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 en Rodolfo Morán Quiroz

Luis Rodolfo Morán Quiroz*

Un principio de las reuniones de trabajo en las que se toman decisiones reza: “en boca cerrada no entran comisiones”, pues es bien sabido que, si alguien propone que se realicen determinadas acciones, evaluaciones, estudios o propuestas, será a ese alguien a quien se le asigne dar los primeros pasos y formar una comisión que se encargue de seguir el asunto. Así, quien habla primero, se encuentra con la obligación de hablar al menos dos veces. Lanzar una iniciativa suele derivar en tener que elaborar sus detalles.
En tiempos de la pandemia, buena parte de las interacciones entre estudiantes y docentes se realizan por medios virtuales, en vez de que se realicen cara a cara. En ese contexto ha surgido un afán de los docentes por asegurar que los estudiantes trabajen en sus casas, que no bajen el ritmo del aprendizaje, no se distraigan, por estimular su curiosidad acerca de temas que más allá de los ámbitos domésticos. Así que varios docentes han dado en multiplicar tareas, proponer actividades vespertinas, realizar exámenes, asignar lecturas desde diversas disciplinas. En muchos casos, ese conjunto de actividades aumenta la carga de trabajo de los propios docentes: tienen ahora más problemas por diseñar y corregir, más actividades y reportes por supervisar, más ítems y exámenes por revisar.
Igualmente, en las interacciones virtuales de los grupos resulta más fácil que los estudiantes o los docentes encuentren en internet información atingente a los temas tratados en las sesiones. Y que compartan en ese instante las ligas a los documentos, además de algunas de las críticas, visiones o soluciones complementarias o contradictorias. El acceso inmediato a la red mundial es una ventaja que no todas las escuelas podían ofrecer antes de nuestra muy prolongada “cuarentena” que pronto alcanzará las 80 semanas. En este contexto, este acceso constante se ha convertido en una gran oportunidad de encontrar y compartir información.
No valen ya los pretextos como el difícil acceso a una biblioteca, o que determinado material se quedó en mi casa, o que determinados textos cuestan una millonada. Los ambientes virtuales a los que nos hemos tenido que ajustar se han convertido en un acicate para encontrar pronto más ideas y más actividades. Dada una cultura que transita de lo textual a lo visual, de lo auditivo a lo escrito, y de las largas conversaciones a los memes (tanto en su sentido cultural como de comentario humorístico) los docentes y los estudiantes nos vemos inmersos en un ambiente en el que es posible añadir constantemente más tareas, más información, más análisis, más diálogos.
De ahí que cada vez que los docentes promovemos la curiosidad de los estudiantes en torno a algún tema matemático, científico o social, esa tarea nos regresa como una llamada adicional a investigar qué existe en la red mundial que lo explique, lo cuestione, lo contraste. Además de hacernos consultar nuestros propios bagajes de experiencias e incluso revisar nuestro conocimiento de los especialistas de los que tenemos noticia que hayan avanzado en esas exploraciones. Los estudiantes han respondido con habilidades que muy probablemente ya tenían desde antes de esta época de pandemia y de educación virtual y que han afinado rumbo a usos académicos: la búsqueda de temas, la contrastación de versiones y fuentes, el análisis de matices, la propuesta de rutas de búsqueda. En los meses recientes, la información académica, aunque no necesariamente la política (a menos que sea la materia de análisis), ha acelerado su ritmo de circulación y aumentado el ritmo de los intercambios entre docentes y estudiantes.

*Doctor en Ciencias Sociales. Profesor del Departamento de Sociología del CUCSH de la UdeG. rmoranq@gmail.com

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