Abrir los ojos a otras realidades

 en Rodolfo Morán Quiroz

Luis Rodolfo Morán Quiroz*

Es común escuchar la frase: “los viajes ilustran”. Es tan fácil de captar la idea de que estar en otros lugares, distintos de los habituales, se aprende acerca de otras formas de concebir la vida, de plantear y resolver problemas. Cuando el clima y la cultura del lugar al que viajamos contrastan con los que vivimos en nuestra cotidianidad, nos sentimos aun más ilustrados pues notamos cosas que no se nos habrían ocurrido de haber seguido en nuestras rutinas habituales.
Hace unos días, una estudiante se lamentaba de haber aprendido tanto en la carrera de sociología: “¿por qué tenemos que tener tantas perspectivas, y encontrar tantos problemas y siempre darnos cuenta de que tienen implicaciones sociales? A veces es tan cansado y agobiante tener que saber y leer tantas cosas”, fueron más o menos sus palabras. Su queja abierta representaba una velada muestra de que va por buen camino y comienza a ver la realidad con ojos de científica social.
Esas perspectivas especializadas no son exclusivas de determinados campos del conocimiento. La escuela nos sirve para eso: para darnos cuenta de lo que no seríamos capaces de ver si no recibimos cursos específicos para hacernos ver lo que quizá no percibiríamos sin un entrenamiento dedicado a hacernos notar algo más que lo superficial. Conozco dentistas que son muy empáticos y dialogan con toda naturalidad con la gente, pero no sólo ven sus ojos, sino que se dedican a observar y evaluar los dientes y las encías, y el ángulo en el que la gente cierra o mueve la boca. Los músicos son capaces de notar si hubo silencios o notas en donde los cánones les harían esperarlos, o si aparecen elementos sorprendentes en una secuencia de sonidos.
Mikael Colville-Andersen comenta que una maestra, especializada en niños con autismo, le hizo notar que el papel de la escuela ha sido, por largos años, enseñar a esos niños a ver la realidad como la vemos quienes no somos autistas. El contraste que señala Colville-Andersen es que esa misma escuela ha sido incapaz de enseñarnos a los demás cómo los niños autistas ven la realidad. Y parte de ahí a una analogía, siendo él un experto en el diseño de ciudades para que sean utilizadas por peatones y ciclistas: los ciclistas son, irónicamente, los autistas en las ciudades que han sido diseñadas para privilegiar los automóviles.
Hay un nivel más en esa analogía, que no menciona Colville-Andersen, pero a la que me permito llamar la atención: en italiano, el término “autista” remite a los conductores de automóviles. Lo que implicaría que son los autistas (según el término italiano) los que han establecido la forma dominante de ver la realidad de las ciudades, convirtiendo en “autistas” (según el término utilizado en los campos de la educación y la psicología) a quienes no manejan automóviles. Si los ingenieros no han sido capaces de diseñar las ciudades también desde la perspectiva de esos habitantes “raros” de las ciudades, quizá sea porque en sus escuelas no han tenido la posibilidad de ver con otros ojos, y desde otros modos de vivir la ciudad, a esas ciudades en las que meten mano. La perspectiva macro de Robert Moses parece haber contaminado tanto a esos profesionales que convendría poner algunas clases que muestren también la perspectiva micro de Jane Jacobs a quienes diseñan la vida en la ciudad.
Lo mismo pasa con nuestras escuelas: si no nos aventuramos a buscar otras perspectivas, dentro y fuera del aula, quienes hayan sido educados en otras miradas y en otras disciplinas, nos parecerán raros y hasta “ilógicos”.

*Doctor en Ciencias Sociales. Profesor del Departamento de Sociología del CUCSH de la UdeG. rmoranq@gmail.com

Comentarios
  • Manolo
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    Hay la llevamos reparando el daño que la narrativa del neoliberalismo autóctono ha dejado en muchos de nosotros. Individualismo cerril, explotación del impulso primitivo del egoísmo, competitividad, aspiracionismo. Todo esto embozado en la calidad, Los programas por competencias, profesionalización,; rematado por la evaluación de la reforma.
    Desmontar las piezas de esta infernal maquinaria implica una pedagogía de mostrar una y otra vez con paciencia la desmiente y lo más complicado ser creíble con el ejemplo Hacer el decir.

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