Memoria
Jorge Valencia*
La identidad la define nuestra memoria. Somos lo que recordamos. Y lo que los otros recuerdan de nosotros.
La crueldad del Alzheimer consiste en que quien lo padece sólo tiene presente. No posee una historia porque no la sabe. Tampoco una consciencia del futuro: el futuro para ellos es el olvido total. Es decir, ser nadie.
La civilización humana se reconoce como una consecuencia histórica. La época actual es resultado del siglo XX, que a su vez es resultado del XIX, que es resultado del XVIII… Somos el futuro soñado o fracasado de quienes nos antecedieron. Occidente considera el tiempo como una sucesión lineal, donde la memoria, es decir, la historia, revela nuestra identidad.
La memoria es la base de la inteligencia. Las computadoras sólo pueden procesar los datos que almacenan. Pensar consiste en interrelacionar la información conocida. Aún la prospección ocurre a partir de lo que ya se sabe.
El amor es un sentimiento que comienza con la buena memoria. Los amorosos anhelan lo que son estando con el ser amado. Se quiere lo que se conoce (o se cree conocer). Saben que con ése (o ésa) potencian su ser. Amar tiene la intención de volver a experimentar lo vivido. Lo querido. Por eso amar es recordar.
Memorizamos lo que queremos. El nombre de nuestros padres. Nuestro propio nombre. Nuestra calle, nuestro número telefónico… Se memoriza un poema para describir la identidad propia: “Lleno de mí, sitiado en mi epidermis por un dios inasible que me ahoga…” (Gorostiza, “Muerte sin fin”). La poesía es la memoria de las emociones. La literatura se inventó (primero la oral, luego la escrita) como artilugio de la memoria. Aquiles, el primer protagonista de la literatura occidental, nos recuerda los límites de los hombres.
Los profesionales de la memoria son los historiadores. Reconstruyen los hechos del pasado para que no se nos olviden. Cada reconstrucción es una editorial: los hechos admiten una interpretación: la del historiador que recopila y argumenta. Los hechos no ocurren al azar.
El odio suele ser un motor significativo para echar a andar la memoria. Los rencorosos recuerdan detalles minuciosos de los actos en su contra perpetrados por otros: gestos tenues, palabras con intenciones perversas, olores…
La memoria vuelve presente los asuntos ya ocurridos.
T. S. Eliot escribió al principio de los “Cuatro cuartetos”:
“El tiempo presente y el tiempo pasado acaso estén presentes en el tiempo futuro, y tal vez al futuro lo contenga el pasado. Si todo el tiempo es eternamente presente, todo tiempo es irredimible”.
“Irredimible” porque no puede recuperarse. No nos puede liberar. La memoria es una forma de asir lo que amamos. Pero es una batalla perdida.
*Director académico del Colegio SuBiré. jvalencia@subire.mx