Asintomáticos

 en Rodolfo Morán Quiroz

Luis Rodolfo Morán Quiroz*

Cuando era joven, salí algunas veces con una educadora. Linda, simpática, interesante, perceptiva, paciente, directa, de una familia numerosa, divertida y solidaria. Cada salida con ella era muy estimulante y solíamos ir a ver los estrenos de las películas y, a pesar de mi falta de familiaridad en esos ámbitos, hasta bailé con ella en varias fiestas y no se rió ni burló de mis inocultables torpezas. Cada uno por su parte, mi padre y mi madre, estaban encantados con la linda educadora. Mi padre, sobre todo, me presionaba y en su presencia repetía que en cada familia siempre debe haber niños menores de seis años, porque es cuando son más simpáticos. “Y yo ya quiero nietos”, solía añadir. Más o menos el miércoles posterior a cada salida con ella al cine el sábado, comenzaba yo con estornudos, dolor de cabeza, fiebre, dolor muscular. En un principio yo no asociaba la salida con ella con mi padecimiento.
Muy sonriente, mi padre diagnosticó que eran los niños del hospicio, por conducto de ella, quienes me estaban llenando de virus. Mi constante influenza era debido a que ella ya tenía suficientes defensas para ser portadora de los virus contra los que yo carecía de inmunidad. Después de cada salida con ella, yo sentía que ese ataque de influenza sería mortal. Hube de confesarle que huía de ella porque comencé a temer por mi vida. Por lo que mi padre tuvo que esperar al menos dos décadas más para que mi sobrino tuviera primos. En el momento del parto del primero de ellos, sus exalumnos que atendieron la cesárea le dijeron: ¨ándele, usted que ya ha cachado tantos niños”. “¡Apenas es el segundo nieto!”, exclamó entre feliz y resentido por la tardanza.
Cuando compartí parte de esta historia con una amiga maestra me respondió que, de hecho, varios casos de COVID-19 en Jalisco tuvieron su origen en niños que asistían a la escuela a pesar de toser, moquear, estornudar constantemente. Lo que nos deja la doble enseñanza de que algunos padres de familia enviaban a sus hijos a la escuela a pesar de que estaban visiblemente enfermos de influenza, y de que es posible que otros niños más, como los que atendía la linda educadora hace décadas, no tenían síntomas, pero esparcían los virus a diestra y siniestra, sin control ni conciencia de que ser una amenaza epidemiológica.
En días recientes se reabrieron algunas escuelas y varias actividades económicas en distintos países del mundo. La consecuencia, casi inmediata (podríamos decir que más o menos para el miércoles posterior a cada fin de semana), fue el aumento en el número de casos de COVID-19. El presidente del cabello amarillo y otros más han minimizado en sus discursos, aunque no puedan hacerlo en los hechos, los riesgos de los contactos humanos. Ansiosos por mejorar los indicadores económicos, proponen que los niños regresen a las escuelas después del verano para dar a los padres la oportunidad de regresar de tiempo completo a sus trabajos.
La moraleja que nos deja la reapertura en varios países es que la gente, por más asintomática que esté, sigue esparciendo el virus, hasta que llega a algunos receptores que se enfermarán. A pesar de todo lo que los científicos han aprendido acerca del Coronavirus, están en las primeras etapas de identificar las condiciones para generar la suficiente inmunidad y tratamientos una vez contraída la enfermedad causada por éste. La pregunta es si las primeras pruebas de las vacunas y de los tratamientos llegarán a reducir suficientemente los riesgos como para volver a las escuelas y la actividad económica en las semanas y meses por venir.

*Doctor en Ciencias Sociales. Profesor del Departamento de Sociología del CUCSH de la UdeG. rmoranq@gmail.com

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