Fantasmas
Jorge Valencia
Nos rodean los fantasmas. Los tenemos a un lado y al otro. Detrás, encima, a veces adentro del corazón.
Rulfo los descubrió mediante murmullos. Voces que se entrecruzan de gente que estuvo y que sigue en otra dimensión. Los fantasmas no tienen tiempo. O mejor: su tiempo no es el tiempo nuestro. Sus vidas se quedan y se repiten y nos tocan, si estamos atentos. O si somos susceptibles. O creyentes.
Casi siempre son discretos y callados, como perros tímidos que se acercan para que les demos de comer. Nadie nota su presencia (muerta) porque nadie extraña su ausencia (viva). Los fantasmas son recuerdos que se debaten contra el olvido.
Nosotros los recibimos formalmente cada 2 de noviembre. Les damos de comer y de beber y les prendemos velas. Les quemamos copal. Exhibimos su fotografía entre cempasúchiles, como para que se guíen y no se equivoquen de altar.
James Joyce escribió que “un fantasma es un hombre que se ha desvanecido hasta ser impalpable, por muerte, por ausencia o por cambio de costumbres”.
Ante el hijo ingrato, la madre dice que “está muerto”. Porque ha cambiado sus costumbres, en ese momento se convierte en fantasma.
Hay fantasmas que asisten a la oficina. Checan tarjeta, se sirven café, no le dan los buenos días a nadie.
Otros, un día desaparecen de nuestras vidas. El padre de familia que “va por cigarros”, el novio que deja a su querida “en visto”, la actriz que deja de filmar…
Los fantasmas son una legión. Una especie de rebaño trashumante que absorbe adeptos. Salen de nuestras vidas con la naturalidad de un estornudo. A veces se les llora. A veces se agradece. Su ausencia es una declaración de principios. Un mensaje contundente y sin derecho a réplica.
Los fantasmas son seres difuminados que no se atina a precisar. Se les recuerda por un gesto, por el color de los ojos o por el modo de andar. Por dos o tres detalles accidentales que ciertamente no constituyen su esencia. Pero esos dos o tres detalles accidentales definieron su relación con nosotros. La tibieza de su piel, la dulzura de su voz, la hora del día en que solíamos conversar.
Cuando uno los cree superados, sin motivo aparente, vuelven. Hacen acto de presencia, como magos desconfiados. Espontáneos y categóricos. Y nos hacen llorar.
Son suaves, los fantasmas. Delicados. Sutiles. No nos quieren asustar. Nos rozan los vellos del brazo para que sepamos que ahí están. Que tenemos madre, hijo, hermano, mascota, abuelo, mientras lo sepamos. Mientras la persistente nostalgia nos ligue a ellos. Y cambiemos nosotros mismos nuestras costumbres –como creyó Joyce– para ser absorbidos por su legión.
Entonces, nosotros mismos seremos el fantasma de alguien más.
*Director académico del Colegio SuBiré. jvalencia@subire.mx