Cuidados

 In Rodolfo Morán Quiroz

Luis Rodolfo Morán Quiroz*

 

Camino una mañana de mi casa a la casa materna. En la distancia de un kilómetro que separa mi casa actual de la que fue mi hogar de adolescencia, cuento doce perros que son conducidos por personas de distintas edades. Entre ellas, un hombre de cerca de cincuenta años que camina junto a tres perros, uno de ellos renqueante y del que se oye su respiración esforzada. Una muchacha que he visto cerca de mi casa en otras ocasiones, cuando conducía una jauría de cuatro o cinco ejemplares, hoy se detiene con dos perros frente a una casa y toca el timbre, lo que me permite llegar hasta ella y preguntar: “¿Vienes por otro perrito para sacar a pasear?”. “No. Voy a entregar estos y luego iré por otro más adelante”. Afortunadamente, es todavía temprano y los rayos de sol todavía no escaldan ni se han calentado las aceras de cemento. Al llegar a la casa materna, pasa otro paseante con dos perros, uno de ellos equipado únicamente con tres patas. Encuentro a mi hermano, que está a punto de asumir su rol de cuidador de nuestra madre, y lo acompaño hasta la entrada por si hubiera necesidad de que, entre los dos, tuviéramos que dar alguna ayuda de emergencia. Una vez que nos aseguramos de que no será necesaria esa ayuda, él sigue su camino hacia adentro, con víveres en las manos, que dejará en esa casa. Yo regreso a la acera para sacar la basura, después de haber sacado mi bote de basura frente a mi casa.

La escena de las personas cuidadoras y paseadoras tiene múltiples variaciones en mi barrio y en mi ciudad. Cuando salgo en la bicicleta rumbo a la universidad, atravieso una porción de Zapopan para luego cruzar la frontera de Guadalajara (en la glorieta Chapalita), atravesar una parte de ese municipio y cruzar otra línea divisoria en avenida Patria para pasar por el centro de Zapopan. Suelo visualizar varias personas de la tercera edad que son acompañadas por adultos que a veces llevan ropa de enfermería, otras personas que acompañan a sus perros, con bolsas de plástico en las manos, y otras que observan jugar a sus mascotas en los parques de mi ruta. El cuidado y la compañía son recíprocos. Muchos de los canes son ya bastante añosos, al igual que muchos de los humanos. En los casos en que son personas más jóvenes, acompañan y apoyan a las mascotas y a los adultos mayores, no siempre como propietarios de los animales ni como familiares y amigos, sino que reciben un emolumento por esa actividad matinal o vespertina.

Es evidente que los humanos tuvimos necesidad de cuidados constantes en nuestras infancias, y quienes se hacen cargo de atender a los recién nacidos forman equipos donde participan los responsables directos, los familiares, los apoyos domésticos pagados y los profesionales de la salud que se encargan de supervisar periódicamente las condiciones de vida de los infantes. Las escuelas y guarderías se convierten en parte de esos equipos. Poco a poco, los niños se vuelven más independientes, pero no fue hasta la adolescencia y la adultez temprana que pudimos librarnos de la vigilancia y los controles constantes; al mismo tiempo que nuestros cuidadores obtenían más libertad de acción, nosotros adquirimos más autonomía. A menos que hayamos sido de esos “in-firmes” (enfermos y discapacitados) o heridos por razones de guerra o por razones de deporte o por actividades cotidianas o por riesgos laborales que requieren cuidados y atención por periodos más prolongados.

