Cuando caen los controles
Carlos Arturo Espadas Interián*
La formación directiva incluye el control, pero no el control administrativo para corregir procesos, mejorar servicios o modificar a tiempo desde la prevención de impactos; control entendido como mecanismos de dominación, sometimiento, neutralización y engaño de una comunidad educativa y en eso se especializa todo el sistema.
Cuando una comunidad no alcanza a verlas, es manejable y se le controla, porque estos mecanismos se accionan cuando el conflicto está, no antes. Por ejemplo, se construyen redes de espionaje orquestadas, dirigidas y, por tanto, focalizadas, que van tejiendo un ambiente de miedo en las instituciones, miedo incluso a pensar en algo diferente.
Se controla por medio de frases vacías, pero de alto impacto emocional y psicológico: qué lamentable, qué mal, qué quieres decir, exactamente qué quieres decir… y muchas otras que tienen por finalidad personalizar el conflicto, volverlo subjetivo y una cuestión personal más que institucional, donde todo se mueve en el plano emocional, no racional, y con ello se puede llevar al interlocutor a terrenos de desequilibrio o manipulación. Se usa, lamentablemente, para el mantenimiento de estructuras inhumanas.
Se busca atender no para escuchar y resolver en consenso, sino para legitimar acciones, estrategias y discursos que encubren; se escucha para aparentar que se está atendiendo, se escucha para detectar personas a neutralizar, trabajar desde la sinrazón y sin sentido para aparentar que nada ha pasado, pasa o pasará, para construir un escenario donde todo está siendo atendido, resuelto o gestionado.
Se sabe que en la política se actúa, se aparenta de acuerdo al vaivén de las conveniencias; sin embargo, los centros educativos no tienen por qué compartir estas formas culturales que, lejos de ser formativas, éticas y morales, contribuyen al deterioro de la verdad y formación del ser humano.
La lógica del poder ha quedado obsoleta; ha funcionado por mucho tiempo. El pueblo puede tardar en darse cuenta, pero cuando se da cuenta, sus acciones no son las convenientes a nivel cultural y civilizatorio, no tiene otra forma de actuar; por ello los movimientos, revoluciones y demás.
Recordemos que el pueblo no es el único que actúa así; también lo hace la clase en el poder para desestabilizar gobiernos. Lo único: ellos tienen, por ejemplo, acceso a golpes de Estado y demás; por tanto, su actuación resulta inadvertida en ocasiones, al menos poco evidente. Por ejemplo, para neutralizar acciones se suspenden clases desde ciertas Direcciones o Rectorías; sin embargo, para una asamblea universitaria se ponen condiciones y “peros”. ¿Por qué no atender y aplicar las medidas propiciatorias para el diálogo antes del estallido?
Quienes tienen a su cargo funciones representativas deben tomar conciencia de que el poder no es autoridad ni es para servirse, manipular, someter, enriquecerse o ser usado como trampolín político-económico-de poder; es un servicio y así deben tratar a la comunidad educativa.
Así, quienes detentan el poder de forma autoritaria y egoísta, son como aquellos niños que le pegan al perro y luego no quieren que los muerda, únicamente que en este caso no sólo le pegan, lo acosan, torturan y le infringen un sufrimiento continuo. Eso somete al pueblo, pero cuando lo han llevado al límite, entonces, entonces, parecieran no entender por qué el pueblo se mueve y protesta.
Ya es tiempo, en esta oportunidad de cambio de época, de que las cosas tomen un giro distinto y de que las visiones de mundo sirvan para mejorar no solo a los centros educativos, sino también a la sociedad.
*Profesor–investigador de la Universidad Pedagógica Nacional Unidad 113 de León, Gto. cespadas1812@gmail.com