Chicles

 In Jorge Valencia Munguía

Jorge Valencia*

Se mastica chicle para tomar conciencia del propio cuerpo. Para rumiar la humanidad que se sabe, se intuye a menta, se posterga de manera indefinida. El chicle se mastica como un acto de concentración. Como un mantra. Como repetir una oración.
Se mastica para contrarrestar la peste de la boca con las palabras putrefactas que se quedaron sin decir. El chicle las disimula y las aromatiza. Las mejora. Mascar el chicle cumple la función de un calentamiento del lenguaje. Cuando las frases están calientitas por el batimiento de las mandíbulas, entonces se dicen las cosas con la elocuencia de la tortillera. Del beisbolista en el “bullpen”.
El chicle conecta personas. Simplifica las relaciones sociales: deshace protocolos y destruye privilegios. El chicle es un ardid de la democracia: empata al rey con el plebeyo y al intelectual con el trabajador común.
Se inventó como un sucedáneo existencial. El que mastica chicle practica un “estar ahí”, en medio del mundo. “Masco luego existo”, declararía la máxima cartesiana.
El chicle es el más popular de los pasatiempos.
– ¿Estudias o trabajas? -pregunta una mujer eróticamente interesada.
– Mastico chicle -responde en pretendido.
Porque nada es perfecto, el chicle destruye los dientes. Llena de caries las muelas y las desgasta.
Como el alcohol o el cigarro, no fuimos hechos para el placer de masticar chicle. A largo plazo, todo se paga. Sólo resultan ilesos quienes tienen dientes de acero, los dioses o los transfórmers. El placer de masticar chicle radica en la inmediatez de su disfrute, sin apelar a las consecuencias. Los ancianos con dentadura postiza recuerdan con nostalgia las veces que tronaron bombas con sabor a cereza.
El chicle tiene la naturaleza de un relevo. Las bacterias bucales adheridas a esa masa pegajosa se trasladan a la suela de los zapatos ajenos. El ranking de la civilización de los pueblos se mide por la cantidad de chicles pegados en el asfalto. Nada hay más desagradable que sentarse en un restaurante y descubrir bajo la silla o la mesa un chicle donado por un puerco. El mensaje de ese comunicado tiene que ver con el desprecio hacia los otros.
Pero es mejor eso que un chicle pegado en la ropa o en el pelo. La manera de resolverlo es la extirpación de un mechón suficiente. O esperar entre 5 y 25 años a que el chicle se degrade de manera natural.
Básicamente, el chicle es plástico comestible. Aunque derivado del petróleo, los saborizantes añadidos a la goma lo convierten en una conquista cultural de nuestra especie. Sólo existe porque lo inventamos. Como la mayoría de las cosas, resulta prescindible. Se asocia con rutinas específicas y estereotipos. Nada sería de las protagonistas de la zona roja en las películas en blanco y negro sin un chicle con el cual estirar, reducir o masticar el melodrama de su condición, que es la condición del hombre, en abstracto, en busca del sentido de la vida.
El chicle subraya nuestros límites.

*Director académico del Colegio SuBiré. jvalencia@subire.mx

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