“Alguien tiene que trabajar”, decimos, cuando algunas de las personas del hogar tienen que salir a desempeñar un trabajo pagado, y los familiares o parejas que se quedan en casa suelen quedarse sin paga a cambio de asegurar el cuidado de las personas que requieren de apoyo. A menos que haya la posibilidad de pagar para que haya personas que trabajen en esa tarea de cuidar niños, enfermos, ancianos, mascotas y salir a trabajar. Durante años, los niños que van a la escuela reciben ese doble beneficio: ser cuidados y a la vez ser educados en los usos y (buenas y malas) costumbres de la sociedad en la que viven. Los ancianos, en cambio, no suelen recibir ese beneficio, a menos que logren insertarse en una comunidad de cuidado por parte de otros adultos. Casi siempre constituida por familiares o cónyuges; lo que en algunos momentos se torna en una situación difícil: ahora hay que cuidar a un adulto mayor que antes fue autónomo, lo que genera en algunas familias el dilema de seguir trabajando fuera del hogar o dedicarse a cuidar a quienes ya no pueden salir ni valerse por sí mismos dentro del hogar, como lo hicieron durante décadas. Quienes tienen perros, muchas veces optan por llevarlos consigo a sus trabajos, pero las condiciones en estos empleos no siempre permiten tener consigo a una mascota, por lo que también, en algún momento, requerirán ayuda para cuidar, revisar, asear, acompañar a sus animales.

Con una población que envejece, la cuestión de “¿quién cuidará de mí en la vejez o la enfermedad?” se hace más compleja a la luz de las dificultades de las actuales generaciones de adultos que les hacen postergar el matrimonio, la compra o alquiler de vivienda y la realidad de que muchos de los ancianos actuales no pueden contar con el apoyo de sus hijos; así como los ancianos del futuro cercano no podrán asumir un apoyo de una descendencia que tiende a ser menguante o nula. Tanto las personas que cuidan como las que requieren de cuidados tienen diferencias notables en cuanto a su preparación, capacitación, actitudes, energía, ingresos. Así, hay quienes se hacen cuidar, a veces con drama y chantaje, a veces con amabilidad, agradecimiento y reciprocidad, por parte de familiares y descendientes. Hay quienes no permiten cuidados, aunque dependan de ellos, y se convierten en difíciles “pacientes impacientes”, es decir, en personas que padecen y sufren y que además hacen difícil que otras personas las aguanten o soporten. Hay otras personas, quienes no tendrán quién les cuide, por su historial, por su agresividad, por falta de recursos, por ser difícil acceder a sus viviendas o porque no habrá servicios adecuados y suficientes a su alcance.

Cuando reflexionamos acerca de las políticas públicas para los cuidados, nos encontramos con que es bastante reciente la realización de acuerdos para capacitar, recibir, pagar a trabajadores especializados en cuidar a las personas de distintas edades y a las mascotas. Supuestamente, la pandemia de COVID-19 nos dejó de enseñanza que es importante cuidar de la salud propia y de las personas de diferentes grupos de edad. Como señala este reportaje de la Deutsche Welle (https://www.dw.com/es/américa-latina-y-europa-un-pacto-para-cuidar-mejor/a-72570508), las personas de fuera del hogar y de la ciudad o del país también se han visto involucradas en estas redes de cuidado. El reportaje cita: “Nosotras queremos que en la cumbre de jefes de Estado y de Gobierno UE-CELAC de noviembre 2025, se comprometan a diseñar políticas de cuidado y que se reconozca que las mujeres subvencionan el desarrollo con un trabajo invisible” (Beatriz Quintero, Red Nacional de Mujeres de Colombia) y enfatiza también la necesidad de formar cuidadores profesionales y reconocer que las mujeres migrantes realizan una contribución de enorme peso. El Banco Interamericano de Desarrollo afirma que “alrededor del 35% de las trabajadoras migrantes de la región se desempeñan en este sector. A su vez, el 92% de las personas migrantes que realizan trabajo doméstico remunerado son mujeres” (https://www.iadb.org/es/blog/genero-y-diversidad/migrar-para-cuidar-mujeres-migrantes-en-las-cadenas-globales-de-cuidado). Además, “la informalidad en el trabajo doméstico alcanza el doble que en el resto de los trabajos remunerados. De los 14,8 millones de trabajadoras domésticas –nacionales y migrantes– registradas en América Latina y el Caribe, el 72,3% trabaja en condiciones informales, sin acceso pleno a la protección social y con salarios muy inferiores al promedio regional”.

