Cerillos

 In Cuentos y relatos del magisterio, Videos

Rubén Zatarain Mendoza*

Yo nací en una época de leña, petróleo diáfano, cachimbas, velas de cebo y cerillos. Con esos recursos y materiales se producía fuego en el ámbito del que fue mi hogar en la primera infancia.
El fuego producido por las manos adultas tenía en la cocina su espacio de uso más frecuente.
Hacía mucho, muchísimo tiempo que había acontecido el mito de Prometeo. Me agrada el sentido de este pasaje de la mitología griega. Prometeo, dios sagaz y valiente, se la jugó por los humanos y robó el fuego sagrado a los dioses para donarlo a la humanidad. Larga vida a Prometeo-fuego que aún mora en la memoria lejana infantil obtenida de alguna revista ilustrada y de algún libro de lecturas en la clase de Español con el tema de mitos y leyendas.
Está claro, Prometeo no era chelero, ni bebía cocas o pepsis, ni fue asiduo devorador de hamburguesas, pizzas o hot dogs; tampoco fue cliente de pozolería o menudería.
Su físico se representa atléticamente y no como glotón barrigón. Su figura de representación es producto de la idea fuerza de “mente sana en cuerpo sano” o del ideal del gimnasio y la paideia griega. Grecia y el Olimpo, los griegos aquellos. Su musculosa figura, atada con castigo con cadenas al filo de las rocas, expresión de valentía y osadía mientras las aves de rapiña lo devoraban.
Conseguir el fuego no era asunto de soplarle o atizar brasas para la carne asada sabatina o dominical.
Su acto fue merecedor del castigo de Zeus. Caray, los dioses del Olimpo, tan dados a las pasiones, a degustar ambrosía mientras liban con agradables vinos y tan dados también a odiar y hacer tenebra en casa.
Su entretenimiento: vigilar y castigar a sus desobedientes y juguetes, seres antes que humanos, seres desvalidos, por reproducción social o motivación propia cuando se está ya en el laberinto de existir o gestionar la vida.
Niño al fin, de ojos curiosos y exploradoras manos, hice tacto con la aterciopelada ceniza de color gris, observé las incandescentes y rojas brasas chillonas al agua y los tizones humeantes de corteza carbonífera que aparecieron docenas de veces en la cocina, en el majestuoso fogón de tierra que engulle leña seca la mayor parte del año y escupe humo enchiloso por la madera húmeda del verano.
Leña pasada a hacha y machete y cerillos eran materia prima para reproducir en ese microespacio la magia del fuego.
En una familia de campo tarda mucho la llegada de licuadora y plancha, tarda mucho la llegada de la estufa y gas, tarda mucho más la llegada de refrigerador y televisión.
Pero el fuego domesticado, con su lección de quemaduras para principiantes, pese a advertencias adultas, llega rápido, seduce y se convierte en el primer acto experimental pagado con ampollas o piel enrojecida.
No hay niño o niña de campo que no descubra en carne propia que el fuego quema y es mejor la sana distancia, respeto y precaución.
En casa campesina, la caja de cerillos es un artículo muy valioso. Recuerdo cómo los administraba mi padre con especial cuidado y cómo en los días de tormenta y lluvia extendida los protegía con una bolsa impermeable.
Mi padre fue un maestro de la administración y economía a través de su ejemplo en el manejo y contabilidad de los 50 cerillos de una caja.
Para los niños, la cajita vacía en la basura fue durante generaciones objeto de colección por los paisajes al reverso del pintor Jorge Cazares Campos (1937-2020).
Recuerdo que la bolsa donde se llevaba el frugal lonche siempre contenía una caja de cerillos y muy frecuentemente era el encargado de encender el fuego colectivo a media parcela o bajo la sombra de un árbol, donde él y sus compañeros de trabajo calentaban tacos a la hora de comer.
Algunas veces sobraban brasas y entonces con unos cuantos elotes se aprovechaba el calor en una sorrasca. El elote asado en sus propias hojas era una delicia de textura y sabor dulce; soplarle un poco o malabarear entre las manos para que enfriara era parte de la experiencia de compartir en grupo aquel singular manjar de los hombres y mujeres de sombrero y machete.
El Macario indígena, el Macario peón, siempre con hambre de pan y justicia. Huelga decir el mensaje de su palabra escasa, introversión y mirada huidiza, su enojo contenido.
Muy temprano aprendí a encender el cerillo de dos o tres formas, no sin antes pagar el peaje; varias veces la cabecita de pólvora fragmentada mordió la palma de la mano y los dedos.
Observé en su momento que al acto de barrer los corrales y los frentes correspondía la recolección de basura vegetal y el subsecuente “prenderle” fuego por señoras o señores. El cerillo y el petróleo diáfano eran auxiliares para tal tarea.
Entre humo y olores a madera y desechos de hojas muertas, se ahuyentaban un poco los jejenes y zancudos y los vecinos se daban los saludos en las tardes avanzadas.
El cerillo, fogón, mesa de múltiples usos y la dotación de niños y niñas que cada familia se agencia caracterizaban el hogar.
Con hambre puntual se esperaba la cena sin remilgos. Pocas veces iba más allá del maíz y frijol, que eran los alimentos protagonistas.
