Niños
Jorge Valencia*
El niño es un ente humano que requiere abrazos y reprensiones. Hace algunas generaciones, palmadas en la cabeza o nalgadas. Pero ya no. Los niños ahora crecen como florecitas silvestres. Dejarlos hacer lo que quieran es el vigente paradigma de la crianza.
Las nalgadas ya no se consideran parte de la pedagogía. Al contrario, resultan motivos de acusación formal ante la ley. Y argumentos predilectos durante las futuras sesiones de psicoanálisis.
Los niños castigados cada vez son menos frecuentes y suelen pertenecer a estratos socioeconómicos definidos. Entre la opulencia, los hijos que hacen lo que se les pega la gana son refrendos del estatus. Portarse bien es argumento de la carencia. Los que tienen todo, representan gatillos dispuestos a disparar una maldad en potencia: cuestión de tiempo y de contexto.
Entendida en su definición aristotélica como el estudio de las “costumbres”, la moral contemporánea exige un egoísmo inmanente al proceso de crecer. Nadie menor a los quince (se admiten matices hasta los treinta años) está obligado al respeto, la empatía o la piedad, sino como una forma de la extravagancia. En su mayoría, se supone indeseable por lesionarles la libertad a los críos.
Por el sólo hecho de ser niños, merecen un festejo que raye en el dispendio. Las escuelas suspenden clases, pagan brincolines, difunden azúcar a través de la versión caramelizada del premio.
Estas rutinas compartidas desembocan en una educación rupestre, donde la “urbanidad” –así se decía antes– no alcanza el chapopote de la vinculación fraternal. Los niños no reconocen el sentido de las reglas cuando los adultos se encargan de relativizárselas.
En lo positivo, la infancia hoy es más feliz, aunque menos apta para la convivencia y la experiencia de la frustración.
Como si no fuera una preparación para la adultez, los niños gozan de una libertad sin matices. Eligen la manera de vestirse y la intensidad de sus berrinches. Los padres se someten a sus caprichos por temor a pataletas argumentativas de sus deseos. Son los reyecitos de la casa. Comen lo que se les antoja y duermen hasta que tienen ganas. Sólo los contienen las pantallas de la tableta o la TV “inteligente”, fuente de recreación y retardador de sus destrezas. Sus actos volitivos dependen de sus preferencias táctiles y su comunicación se ejecuta con un bot.
Los papás se subliman a través de sus hijos. Los colman de lo que no tuvieron y les allanan lo que a ellos les costó trabajo. Les siembran preferencias y aversiones (irle al Barcelona, odiar a la maestra…) y los preparan para una inadaptabilidad en la que no estarán ellos para consolarlos.
Los niños son la continuación exacerbada de sus padres. Los padres, la versión decadente.
*Director académico del Colegio SuBiré. jvalencia@subire.mx