Aburridos

 en Rodolfo Morán Quiroz

Luis Rodolfo Morán Quiroz*

“¡Son unos aburridos!”, decía una maestra de sus estudiantes que volvían a los mismos desaguisados de siempre. Parecía que ni para desviarse de la disciplina escolar echaban mano de su creatividad. Probablemente eso pueden afirmar distintas personas en distintos contextos: el encierro derivado de la pandemia nos ha generado tanta familiaridad con otras personas y con los acontecimientos políticos de nuestro entorno que los vemos como una repetición más de un repertorio limitado de comportamientos.
Desde antes de la cuarentena y la reducción de ámbitos de actuación de la gente, la queja de aburrirse en la escuela ya podía detectarse. Trasladamos nuestra atención de una actividad a otra para evitar la monotonía. En las aulas, cuando los estudiantes no encuentran sentido o no comprenden algunos contenidos y ejercicios, comenzarán a distraerse con otros pensamientos, actividades o interacciones. La cuarentena restringió aun más la gama de actividades que docentes y estudiantes podemos asumir. Lo que plantea un reto para conservar la atención y promover el aprendizaje en nuestros cursos.
Durante la pandemia, además de la preocupación por la posibilidad de contagios y la frustración por no haber condiciones para reunirse, viajar, interactuar con otras personas, hay quienes manifiestan que su rutina en espacios reducidos redunda en aburrimiento. Para algunas interpretaciones, el aburrimiento puede detonar la generación de ideas para salir de la rutina; incluso, emprender algunas actividades que en otras épocas de nuestras vidas no sonaban atractivas. Hemos visto que, al menos al principio del encierro de la pandemia, muchas personas comenzaron a hacer ejercicio, limpiar, ordenar, decorar su casa o han comenzado a estudiar acerca de temas que antes no les resultaban atractivos o que no estaban en sus horizontes y proyectos.
Nuestro ritmo de vida es muy distinto al de nuestros padres. Lo vemos incluso en el tipo de películas o de lecturas que se producen en nuestros días. Si antes éramos capaces de disfrutar de largas descripciones y de escenas en las que se muestran paisajes, diálogos o actividades, ahora exigimos “que pase algo” y comenzamos a sentirnos aburridos en pocos segundos o minutos. Nos aburrimos con textos, imágenes, música, conversaciones o juegos que no sean lo suficientemente densos y variados para llamar nuestra atención.
Nuestra tendencia a la novedad y a la estimulación constante se ha visto cuestionada por las posibilidades de realizar actividades sociales y por la reducción del acceso a espacios públicos en los que solíamos buscar cambios en sonidos, colores, olores, actividades. Todavía estamos por saber cuáles serán los productos o las ideas que se derivarán de los largos periodos de aislamiento durante los cuales hemos reducido nuestras interacciones directas con otros. Muchos estudiantes, al regresar reciente y parcialmente a las aulas, han manifestado que ya estaban aburridos de las sesiones a través de pantallas y ahora les resulta estimulante estar en aulas que antes de la pandemia parecían no ofrecer atractivo alguno. Algunas actividades que surgirán de la creatividad derivada de algunos meses de relativa inactividad serán productivas, aunque es probable que volvamos a saber de episodios de vandalismo o violencia desencadenados por un aburrimiento que no dejaba ver otras alternativas de acción a quienes los cometen. Como hemos podido enterarnos, en el mundo hay ahora manifestaciones masivas en contra del aislamiento y la reducción de la gama de actividades que podemos emprender. Las masacres con armas de fuego o con automóviles parecen estar asociadas con una pregunta que suelen plantear nuestros hijos o estudiantes cuando no encuentran variedad y estimulación en el contexto inmediato: “¿qué haré?, ¡estoy aburrido!”
Las actividades posibles dentro de las limitaciones a nuestras interacciones sociales pueden derivar en vandalismos y destrucción o en producción de alternativas de comportamiento que resulten productivas y hagan usos más eficientes de un recurso que parece ampliarse y flexibilizarse respecto a su disponibilidad pre-pandemia: nuestro tiempo con nosotros mismos y las personas con las que convivimos cotidianamente.

*Doctor en ciencias sociales. Departamento de sociología de la Universidad de Guadalajara. rmoranq@gmail.com

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