Las noches y la tenue luz de luna y estrellas que convocan la mirada hacia la bóveda celeste, los primeros actos de contemplar, pensar, temer y explicar, las inteligencias infantiles, la tierra fértil para los cuentos de miedo, lo teológico y el sadismo adulto que se ensaña con el escaso conocimiento y el mínimo bagaje explicativo del niño.
Los mecanismos de control intergeneracional, el largo proceso donde algunos desertan antes de tomar el camino sinuoso a la ciencia mínima, el acto emancipatorio del ser humano y la molicie de pensar, otra cara de la pobreza.
Ahí en la oscuridad del hogar, antes del primer foco, la valiosa sonaja de la caja de cerillos que a palpas sabias de las manos adultas encendían el aparato de petróleo o la vela de cebo en casos excepcionales.
Poca luz, mucho silencio, total confianza en el grupo y el ciclo de sueño que marcaban la luz solar y los padres.
Para los niños, tocar o disponer de cerillos tenía que ser autorizado, pues se colocaban en lugares desconocidos e inalcanzables, por economía y seguridad.
Tal restricción no fue suficiente y, en una de las ocasiones, hubo experimento personal y quema de cejas, copete y vellos de la mano derecha. Fue el pago por experimentar con fuego y gas en el horno de la vieja estufa color blanco que llegó reciclada a competir con el fogón.
Gas y cerillos, mala combinación. Lección aprendida: la cita hasta más tarde, al ganar legítimo derecho de encender con autonomía las hornillas.
Los cerillos y las palomitas de pólvora, las vagancias en el barrio. La palomilla, los cohetitos y los triques en diciembre. Los juegos pirotécnicos de agosto en las fiestas del pueblo, los jóvenes que corretean los toritos cargados de buscapies, el que enciende las mechas y la estampida de felices pueblerinos. Los coheteros y su obra de arte hecha castillo, las quemaduras de Salomé por buscapies; el cerillo, encender mechas, el ramillete de luces de colores y la corona que se desprende con destino al lejano cielo como final, como los sueños, como las existencias breves de los observadores.
La gente y su retorno a casa por las calles obscuras y encharcadas, el ojo ciclópeo de un fueguito, de un aparato encendido que se escapa por la ventana, que a su manera anuncia el descanso para todos en aquel reloj de vida compartida entre biombos, paredes de madera entreverada y corrales de cercas caídas y alambre de púas.
La escuela primaria y la caja de cerillos vacía para resguardar alacranes sin ponzoña, la escuela secundaria y el laboratorio de ciencias naturales, el cilindro de gas afuera, los mecheros y experimentos que poco llegaron, la colección de recortes de aquellos paisajes del anverso de cerillos la Central, las lecciones de honradez de mi madre que se inventó que la diosa Mocha había perdido sus manos por ladrona; qué bueno que nunca vino una de esas preguntas en aquellos exámenes semestrales y finales sobre la Venus de Milo, Afrodita, negocio del inspector Langarika.
El fuego y su didáctica potencial tendrían que esperar.
El cuento de la cerillera de Hans Christian Andersen y el difícilmente imaginable invierno en aquel microclima de calor perpetuo. La centralidad del cerillo en la vida de las familias pobres, el alimento, calor y luz, las manos que encienden los sueños de luz para una humanidad con un sector de ciegos por conveniencia.
Los hombres y mujeres, las civilizaciones y los oficios: agricultura, ganadería, pesca, alfarería, metalurgia, arte y escultura, el noble fuego en la vida de civilizaciones, pueblos y personas, nuestro Huehuetéotl-Xiuhtecuhtli, las deidades en la construcción de identidad y las explicaciones propias, Ra, Hefesto, Vulcano, Kauil, Agni, Pele, Atar, Belenus, Kagutsuchi, Logi, Shango, Zhurong, etcétera.
El fuego que movió la agenda humana de construcción, destrucción, la revolución alimenticia, la guerra y paz sisíficas, la lucha armamentista, literatura, música de los que sienten frío, fuego en el cuerpo y alma.
El noble cerillo en vías de extinción en algunas modernas cocinas y la disposición controlada del fuego y el calor con otros métodos.
La fricción de unos dedos, el fuego al alcance de todos, la lucha heredera desde aquellos primeros homínidos de cuevas y glaciaciones que descubrieron la maravilla de su dominio, los saldos del progreso que no se detiene, la moneda al aire de vida y muerte.
El cerillo, el fósforo y la infancia: el objeto didáctico para construir ciencia, química, historia, arte y tecnología.
La historia y el arte, la imaginación y la herencia, el dominio y la sobrevivencia, la película “En busca del fuego” (Jean Jacques Annaud, 1981), la prehistoria, las hordas, la ausencia de lenguaje, el encendido del fuego a voluntad, el feliz hallazgo hace 400 mil años.
A rescatar la potencial luz de ese pequeño sobreviviente hecho de pólvora, manguito de parafina y tira de fricción (el cerillo) y agradecer al químico inglés.
John Walker, su invento que cumple ya doscientos años, y a la Cerillera la Central con su icónica máquina de ferrocarril fundada en Veracruz en 1885.
El cerillo y la microhistoria de los hogares mexicanos, la luz natural, la luz artificial, la génesis y el descubrimiento del valor del fuego, la estafeta que se pasa de generación en generación como la esperanza que a veces se convierte en flama débil.

