Verano en Norteamérica II
Jorge Valencia*
Los partidos del Mundial son apreciados por la no-afición.
Sólo pueden pagar 50 mil pesos aquellos que no suelen acudir a los estadios y esta vez lo hacen para estar “en onda”, tomarse una “selfie” para subirla a las redes y exhibirse como parte de la historia (de la historia de los Mundiales).
El avorazamiento de la FIFA incluye precios “dinámicos” (lo que en la práctica significa reventa oficial y extraoficial), pago de alimentos y bebidas sólo con tarjeta y estacionamiento excesivo a 5 kilómetros del estadio. La camiseta de 2 mil también parece una condición del afecto nacional y un símbolo de pertenencia al escuadrón en batalla.
Después del Himno Nacional, la mexicanidad se demuestra coreando los goles. En esta ocasión, dos contra Sudáfrica. Uno de ellos, anotado por un colombiano.
Casi la cuarta parte de los jugadores que participan en el Mundial (23%) defienden el escudo de un país en el que no nacieron. Además de un colombiano entre sus filas, México tiene un argentino criado entre nosotros (hijo de un futbolista avecindado en México), un español y dos nacidos en EEUU. Como dijo Chavela Vargas (oriunda de Costa Rica), “los mexicanos somos de donde se nos da la gana”.
La globalización incluye la apetencia de los futbolistas hacia el país que los emplea. Di Stéfano jugó con dos selecciones: nacido en Argentina, decidió ser español. FIFA contempla el arrepentimiento mediante un protocolo en el que un jugador puede renunciar a una selección con la que ya jugó en favor de otra que le ofrece un mejor futuro.
El mercado de futbolistas comienza a tan temprana edad de los protagonistas que las selecciones pierden su identidad. Brasil juega como cualquier país europeo de clase B. El “juego bonito” quedó en las crónicas románticas del pasado. Sus jugadores cumplen la mayoría de edad en países cuyos idiomas tardan mucho en aprender. El talento se disipa en la misma proporción que el negocio. El Mundial enfrenta selecciones que juegan igual, con jugadores que pertenecen a los mismos equipos europeos. Los que no juegan Champions sólo asisten para decorar la competencia. Alguien tiene que perder.
Los nuestros dejan muchas dudas. Con su tercer Mundial en casa, México demuestra al mundo que estamos hechos para la fiesta. En cosa de divertimento y afecto sincero, celebramos nuestro tercer trofeo. Los regiomontanos ayer se volvieron suecos; los tapatíos, coreanos. Nadie nos gana en anfitrionía. Nuestra casa es su casa. El jueves nuestro equipo jugará contra Corea en Guadalajara. Se anticipa la cortesía de un empate. No podemos perder nuestra reputación.
*Director académico del Colegio SuBiré. jvalencia@subire.mx
Esta edición del mundial se ha hecho inalcanzable para la mayoría de los que sí son aficionados y ahora se conforman con ver los partidos sentados en el zócalo o en alguna otra plaza pública ataviada de adornos y de megapantallas. La verdadera afición que se afilia a un equipo, que va a los partidos, que integra las porras, esa no fue invitada. A eso sí, propios y extaños en la algarabía y gritería, en el baile y en la toma de alcohol al por mayor. Un sector de la población que hace de cada partido un encuentro de convivencia y para otro sector, andar de fiesta y desfiguro seguro. Una FIFA que aceptó los términos de EUA y del poder económico dueño de las federaciones nacionales. Un mundial excluyente, incluso del castellano como una de las lenguas oficiales.