Los cognomentos de la primera generación de la ETI 182

 In Cuentos y relatos del magisterio, Videos

Silvia Ruvalcaba Barrera*

 

Vaya este homenaje para “el chaparrito” en donde quiera que esté…

 

Cognomento: apodo, sobrenombre, malnombre, alias, apelativo, mote, remoquete, apellido, chapa o seudónimo. Proviene del latín cognomentum, que según el Diccionario de la Lengua Española es el renombre que adquiere una persona por causa de sus virtudes o defectos, o un pueblo por notables circunstancias o acaecimientos.

Los cognomentos o apodos son formas de identificar a alguien, o de autoidentificarse con intención reivindicativa, subversiva o humorística; son denominaciones motivadas por alguna característica propia del sujeto al que identifican y pueden originarse en los afectos, pero también en los desafectos, en las características como virtudes o en las que se consideran defectos.

Los apodos responden a una dinámica distinta respecto al nombre propio, con un referente individual y un concepto general, producto de una “necesidad” de nombrar a las personas con un “nombre” más adecuado al que poseen. Relaciona al individuo con un personaje actor en una situación, a veces caricaturizada, a veces exaltada, y cuya duración dependerá de lo acertado y oportuno de su designación, así como la correspondencia entre el nombre y lo nombrado.

Gramaticalmente, son adjetivos y/o sustantivos; son considerados como nombres propios, aunque no sea un nombre propio per se. No es necesaria ninguna tipográfica especial, salvo cuando aparecen entre el nombre de pila y el apellido, caso en que se escriben en cursiva (o, también, entre comillas), por ejemplo: José Antonio, alias el Chino, Ernesto «Che» Guevara o María Navajitas Mendoza. Pero al considerarse como nombres propios, se escriben con mayúscula inicial.

No existe una fecha o periodo en que se empiezan a usar los apodos, pero se cree que se empezaron a usar cuando el nombre de pila no fue suficiente, ya que existían varias personas con el mismo nombre; entonces habría que agregar algún distintivo.

El primer antecedente al respecto está en Roma, en donde los aristócratas poseían tres nombres: el praenomen, que correspondía al nombre asignado en el bautismo (nombre de pila); el nomen, que correspondía al linaje familiar, que sólo lo adquirían los varones; y el cognomen, que correspondía al sobrenombre individual, a veces otorgado por sus características físicas o por el número correspondiente en el grupo familiar.

En la Edad Media (siglos X y XIII) se empieza a designar a las personas con dos elementos, el nombre propio y el sobrenombre, que correspondía al apellido familiar o apelativo y tuvo su origen en los sobrenombres personales de las familias romanas que se heredaban para distinguir las ramas de los troncos gentilicios. En el siglo XVI, el apodo o mote era entendido como un acto de ingenio mediante el cual se relevaba o censuraba a un sujeto y constituía un pasatiempo cortesano.

Con el tiempo, además del apellido hereditario, se sumaron algunas características como la procedencia o toponimia, el oficio o profesión, referentes geográficos, cualidades, valores, habilidades o defectos, y los apodos se oficializaron como apellidos, por ejemplo:

 

  • Patronímicos: Hernández, Pérez, Rodríguez, López, Ramírez, etcétera.
  • Gentilicios: Castilla, Aquino, Asís, Segovia, Guadalajara, Sevilla, Córdoba, Soriano, Ruvalcaba, etcétera.
  • Toponímicos: De la Peña, Del Valle, De la Fuente, Del Pedregal, Del Campo, Del Río, Del Pino, De la Vega, etcétera.
  • Rasgos físicos: Rubio, Moreno, Pardo, Negrón, Blanco, Crespo, Cano, Calvo, Cabezón, Chamorro, Pequeño, Chico, Delgado, Gordillo, Chaparro, etcétera.
  • Rasgos emocionales, morales u otros: Alegre, Bueno, Morales, Valiente, Hermoso, Gallardo, Cortés, Noble, Bravo.
  • Fitonímicos: Flores, Manzano(ares), Naranjo, Pino, Oliva, Lechuga, Alcachofa, Espárrago, Castaño, Cerezo, Tomillo, Prado, Romaguera, Romero, etcétera.
  • Zoonímicos: Conejo, Vaca, Toro, León, Becerra, Águila, Gavilán, Mosca, Gallo, Gato, Novillo, Merino, Halcón, Raposo, Vicuña, Cordero, Sierpe, etcétera.
  • Hidronímicos: Lagos, Ríos, Laguna, Fuentes.
  • Desde un vínculo parental, estado civil o edad: Sobrino, Casado, Mayor, Nieto, Viuda, Ahijado.
  • Cargos, oficios o títulos: Barrero, Barbero, Herrero, Sastre, Carpintero, Cantero, Molinero, Escudero, Abad, Obispo, Capellán, Sacristán, Noble, etcétera.

