Celular en guerra

 In Miguel Bazdresch Parada

Miguel Bazdresch Parada*

Hace unos años, en mi época de estudiante universitario, un profesor en la primera sesión de su clase nos dio instrucciones obligatorias de cumplir. Algunos ejemplos: Las anotaciones se deben hacer en un cuaderno “de rayas”, y se debe escribir con lápiz Mirado, con goma de borrar, para borrar cuando sea necesario. Nunca escribir con pluma cualquiera que sea. En el cuaderno se cumplirán las tareas encargadas, de una clase a otra, y al iniciar la clase se deben entregar los cuadernos al profesor. Por eso todos deben tener dos cuadernos. Quien no traiga los dos cuadernos no se le permitirá entrar a la clase”.
Muy práctico… para el profesor. ¿Cómo serían las instrucciones del susodicho “profe” en esta época de celulares? Las recientes disposiciones de la Secretaría de Educación Jalisco sobre tales aparatos se parecen, guardada la distancia en años y naturaleza de lo controlado, a las de aquel maestro, muy bueno en su materia, por cierto. Será interesante observar el transcurso de tal empeño en controlar el uso del celular en las aulas y escuelas.
Es cierto. Los celulares son un foco de distracción. Ni modo de negarlo. También de comunicación entre los estudiantes para numerosos asuntos, diversiones, bromas y aun insultos y hasta amenazas. ¿Será posible con simpleza establecer la norma de: no hay permiso de usar el celular en la escuela? Quien lo traiga, bien. Si lo utiliza, será retenido y, al finalizar el tiempo escolar, se devolverá al estudiante dueño. Quien se encargue de la retención será responsable de disponer el modo de identificarlo. Si se diera el caso de una pérdida, el responsable estará obligado a reponerlo. O algo parecido.
Desde luego es posible, quizá con mayor sentido educativo, promover el uso educativo del celular. Por ejemplo, aprovechar la posibilidad de usar el Google.com y ayudarse en la consulta de la información necesaria para resolver ciertas tareas.
En el pasado–pasado, los profesores pedían a los estudiantes que usaran la enciclopedia o al menos el diccionario para hacer algunas tareas, pues para la información requerida no había tiempo de presentarla en las sesiones de clase. Hoy educarse no termina con las sesiones de clase, ni siquiera en párvulos. Tampoco las tareas pueden ser “repetir o reiterar” lo dicho por los y las profesoras. El conocimiento no termina de serlo con la sola información de un libro o de una sesión de clase. Ahí apenas empieza un largo proceso. Se requiere el libro, la enciclopedia, la comunicación y ayuda oral de profesores y profesoras… así nos vamos dando cuenta de la existencia de ese conocimiento… y decidimos dominarlo, “saberlo”, aplicarlo, reconocer cómo y dónde y a quiénes se les puede aplicar o les puede ayudar.
La tarea importante de la escuela y sus procesos es ir de la información al gusto por saber y aplicar el conocimiento. Informar es apenas el inicio del proceso educativo, el cual requiere mucho más para acabarlo y cumplirlo. Por eso el celular puede ayudar… además de ser usado por los y las niñas y las muchachas para un mil más de usos. Se puede usar para consultar, oír alguna conferencia, reconocer dónde y cómo se aplica lo aprendido, cuáles preguntas me suscita esa información escuchada, de los profesores o de los compañeros, compañeras… y más.
Hace años, pude asistir a una clase en una escuela primaria, a una sesión de un grupo de niños y niñas de tercer año de primaria. Todos sentados en el suelo encima de una pieza plástica. Los alumnos y alumnas venían del recreo y entre ellos había pláticas de lo sucedido en ese espacio del recreo. La maestra los dejó conversar un par de minutos… y les preguntó: “¿Cómo se portaron los compañeros, las compañeras?”. …Rápido reaccionaron los y las niñas con sucesos de quién jugó con ellos, quién les dio lata porque les aventó lejos el balón… quién por burlas, quién por nunca “pasar” el balón… y mil más sucesos… por parte de todos, con orden muy bien logrado por la conducción de la maestra… quien en un momento dado tomó uno de los sucesos y les dijo: “Muy bien… pues así también sucede en el futbol profesional… ¿Han visto cómo se enojan y avientan el balón lejos, o se empujan por atrás para que se caiga el jugador contrario…?” y de ahí fue derivando a “¿por qué no cumplimos las reglas?, ¿por qué le hacemos al otro lo que él nos quiso hacer y no pudo?, ¿respetamos las reglas sí o no y por qué? …una lección completa de sociología, del cómo y por qué nos llevamos así con los demás.
Antes, y hoy… la ley del talión es lo primero que surge al querer dar cuenta de por qué empujé al otro. Nada fácil, y sin embargo muy posible, según escuché y vi la actuación de la maestra para no “dictar” el “debe ser así” y sí elaborar entre todos razones, motivos, consecuencias y convicciones… en una sesión participativa, con el material del recreo, la voz de quien quisiera hablar, sin exigirla y sí motivarla… llegando a la construcción de propuestas, pedírselas y discutirlas con los niños y las niñas… y…
Todo para decir y afirmar: maestros, padres, madres, autoridades… hablen, discutan, razonen… con los y las estudiantes, con los hijos y las hijas en definir los problemas surgidos en nuestras prácticas cotidianas, sean de estudio, de los problemas cotidianos y cómo resolver la vida cotidiana de la casa, de la escuela, con los amigos. Todo con la conducción, no imposición, nada de “yo sí sé” y te callas. Y sí, con el uso de preguntas: ¿tú cómo lo harías? ¿Qué propones? Y nunca ustedes no, porque no saben. Prueben la construcción colectiva, escojan preguntas retadoras, ilustren cómo lo harían ustedes… y poco a poco llegarán a la mejor solución.
Y transformemos al celular en oportunidad de definir modos y reglas junto con escolares, profesores y directivos. El acuerdo conjunto y con disposición a corregir y mejorar es la mejor manera de ubicar al celular, y cualquier problemática, en su debido lugar con las responsabilidades de todos los interesados, usuarios y dueños.

*Doctor en Filosofía de la Educación. Profesor emérito del Instituto Superior de Estudios Superiores de Occidente (ITESO). mbazdres@iteso.mx

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