Conmemorar, releer nuestra Constitución

 en Rubén Zatarain

Rúben Zatarain Mendoza*

Las fechas conmemorativas son una oportunidad para conocer y documentar los grandes momentos de relevancia histórica en la edificación de la nación mexicana.
Es bueno volver en tiempo, forma y calendario a ellas.
La Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos cuya promulgación se festeja cada 5 de febrero tendría que ser el documento más leído, más conocido, más práctico en el ejercicio de la ciudadanía para todos los que integramos la población del país.
Es un documento de consulta permanente que tendría que ser uno de los libros de cabecera del buen ciudadano mexicano.
Hoy en la coyuntura de cartilla moral, regeneración, transformación y formación de un ciudadano incorruptible se vale leer y reencontrar algunas líneas orientadoras.
La formación cívica y ética que se propicia en las escuelas, si bien es importante que se realice con calidad y con una didáctica siempre renovada, es insuficiente para formar al moderno ciudadano cuyo constitutivo tendría que ser el dominio básico del documento de la carta magna.
Por eso es importante que en este día se fortalezca la lectura en los entornos familiares y se juegue un poco con dinámicas de comprensión de los artículos más importantes de la misma. Por donde entres hay historia de lucha social y evidencia de nuestra trayectoria en el camino de constituirnos como Estado Mexicano.
En materia de debate público de asuntos que se responden con saber constitucional, se debe apuntar a un ideal donde los medios formen.
En los ámbitos escolares, coadyuvar a la formación del perceptor para que seleccione de los medios de información aquellos veraces y objetivos.
De la plaga de medios tendenciosos dominantes, imparables bajo el manto de la libertad de expresión, el perceptor, ciudadano formado, ha de elegir los que garanticen el derecho a estar informados.
Los niños y los adolescentes, con las mediaciones adecuadas pueden acceder a distintos niveles de comprensión de los conceptos estelares del texto constitucional, pueden ser participantes críticos de los temas nacionales, así lo evidencian procesos formativos como los encuentros culturales de oratoria.
Cierto, algunos conceptos cuyo peso y significado social e histórico es más complejo tendrán que construirse gradualmente; muchos de ellos, hasta para el ciudadano común adulto son poco aprehensibles.
En las mesas circulares de la familia donde se alimenta el cuerpo y se conversa, se deben construir relaciones comunicativas, dialógicas y horizontales, relaciones de aprendizaje intergeneracional.
En esta idea, la Constitución como objeto de estudio y reflexión puede ser un buen tema. Repensar la organización estructural de la familia a la luz de algunos conceptos sugerentes como la democracia puede ser todo un salto cualitativo.
¿De qué otra manera la familia se posiciona en la base de la sociedad mexicana, sino es contribuyendo a la formación de la cultura cívica de sus miembros?
¿De qué otra manera podemos esperar una juventud más activa, participativa y constructora, si no es formando desde edad temprana la conciencia de los derechos y obligaciones?
La familia, además de ser un espacio de revitalización del sentido de identidad y pertenencia es también un espacio de formación de valores para la convivencia social; un espacio de práctica de algunos valores importantes de la democracia como forma de vida; un espacio para construir sujetos que exijan en posición vertical vivir en libertad.
Ser mexicano es también saber de la Historia Nacional y saber de un documento trascendental como es la Constitución.
Ese texto no envejece a pesar de sus 103 años de vida. Fue votado y suscrito en el Congreso Constituyente de Santiago de Querétaro 1916-1917 en el Teatro Iturbide hoy Teatro de la República y promulgado por el entonces presidente de la república Venustiano Carranza.
Un texto ejemplar que aporta al constitucionalismo universal a través de los derechos sociales explícitos en el Artículo 3º, entre otros.
En el marco de la remembranza, recuerdo un primer viaje de estudios al concluir la secundaria. Una de las visitas del grupo de adolescentes acompañados por la entonces diputada federal Hilaria Domínguez Arvizu, algunos maestros y un par de madres de familia visitamos el Palacio Nacional y ahí en una de las vitrinas con un solemne silencio, mis ojos y la mirada de mis compañeros alternadamente se posaron en ese simbólico documento abierto y escrito con bellos trazos de tinta negra.
Intuimos que ese documento era más grande, más trascendente que la Torre Latinoamericana que conocimos al llegar.