 

Otro tipo de apodos son los hipocorísticos (del griego υποκοριστικός /ypokoristikós/, «acariciador»), que son acortamientos del nombre propio que identifican a una persona de manera diminuta, cariñosa, infantil o familiar, por ejemplo: Toño, Pepe, Paco, Paty, etcétera.

En la década de los setentas en Guadalajara, en los salones de las secundarias se asignaban apodos individuales; eran directos, cara a cara, crudos, en ocasiones ofensivos y que hacían referencia a rasgos físicos (el Cuatro Ojos, el Chaparro, el Enano, el Flaco, el Popote, el Negro, el Prieto), productos y marcas comerciales (el Boing, el Cerillo, el Gansito) o personajes de la televisión (el Condorito, el Topo Gigio, el Chavo, el Monstruo), etcétera.

Los estudiantes de la primera generación de la ETI 182 (1973-1976), como adolescentes que éramos, no podíamos quedarnos atrás y aquí están algunos de los apodos más populares. Ni mis fuentes de información y mucho menos mi memoria me alcanzaron para realizar un listado exhaustivo de los cognomentos (apodos) de mis compañeros de la secundaria. Pero haciendo mi mejor esfuerzo, aquí está una pequeña relación.

Empezaré por los hipocorísticos como Beto, Caty, Charly, Chuy, Cristy, Fer, Gaby, Gera, Gil, Guille, Juanjo, Juancho, Lety, Nena, Neto, Lupita, Magy, Paco, Pepe, Polo, Poncho, Rafa, Rigo, Toño, Vero, Berna y un gran etcétera.

A los que llamábamos por su apellido: Agraz, Aguas, Arámbula, Hüijosa, Lara, Lares, Laureano, Maya, Murillo, Parra, Reeder, Santibáñez, Serratos, Ureña, Valle, Zermeño, etcétera.

Y los que se les asignaron por sus atributos, afectos y desafectos, como: el Bebé, el Borrego, el Caníbal, el Chango, el Chaparrito, el Chaparro, el Chino, el Chiquilín, el Clark Kent, el Coquito, el Gánster, el Grano, el Inmortal, el Kena, el Kiko, el Kimba, el Kung Fu, el Loco, el Manix, el Mapache, el Masto, el Mil hora, el Moquito, el Nalgarito, el Nopal, el Pato, el Pingüi, el Porky, el Safo, el Supercán, el Tres Patines, el Vampiro, la Avispa, la Mexicanita, la Niña, la Chiva, la Pantera Rosa, la Rana, los Enanos, etcétera.

Los profesores no se podían escapar, y ahí encontramos a Chayito, el Capy, el Chocorrol, el Guty, el Hood Moringa, el Sargento García, el Soldadito, Grey, Huante, la Chancluda, la Pequeña Lulú, Macaneo, la Garra Siniestra, el Tío Carmelo y otros más.

Vaya este pequeño homenaje a todos mis compañeros y un reconocimiento muy especial a Juan Carlos Martínez García, alias el Chaparrito o el Tres Patines, como uno de los pioneros en la fundación del Club de Tobi, en donde se estuvieron reuniendo muchos compañeros a lo largo de los cincuenta años que han transcurrido desde que egresamos.

El Chaparrito trascendió este año, se fue dejando un gran legado de unidad, de compañerismo, de alegría, de positivismo y, sobre todo, de amistad; fue un miembro destacado del comité organizador del 50 aniversario de la fundación de la ETI 182 (hoy EST 14) y uno de los más destacados representantes de la identidad y la unidad de los egresados de la primera generación.

 

*Doctora en Educación. Profesora jubilada del CUCBA de la Universidad de Guadalajara. silviaruvacaba@gmail.com

Comments
  • Nereo De la peña
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    Felicidades, excelente descripción, muy atinada y muy elocuente tus palabras, memorias y remembranzas, excelente, da un gusto enorme leerte, recordar y arrancar suspiros
    Un abrazo enorme para ti, hoy, mañana y siempre

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