Cuando aprender era vivir
Enoc Méndez Vázquez*
En un valle rodeado de montañas antiguas, donde la neblina amanece abrazando los techos de lámina y el canto del gallo marca el inicio del día, existe un pueblo pequeño al que muchos consideraban olvidado. Decían que ahí la educación era limitada, que los niños crecían sin libros suficientes y que las oportunidades no cruzaban la laguna que bordeaba la comunidad. Sin embargo, quienes conocían de verdad ese lugar sabían que ahí se aprendía de otra manera: con la tierra, con la palabra, con la memoria y con el lekil kuxlejal (el buen vivir).
En ese pueblo, las niñas y los niños no eran simples oyentes sentados en bancas; es más, ni había bancas. Eran discentes que aprendían vinculando la teoría con su vida diaria, con sus necesidades reales y con lo que la comunidad consideraba importante para seguir existiendo. La escuela no era solo un edificio: era una idea compartida, una construcción colectiva nacida del esfuerzo, la resistencia y la esperanza.
Corría el año de 1998 cuando la escuela comenzó a tomar forma. No había paredes firmes ni pizarrones nuevos; al principio fue apenas una choza levantada con madera, láminas viejas y manos dispuestas a ayudar. Se construyó en medio de conflictos profundos: peleas por la religión dividían a las familias, y las disputas por la tierra mantenían a los hombres en constante tensión. Aun así, la escuela se volvió refugio. Cuando las discusiones se encendían, las mujeres y los niños se resguardaban ahí, entre cuadernos y fogones improvisados, esperando que la noche trajera calma.
La tierra donde se levantó la escuela tiene memoria. Ahí había corrido sangre, ahí hubo muerte. Pero también ahí nació algo distinto: un espacio para sanar. El maestro que llegó en aquellos años no venía solo a dar clases; venía a luchar junto con la gente. Caminaba con ellos, escuchaba sus dolores, aprendía sus costumbres. No le importaba el cansancio ni el peligro; decía que enseñar también era una forma de defender la vida.
Con el paso del tiempo, y tras haber ganado la lucha por las tierras, la escuela dejó de ser choza y se transformó en un edificio sencillo, pero firme, levantado con la ayuda de todos. Cada pared tenía una historia, cada banco había sido cargado por más de una persona. La escuela era de la comunidad, y la comunidad era de la escuela.
A principios de los años 2000, algo cambió profundamente. La educación comenzó a transformarse. Los niños ya no aprendían solo dentro del salón; subían a las montañas para buscar los temas que querían estudiar. El aula era el campo, la milpa, el río y el camino. Las matemáticas se aprendían contando gallinas, vacas y borregos; los porcentajes se entendían al repartir semillas; las gráficas nacían de observar cuántos frutos daba cada árbol que se encontraba en las casas.
Ahí se aprendía de verdad. No había burlas ni castigos humillantes. Los niños se respetaban y se enseñaban mutuamente. El más grande ayudaba al más pequeño, y el que sabía leer acompañaba al que apenas empezaba. Era una escuela incluyente, donde un niño con autismo era uno más del grupo, donde su voz también contaba y su tiempo era respetado.
El lekil kuxlejal no era una palabra escrita en un cartel: era una práctica diaria. Aprendían a estar en paz consigo mismos, con la comunidad y con la naturaleza. Sabían que aprender no era competir, sino compartir. El maestro, con paciencia, aprendió la lengua materna de sus alumnos, porque entendía que no se puede enseñar sin comprender el corazón de quien aprende.
Así pasaron más de veinte años. Generaciones enteras crecieron en esa escuela. Algunos se quedaron en el pueblo, otros se fueron lejos, pero todos llevaban consigo esa forma distinta de mirar el mundo. El maestro dio todo de sí: su tiempo, su salud, su voz. Hasta que un día, en 2024, decidió jubilarse. La comunidad lo despidió con tristeza y gratitud, sabiendo que su huella quedaría para siempre.
Entonces llegó un nuevo profesor. Era distinto. Venía con otros métodos, otras reglas y otro idioma. Impartía clases únicamente en español, aunque muchos niños no lo hablaban. El aula dejó de ser el campo y volvió a cerrarse entre cuatro paredes. A los niños se les negaba salir al sanitario, preguntar, moverse. Sus voces comenzaron a apagarse.
Los padres alzaron la palabra, pidieron ser escuchados, recordaron cómo había nacido la escuela y para qué. Pero sus voces no encontraron eco. La educación que había crecido desde la comunidad comenzó a desmoronarse lentamente.
Aun así, bajo la tierra marcada por la historia, seguía latiendo la memoria. Porque una escuela que nace del pueblo no muere fácilmente. Mientras haya quien recuerde, quien cuente la historia y quien crea en el lekil kuxlejal, siempre habrá semillas esperando volver a crecer.
*Estudiante de licenciatura en Educación Indígena. Apoyo académico en la Universidad Pedagógica Nacional, CDMX. enocmeva18@gmail.com