15 de mayo

 In Jorge Valencia Munguía

Jorge Valencia*

El Día del Maestro es un premio de consolación. Como la tumba del soldado desconocido o el empleado del mes, se trata de un reconocimiento “políticamente correcto” que, por ofrecer un mérito genérico, entre líneas, tiene el matiz de una exculpación. Cumplir por cumplir con un agradecimiento de dientes para afuera que la sociedad concede a quien debe, aunque no quiera o sienta.
Habrá quien lo personalice en una propina para su profe. Una corbata de color incierto o unos chocolates caducos y reciclados desde Navidad Para que no diga.
Se trata de un día que se apartó del calendario donde menos lesión causa. En un mes de festejos: entre la Madre y el Padre, después del Niño. Una fecha en la que Liverpool ofrece descuentos para la indumentaria de verano y los profes tienen tiempo para conmoverse y sellar sesgadamente la calificación final de sus pupilos.
Las instituciones educativas lo consideran un mal necesario. Rifan licuadoras y dignidades. Se pronuncian discursos que hacen llorar a los oradores, pero no llegan a la cartera de los festejados ni al reconocimiento genuino.
En su día, el maestro previene un acto de contrición. Se reclama a sí mismo por qué. La profesión no le hará rico ni le envanecerá de más elogios que los estrictos. De algunos, sinceros, a veces; olvidables siempre para quien se los ofrece. En su día, celebra con el asueto y la pila de cuadernos a los que hay que corregir los acentos (con verde, no vaya a ocasionar un trauma con el rojo).
Hay que pertenecer al gremio para dimensionar el acto. O ser lo suficientemente bien nacido para expresarlo. O demasiado joven (o demasiado viejo, según) para sincerar el sentimiento.
“Maestro” es el “brother” que intercambia prohibiciones. El especialista canónico, artista o jugador de futbol. También es el “maistro”, albañil con prejuicio diptongado. El profesionista de la educación admite todas las acepciones.
Para el padre de familia de escuela privada, es poco más que un criado y menos que un beato. El encargado de que su criatura aprenda matemáticas y mantenga a sus compañeros a raya. El maestro es el ser que endereza la formación que viene torcida de casa, pone dieces que en realidad son cincos y da paracetamol existencial cuando intuye –es su obligación– los dolores del alma.
El maestro es el responsable anónimo y superado de la rectitud del adulto. O de su moral diagonal. La sociedad tiene los maestros que se merece. Cuando se cobra poco y se le reclama mucho, la vocación se diluye. Asume –el maestro– la posición de un catalizador: todo lo malo es su culpa; todo lo bueno, a pesar suyo.
Discreto y resignado, el maestro comienza el día nombrando lista. Mientras sueña con otra vida, es el único ausente del salón.

*Director académico del Colegio SuBiré. jvalencia@subire.mx

Comments
  • Alicia Glez.
    Responder

    Muy bueno.

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