No importaba la cancha en que jugáramos futbol; lo importante era jugar
Jaime Navarro Saras*
Era octubre de 1973 en que ingresé a la Escuela Secundaria Tecnológica Industrial núm. 182 (ETI 182), año en que el Atlas tuvo una temporada espectacular justo después de regresar de la segunda división; entre el 26 de mayo y el 3 de junio jugó las semifinales de la liga y perdió con Cruz Azul, 2-3 en el Estadio Jalisco y 0-1 en el Estadio Azteca con 5 jugadores expulsados; sin embargo, logró ser el equipo que más goles anotó gracias a una delantera de grato recuerdo, con nombres como Berna García, Ricardo “Astroboy” Chavarín, Amaury da Silva, Abel Verónico y José de Jesús Aceves.
Bajo ese contexto futbolístico entré a la ETI 182; éramos alrededor de 300 estudiantes que llegamos de todos los puntos de la zona metropolitana de Guadalajara y un poco más allá. Iniciamos las clases un mes después de lo que marcaba el calendario escolar en unas instalaciones escolares a medio terminar (la escuela de entonces era un bloque de aulas, laboratorios, espacios para los 4 talleres, oficinas administrativas, un patio de buenas dimensiones y un área sin construir donde todavía se percibían surcos que daban cuenta de que en algún tiempo fue utilizado para sembrar maíz u otros productos).
Ni tardos ni perezosos y con la cosquilla del futbol, esa área fue un escenario para improvisar una cancha de futbol que utilizábamos en las clases de educación física y en los recesos; bastaron unos postes y tablas de madera que se transformaron en porterías, sin líneas que identificaran las áreas o el espacio del campo.
Rápidamente aparecieron apodos de futbolistas famosos de la época para los jugadores con más talento. En mi grupo, el “D”, Chavarín (Rubén Soto Saras y de los pocos que logró llegar al profesionalismo), Berna (José de Jesús Macías, el más famoso por haber participado en un programa de televisión patrocinado por la marca Zetter), Kalimán Guzmán (Jorge Mora), Güero Aceves (Rafael Ramírez Ramírez) y otros como Pepe Delgado, del Atlas, y también Muciño, ídolo de las Chivas.
Aprovechando el entusiasmo de unos adolescentes ávidos por quemar tanta energía acumulada, al poco tiempo se organizó un torneo de futbol a eliminación directa, un equipo por cada uno de los seis grupos; aunque perfectamente daba para más, el equipo campeón (el 1º A, creo) sólo jugó 3 partidos. El campeón goleador fue Álvaro Manuel Rodríguez Franco del 1º A; el espacio era la cancha de futbol de la unidad que estaba al lado poniente de la secundaria. Después de ello se organizó un torneo formal donde se jugaba a dos vueltas, en total 10 partidos más la liguilla entre los mejores 4 equipos y donde el 1º D, al que yo pertenecía, fue campeón. Los partidos se realizaban por la tarde y el árbitro era el prefecto García.
También vinieron los partidos con otras secundarias, para lo cual se formó una selección con los mejores jugadores de la escuela.
La anécdota más memorable en cuanto a futbol durante los años de secundaria fue cuando la compañía Pepsi Cola trajo a Guadalajara al rey Pelé para dar unas clínicas y orientaciones para los amantes de ese deporte. Se invitó a todas las escuelas de educación primaria y secundaria, pero como era tanto el interés, se entregaron algunos boletos para cada escuela. En el caso de la ETI 182, dichos boletos fueron sorteados entre los alumnos; a lo sumo fueron 5 o 10 por grupo (no recuerdo). Lo cierto es que los que se ganaron los boletos en el sorteo (a algunos afortunados no les gustaba el futbol, sobre todo a las mujeres) tenían el permiso para asistir y los demás no. Ni tardos ni perezosos, llegado el día de la presentación de Pelé en el Estadio Jalisco, muchos de los que no obtuvimos boletos en la rifa nos hicimos la pinta y asistimos al evento; el estadio estaba pletórico y, gracias a una figura como Pelé, salimos extasiados de futbol.
Al siguiente día, nos encontramos con la sorpresa de que el maestro de inglés, que se apellidaba Curiel (QEPD), pero le apodábamos El Tío Carmelo, por el personaje del canal 4 (Salvador Zatarain Rubio) que tenía un bigote igual al del maestro, básicamente nos había reprobado el periodo, ya que quien asistió a clases o tenía permiso de la escuela tenía 10 puntos y los que no, 5, los cuales se iban a promediar con los 10 puntos del examen, para lo cual (quienes nos hicimos la pinta) necesitábamos obtener por lo menos 7 para aprobar la materia con 6. Recuerdo que saqué 8 y mi promedio fue de 7.5, pero como mi conducta no era la deseable, me bajó a 7. Después tuve la suerte de coincidir con el maestro Curiel como compañero en una de las maestrías de la Secretaría de Educación Jalisco (SEJ); le recordé el hecho y sólo dijo que aplicó la norma (la cual no existía como tal, ya que una inasistencia era sólo eso y no tendría por qué influir en la calificación como él la aplicó).
Al mucho tiempo fui a la unidad donde se jugaban los torneos, la que de adolescente se me hacía inmensa; cuando la volví a ver, era demasiado pequeña a la que se quedó en mis recuerdos. Igual me sucede con cada una de las cosas que viví y hoy recuerdo de la escuela y su relación con el futbol.
*Editor de la Revista Educ@rnos. jaimenavs@hotmail.com
¡Cuantas historias, cuanto aprendizaje, cuanta nostalgia, cuantos recuerdos imborrables!
Muchas gracias Maestro Jaime por hacernos viajar cincuenta años atrás.
En las reuniones recordabamos alguna anecdotas como la forma en que se eligio la escolta casi todos del A