Bienestar: una condición educativa
Miguel Bazdresch Parada*
Bienestar es un estado de ánimo mediante el cual la persona, el grupo y, en ocasiones, extendido a todo un conglomerado humano, gozan de una situación en la cual privan las relaciones agradables, animosas, respetables, en las cuales las dificultades, siempre presentes, se pueden atender con buenos modos y con aceptación entre quienes participan de la situación, con el ánimo de atender los deseos de todos. De eso trata el bienestar.
Humberto Maturana propuso en su momento una argumentación para lograr el bienestar entre personas o grupos que se enfrentan a un diferendo por sus posturas o por la intelección contraria de algún tema o concepción. En primer lugar, la propuesta de Maturana pide definir entre quienes difieren responderse una sencilla pregunta: ¿Qué queremos conservar? Se trata, de entrada, de conservar los valores, las apreciaciones, la estimación entre los grupos que participan del diferendo.
Se puede decir de otro modo: ¿Qué no están dispuestos –los conflictuados– a perder por causa del conflicto? Si se define aquello que quieren conservar, entre ellos se pone una característica a la solución: no vamos a perder tal bien, tal acuerdo, tal modo, etcétera, es decir, acuerdan un límite a las mutuas exigencias.
Es bien deseado por los conflictivos; no se puede conservar con varios de los métodos usuales de presentar las propuestas y demandas, y las respuestas, aceptación o rechazo de los conflictuados. Maturana demuestra que la conversación es el modo mediante el cual cada parte puede presentar, discutir y acordar lo que se quiere conservar, lo cual, ya acordado, será un objetivo de las peticiones y acuerdos de los interesados.
De pronto, conversar para conservar y resolver peticiones mutuas parece fácil. No lo es. La fuerza de la propuesta de Maturana, según me parece y según lo he vivido en la práctica, está en dos “fuerzas” propias de la conversación: No se requiere una argumentación compleja para convencer de la bondad de lo que deseo conservar, sino la sencilla evidencia de conservación de los ingredientes mutuamente importantes para ambos, si nos ponemos de acuerdo.
Un ejemplo: Un estudiante reprobó la prueba de X materia, y sabe de las consecuencias “fuertes” en casa de sus padres. Va con el maestro y le pide ayuda (por ejemplo): “Maestro, póngame seis y le prometo que le traigo la prueba respondida mañana”. Y el maestro le dice: “No se puede. Sus compañeros sí respondieron y “pasaron”. Si le dejo lo que me pide, estoy haciendo fraude a sus compañeros”. El alumno se retira y entre dientes dice “de cosas” del profesor. Típico diálogo. No conversación. No solución.
El mismo ejemplo en conversación: Estudiante: “Maestro, buenas tardes, estoy en un problema. ¿Me puede ayudar? “Con gusto”, responde el maestro. ¿Qué puedo hacer por usted?” Estudiante: Bueno, ya sabe que reprobé la prueba de ayer, y le quiero pedir ayuda, pues mis padres se van a molestar muchísimo conmigo”. Maestro: “Ya vi su prueba. Muy mal. No puedo “pasarlo” así nomás. Sería una mentira”. Estudiante: “No es eso. A ver si le parece: Deme “chance” de presentarle mañana un trabajo escrito sobre los temas de la prueba y usted revisa y califica según la vea”. Maestro: Me gusta que quiera mostrar su saber. No puedo, así como usted quiere. ¿Qué tal si mañana se viene temprano a la escuela, y nos sentamos y hago el examen oral? Así, yo puedo preguntarle para que me demuestre su aprendizaje, y usted tiene una chance de estudiar de aquí a mañana”. El estudiante acepta. Da las gracias por su ayuda y acuerdan reunirse al día siguiente a primera hora.
La conversación y su producto mantienen la primacía del maestro, evitan un escrito del alumno del que se puede ignorar su veracidad y ofrecen una oportunidad al estudiante para resolver su problema, que fue la petición original. Y entre ambos mantienen y cumplen con un examen y un resultado emitido por el profesor. Conservan cada uno su lugar y su rol. Si el maestro sólo se fijara en la prueba reprobada, en el fondo no conservaría lo importante de su tarea: Lograr estudiantes con aprendizaje. El estudiante pide ayuda, pues reconoce su error y su falta, acepta hacer el examen y se da cuenta de la ayuda del profesor. Ambos conservan su lugar y su tarea.
De seguro, el amable lector, lectora, tendrá objeciones a la propuesta. Sin embargo, la cuestión sigue siendo: Cumplimos reglas “a rajatabla” o cumplimos el propósito de aprendizaje. ¿Cuál es el modo congruente con el propósito? Pues esa pregunta se extiende a las relaciones entre los diferentes actores de la educación. Autoridades, directores, jefes, supervisores, maestros/as y estudiantes, familias, empleadores y autoridades políticas. La normatividad ayuda… y al mismo tiempo, en la tarea central de lograr aprendizajes, urge que se traten de manera congruente.
El ejemplo es para reiterar el argumento central: La educación es un asunto de las prácticas de aprendizaje. Lo demás es ayuda y facilidades para hacerlo mejor. De ahí la importancia de docentes con bienestar dedicados a su tarea central.
*Doctor en Filosofía de la Educación. Profesor emérito del Instituto Superior de Estudios Superiores de Occidente (ITESO). mbazdres@iteso.mx