No todo el trabajo de cuidado se realiza directamente con determinadas personas. Sino con el entorno doméstico. Aun cuando no se atiendan las necesidades de salud directamente, la limpieza, la preparación de alimentos, el surtir la despensa, el lavado de ropa constituyen trabajos importantes. De tal modo, la Organización Internacional del Trabajo señala diferencias importantes en los países de América Latina y el Caribe y recomienda, entre otras medidas, la generación de “sistemas integrales de cuidados, reconocer el valor del trabajo doméstico y favorecer la especialización (https://www.ilo.org/sites/default/files/2025-04/Personas%20trabajadoras%20migrantes%20en%20la%20econom%C3%ADa%20del%20cuidado.pdf). Dejar el cuidado de las infancias en manos de las abuelas, o de las personas de la tercera edad en manos de la descendencia, puede surgir como “idea genial” para algunos políticos: “que los cuide su abuela”; “que les limpie su madre”; “que los atiendan sus hijos”; “al fin y al cabo son sus parientes queridos”. No resuelve los dilemas del mundo laboral para las familias, para quienes requieren de cuidados ni para quienes desempeñan esas labores.

Se ha señalado ya que muchos inmigrantes viajan a países desarrollados para cuidar de ancianos, niños, mascotas (https://es-us.finanzas.yahoo.com/noticias/estados-unidos-se-ha-convertido-en-una-nacion-de-cuidadores-155127591.html) y esta “industria” suele estar vinculada a prácticas irregulares por parte de personas que no cuentan con permisos de estancia y trabajo, por lo que se les extorsiona para que cobren menos y trabajen más, a la vez que dejan en manos de sus familiares en los países de origen a sus descendencias o a sus ancestros. Por otra parte, los cuidados a las mascotas son muy distintos a los cuidados de los animales de granja (https://www.aarp.org/espanol/turismo/consejos-para-viajar/info-2024/viajeros-que-buscan-cuidar-mascotas.html) y (https://www.nytimes.com/es/2026/03/12/espanol/negocios/precios-peluqueria-mascotas.html).

Son pocas las ocasiones en que, en nuestras familias, nuestros barrios, nuestras instituciones, contamos con reglamentos y protocolos para los cuidados no sólo de las personas, sino también de los entornos inmediatos. Ya que se tienen las normativas, falta que se conozcan, apliquen y sancionen. ¿Cómo cuidar aulas, escuelas, viviendas, aceras, calles, parques, arbolados, zonas de convivencia y de traslado, objetos de uso cotidiano y lugares excepcionales como museos, ferias, lugares de conciertos u otros espectáculos? ¿Qué recursos, procesos, espacios, personal se requieren para los distintos tipos de cuidados de las personas, las mascotas y sus interrelaciones? Una observación frecuente es que algunas personas no requieren asistencia en sus hogares, pero sí en los medios de transporte o al transitar en las vías públicas.

En todo caso, la educación formal e informal requiere que se generen oportunidades para aprender cómo manejar a determinados grupos de edad, de afecciones y de necesidades, en una sociedad que envejece y a la vez recibe nuevos miembros constantemente. Según señala este informe (2022), “a partir del 2018 (…) la población mundial de personas adultas mayores superó en número a la población mundial de niños menores de cinco años” e incluye un plan de trabajo de la Red de Formadores de profesionales con perspectiva gerontológica (https://www.gob.mx/cms/uploads/attachment/file/830263/Informe_de_resultados_2022.pdf). Es un comienzo. Todavía faltan otras áreas por atender.

¿Qué tan cuidadas/descuidadas están las personas en tu entorno? ¿Qué tan preparadas están para ofrecer diferentes servicios y oportunidades de atención para distintos grupos de edad?

 

*Doctor en Ciencias Sociales. Profesor del Departamento de Sociología de la Universidad de Guadalajara. rmoranq@gmail.com

Showing 2 comments
  • FRANCISCO RAFAEL MILLÁN VEGA
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    Muy bien Rodolfo:
    Tocas un tema muy pocas veces tratado que ya es muy relevante en nuestra sociedad: el cuidado de ancianos, niños, mascotas; para el que urgen acciones inmediatas, políticas y estrategias de atención.

  • Gerardo Rivera Lozano
    Responder

    Hola Todolfo, parece muy oportuna y necesaria esta aportación, para ir creando una conciencia de empatía en las generaciones jóvenes, con la edad adulta de nuestro país. Muchas felicidades

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