*Doctor en Educación. Profesor normalista de educación básica. zatarainr@hotmail.com

Showing 5 comments
  • Marco Antonio Zepeda C

    Excelente!!!

    Rubén

  • SILVIA RUVALCABA

    ¡Excelente!

    Maestro que viaje tan maravilloso acabo de realizar a través del tiempo, de mis recuerdos y de mis lecturas.

    De mis aprendizajes vividos y adquiridos a traves de otros y de mis experiencias compartidas.

    Muchas gracias por llevarme a mi infancia en la cocina con el fogón de leña y en la ciudad con la estufa de petróleo y los elotes recien cortados arrojados a la fogata para que se cocieran con el vapor dentro de la hoja.

    Muchas gracias

  • EJERSAIN RAMIREZ CORONA

    Una delicia de texto y una lectura de gancho que, sin poder safarme, me condenó, como Prometeo a atarme a la roca de los recuerdos y a qué me picotearan las nostalgias de aquella vida de campo o de semicampo en la que me crié y que la modernidad me cercenó como los brazos a la Venus. Los regresos siempre son para desempolvar y rescatar, aunque quede el dolorcito de ya no tenerlo.

  • Gris Gómez

    Nuestro Prometeo Jaliscience reflejado en “El hombre de fuego” de José Clemente Orozco, el fuego representación del renacer de entre las cenizas

  • MOISES LEDEZMA RUIZ

    Hermosa reminiscencia. Gracias. Felicidades

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