-“Es la Constitución” -Señalaba con dedo índice y emoción manifiesta una de las compañeras.
No tenía conciencia de la relevancia de tal documento pero la visita, la convocatoria en el lugar y el coloquio que dio uno de los guías complementado por el profesor de Ciencias Sociales destacó el momento e hizo registrar que una de las tareas sería proveerse de una copia de la Constitución para darle lectura.
En pocos meses se haría realidad su lectura detenida en la biblioteca de la Escuela Normal.
Después vinieron otras visitas al Palacio Nacional y como ritual personal siempre busco y contemplo un poco las constituciones políticas que se exhiben en una de sus salas, entre ellas la de 1917.
Es una especie de fetichismo de mi construcción social sobre la ciudadanía.
La última visita fue en agosto pasado. En ese lugar, constituido ahora en residencia oficial en una de sus partes, icono de momentos históricos y personajes de la historia nacional que refieren los textos escolares, se respira un poco de esencia y los múltiples significados que tiene nuestro país. Palacio Nacional, Zócalo y Catedral definen icónicamente algunos significados del ser mexicano.
Desde ese centro donde palpita el corazón del país uno extiende la mirada y se alimenta del aire vital que se requiere para abordar nuestra problemática compleja.
En otro de los viajes de estudio, ya en la formación normalista, otro lugar simbólico fue la ciudad de Querétaro, el lugar donde se firmó la Constitución en su versión actual, sumadas las prolijas reformas neoliberales y neoconservadoras es el texto vigente.
Decir de memoria la Constitución puede ser relativamente sencillo para un alumno del último ciclo de educación primaria o para el educando de la escuela secundaria.
Comprender el contenido y sus implicaciones para la vida económica, política y social es un proceso de más largo plazo.
Muchos ciudadanos desconocen el contenido del documento y muchos mexicanos, inclusive de formación universitaria, apenas comprenden algunos retazos de la misma.
Todos los mexicanos tenemos mucho por aprender de los artículos que integran la Carta Magna. La celebración en el calendario cívico histórico lleva explícita esa intencionalidad.
Demos vida a nuestra Carta Magna conociéndola y haciendo uso consciente de nuestros derechos y deberes ciudadanos.
La conmemoración no es asunto de honores escolares en los patios cívicos, la celebración conlleva la oportunidad de revisar y de exigir como mexicanos que se cumpla en su contenido.
El manejo de la carta magna no sólo es obligación de gobernantes, legisladores, jueces y abogados, de maestros universitarios del área social.
Cuanta distancia tenemos de su espíritu y propuesta. El país que tenemos no es el suelo patrio aun donde las plantas de sus hijos se posan con seguridad y calidad de vida y expectativas de mejor futuro.
Cuantas asignaturas pendientes tenemos cuando hemos descansado el ejercicio de gobierno en partidos políticos convertidos en franquicia de intereses y ambiciones de pequeños grupos y personas.
Cuanta cultura política y democrática por construir cuando nos hemos dado a veces malos gobiernos y por la diversidad de propuestas partidistas hay cortina de humo y ausencia de claridad para la ciudadanía.
No es de democracias modernas no asimilar derrotas electorales, ni de hacer grupúsculos de gobernadores opositores sin argumentos; no se hace democracia con discursos recurrentes de descalificación.
Los responsables del estado de cosas ya esperan el desquite en las urnas, aún viven y hacen militancia activa tras bambalinas o desde trincheras mediáticas o financieras; desde el anonimato de sus mantos institucionales que les cubren las espaldas.
Que calidad de sindicalismo construir cuando los sindicatos en el pasado se constituyeron en bandas que enriquecen a sus líderes y desprotegen la defensa de los derechos laborales elementales de sus agremiados.
Está claro que en la formación generacional del espíritu democrático se requiere colaboración de todas las fuerzas activas de este país.
Todos necesitamos fortalecer la cultura de la legalidad.
Todos necesitamos construir una sociedad mexicana más justa e igualitaria, más viable ante el flagelo de la inseguridad.
Todos necesitamos releer la Constitución y reflexionar entre otros conceptos los de soberanía.
Federalismo y niveles de gobierno, democracia, poderes de la unión, república, derechos a la vida, salud y educación, derecho al trabajo, derechos humanos, Igualdad sustantiva, educación de calidad y excelencia, laicismo, libertad de creencias, etcétera.

*Doctor en educación. Profesor normalista de educación básica. zatarainr@hotmail.com

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