicación de los centros de producción y difusión, ante los creadores de más sombras.
El resultado, masas manipulables de fácil adscripción a causas que no los representan, manos que portan pancartas de consignas en serie y mensajes donde flota la ofensa fácil y el lenguaje misógino.
Los jóvenes como ciudadanos en ejercicio seducibles por el canto de las sirenas de voces que los convocan. Esos marchantes bien comidos, bien vestidos y bien desorientados y despolitizados que se colaron enfermos de protagonismo fácil en la masa de calaveras piratas de la generación Z, marchantes en las calles que concurren en el Zócalo de la Ciudad de México, generación ampliada que convocó participantes en la marcha partidista enmascarada, violenta y sin causa concreta el pasado 15 de noviembre.
La marcha que produjo detenidos en CdMx y en Guadalajara centro.
Los jóvenes objeto de democracia, el interés fingido en sus destinos porque sus votos valen.
En la planeación estratégica de mediano plazo hacia el poder 2027 y 2030, cobran vida aritmética los jóvenes, cobran potencial porque, según ingeniería social, son influenciables por su baja guardia en materia de realidad nacional y devenir histórico.
Como sucedió en otros momentos y procesos electorales de 2018, 2021 y 2024, las elecciones nacionales y estatales las definen los jóvenes. Su valor político es evidente y en los partidos ya se hacen alegres cuentas y se materializan proyectos de trabajo con o sin ellos.
Los jóvenes y su clase social inherente, ellos en el cuello de botella de un modelo económico que los retiene y los pauperiza por sistema.
El neoliberalismo y su deuda intergeneracional que sigue regateando el crédito de futuro a la generación joven, ellos objeto de deseo de políticos de aviesos fines, ellos los que pagan la factura del entorno de inseguridad, ya de larga data, ellos a los que urge develar la cancha y el juego a los que se les invita como conejillos de indias prescindibles.
Ahí la generación Z, una dimensión cronológica, una línea divisoria del sentido comunitario, la metalingüística del lenguaje político que todo lo pervierte y seduce, marea y moviliza a los confusos.
El abuso del derecho a reunión y libre manifestación, las manos negras que de manera implícita empoderan comentócratas, lectores de noticias, creadores y usufructuarios de la desinformación de las masas.
El cultivo del odio como estrategia del absurdo que nos distancia de lo mucho que nos cohesiona.
Las turbas enceguecidas reactivas ahora en las redes sociales. La participación con ceguera paradigmática que usa sombreros bajo la sombra y el nombre del presidente municipal asesinado en Uruapan; los periodistas formados en periodismo y ciencias de la comunicación en escuelas y universidades de derecha, muy alejados de propuestas metodológicas como las de Armand Mattelart, por ejemplo.
Los promotores de la ceguera colectiva que han hecho patrimonio y se han enriquecido en la “caja idiota” de la mentira y el garlito racista y clasista.
La inseguridad avasalladora de centro de gravedad invisible, como caldo de cultivo y renta política y económica.
Las redes sociales, por un lado, interpretables como las “grandes cajas idiotas” operadas en los centros de producción de conocimientos tecnológicos, eficaces en atrapar los pececitos de la generación Z irreflexivos, productos de un sistema escolar y familiar de práctica social de formación debilitada por el virus de la actitud en postpandemia.
La esperanza, como una fortaleza a la que en Psicología positiva refiere Martin Seligman, de que la juventud pensante se abra paso entre el ruido que los cosifica.
La emancipación de las mentalidades a través de una gran cruzada de educación política, histórica y filosófica de los jóvenes como potencia, como imperativo de este momento de cambio y de historia en movimiento.
Más allá del rol de pececitos en redes sociales atrapantes, más allá de la alienación que los distancia del debate de ideas y los pone en posición baja subalterna, la formación de sus inteligencias para que gestionen su libertad de pensamiento, para que visibilicen su posición y conciencia de clase y los retos que entraña la liberación como sujetos militantes al lado de las causas de su pueblo y tiempo.
Para finalizar esta colaboración, una cita del dramaturgo alemán Bertolt Brecht: “Si los tiburones fueran hombres… También habría escuelas en el interior de las cajas. En esas escuelas se enseñaría a los pececitos a entrar en las fauces de los tiburones. Estos necesitarían tener nociones de geografía para mejor localizar a los grandes tiburones, que andan por ahí holgazaneando. Lo principal sería, naturalmente, la formación moral de los pececitos. Se les enseñaría que no hay nada más grande ni más hermoso para un pececito que sacrificarse con alegría; también se les enseñaría a tener fe en los tiburones y a creerles cuando les dijesen que ellos ya se ocupan de forjarles un hermoso porvenir”.
*Doctor en Educación. Profesor normalista de educación básica. zatarainr@hotmail.com