Concursos
Jorge Valencia*
Los concursos son invitaciones para legitimar la preeminencia de terceros. Ocurren en todas las áreas y con distintas repercusiones.
En Miss Universo, las muchachas se inscriben para justificar un estereotipo de belleza. Los organizadores “retocan” a las participantes con cirugías plásticas, clases de oratoria y modelaje y regímenes nutricionales que las mantienen hambrientas, pero flaquitas. En directo, la belleza impostada de esa tribu de hermosas acentúa la fealdad de la mayoría: las televidentes sin gracia. La excepción se convierte en canon; la normalidad, en vergüenza.
Los concursos fomentados por la Secretaría de Educación cumplen el propósito de disimular la realidad. Cuando un niño genio resuelve una ecuación integral que no tendría por qué saber resolver, la percepción que provoca es que “todos los que cursan sus estudios en el sistema nacional son niños que saben todo”, cuando en la realidad se trata de una anormalidad meticulosamente prefabricada: ese niño renunció a sus recesos, a sus clases de Historia y a su estabilidad emocional para someterse durante algunos meses a la presión excesiva y las expectativas de los adultos que le promueven el desafío. En el fondo, los que ganan esos concursos son los maestros, los directores, los organizadores de esos concursos.
Semejante a los niños actores que dejan de ser niños para convertirse en monstruitos narcisistas, los concursantes de los retos intercolegiales aprenden desde muy temprano que el éxito en la vida tiene que ver con la diferenciación sobre los demás a partir del privilegio de la inteligencia.
Otros concursos sobresaltan la belleza, el estatus socioeconómico o la nacionalidad. Las competencias se fundamentan en el fracaso de todos los que sostienen el éxito de uno solo.
En los concursos el empate es una desviación de la regla que es preferible desdeñar, como lo demuestran las justas deportivas. Así se alargue el tiempo de la contienda o se inventen mecanismos de desempate, como los penaltis en el futbol, la lógica de una competencia impide la igualdad de las virtudes de los contrincantes. Uno debe ser mejor que los demás: los que pierden no merecen la memoria.
La noción de “éxito” se correlaciona con el apabullamiento a los otros. Sólo destaca el que agandalla. “Las finales no se juegan; se ganan”, se dice en el futbol. Significa que el fin justifica los medios. No importa cómo, ganar es el parámetro para una civilización que aplica la teoría darwinista de la supervivencia del más apto. No es aleatorio el lema olímpico “citius, altitus, fortius”, que no sólo premia a los competidores sino a los países económicamente más poderosos que permiten la formación en alto rendimiento de sus atletas.
Mientras no existan concursos para premiar la fraternidad, el afecto o la compasión, nuestras sociedades seguirán canonizando estereotipos que subrayan las aptitudes diagonales que prestigia la genética, la economía, la política o el azar.
En un concurso de santos, el ganador sería quien realizara más milagros.
*Director académico del Colegio SuBiré. jvalencia@subire.mx