Sociedad educadora
Miguel Bazdresch Parada*
Cuando hablamos de educación, es “automático” referirnos a la escuela, sobre todo aquella en la cual las personas realizaron sus estudios. También es común referirnos a la familia con relación a los permisos, los problemas con los hijos, hijas y parientes, y con los abuelos cuando están cerca. Estas referencias son naturales y nadie las cuestiona o las rechaza del todo. Desde luego, hay padres y madres con menos o más carisma educativo y profesores y profesoras más empáticos con él y la estudiante y con la familia cuando se ofrece una cuestión necesitada de una solución conjunta.
Pocas veces o nunca, al hablar y, sobre todo, al pensar en educación, nos referimos a las virtudes y vicios de la sociedad. En las familias se habla del gobierno y sus aciertos, muy pocos se dicen, y sus equivocaciones, en especial cuando está de por medio la delincuencia y las “pésimas” acciones y los pocos frutos para frenar la corrupción, la delincuencia organizada y, ahora también, el fenómeno de la desaparición forzada de personas, en muchas ocasiones, mujeres jóvenes.
Aquel énfasis educativo con escuela y familia, y las múltiples quejas al gobierno, sin querer olvidan a otro educador, educadora: la sociedad y sus modos, en especial los modos de los gobiernos. Las personas y las instituciones estamos prestas a quejarnos de los gobiernos y sus decisiones o actividades. Sin embargo, las quejas en el ámbito educativo tienen un menor calado, pues se aceptan como menores, y en realidad son definitivas en el futuro de cada persona. Lo aprendido y lo no aprendido marcará las posibilidades de acción y aceptación de la persona escolarizada.
La educación se preocupa de los contenidos, de las emociones, de las habilidades y de los conocimientos. Con esa ocupación puede enseñar, ayudar a aprender y convalidar las competencias de los estudiantes. Es una tarea imprescindible para cualquier sociedad humana, la cual debe realizarse junto con la familia de los estudiantes. Cuando no se da esa colaboración escuela-familia, la educación queda trunca. Esta importancia, aceptada de modo casi universal, olvida, o no toma en cuenta, a la educación provista por la vida de la sociedad en cuanto tal. La podemos llamar “sociedad educadora”. Sin embargo, esa tarea propia de toda sociedad no se aprecia con la misma importancia que la enseñanza y que la familia.
La sociedad educadora debiera ser la principal maestra en cuanto a la función y aplicación de las leyes, conservación y aplicación de las costumbres, los modos de ser colectividad… y así lograr una sociedad educada.
El olvido o la cerrazón para incorporar a la sociedad y sus conocimientos y modo de hacer en el funcionamiento ordinario de la función educativa provoca, aun sin querer, una educación escolar con deficiencias. Un ejemplo: Es común, en especial en la educación básica, encontrar profesores y directores con cierta oposición a la intervención de la familia en los modos propios del aula. En muchas ocasiones surge una cierta actitud “peleonera” con los y las maestros/as, para exigir un favor para su hijo, sea o no pertinente y tarea del docente. Las maneras de reclamar en modo de pleito ponen al maestro a la defensiva y por eso se queja, pues “la familia no puede decidir (meterse a querer tal aprendizaje) qué, cómo y cuándo se enseña”.
Más allá del ejemplo, la sociedad debe estar presente en el sistema educativo. Desde luego, de buena manera y con pertinencia social. Un recuerdo. Cuando se declaró la pandemia del COVID y la autoridad sanitaria pidió cerrar las escuelas, pues las reuniones cotidianas de los estudiantes provocarían un contagio de consecuencias muy graves; no hubo modo de no cumplir esa exigencia saludable y se decidió ofrecer las sesiones de clase con los estudiantes en casa y mediante la “educación en línea”. Las consecuencias valiosas y otras no tanto se tuvieron que aceptar. Nuestra sociedad, salvo en pocos casos, aceptó el cambio, se dio cuenta de los frutos y de los déficits, y nos dio la lección: No estamos preparados para educar con la ayuda técnica disponible.
Desde el gran suceso de la pandemia y hasta los pequeños y múltiples encuentros y desencuentros entre familiares y maestros, quedó claro, por si no lo estaba ya: La sociedad es educadora. Cuando nos muestra los contenidos y procesos defendidos por esa sociedad. También con la múltiple acción cotidiana impacta en la educación de todas las personas, y especialmente en quienes están dentro de un proceso educativo formal de aprendizaje. Impacta a los maestros preparados para cumplir los programas oficiales y evaluar el aprendizaje de los estudiantes. Impacta con su ley y su legitimidad. Educa con su tarea cotidiana.
Al confrontar las necesidades de nuestra sociedad, al mirar las acciones y los logros de la educación escolarizada, no hay modo de no caer en la cuenta de una educación no pertinente a las necesidades de una población hoy caracterizada por acciones valiosas sí, y al tiempo no redituables frente a las exigencias de los fenómenos y las demandas de esta misma sociedad. El aporte de la sociedad a la educación se ha dejado de lado o, en el mejor de los casos, se le reconocen algunas propuestas menores. La educación de los pueblos y de las naciones de nuestro país requiere reconocer el aporte educador de nuestra propia sociedad para aprovechar su aporte en la gestación de una nueva educación.
Doctor en Filosofía de la Educación. Profesor emérito del Instituto Superior de Estudios Superiores de Occidente (ITESO). mbazdres@iteso.mx