¿El six7 es un paradigma?
Luis Christian Velázquez Magallanes*
Los hechos son contundentes. Esta verdad de Perogrullo puede aplicarse a distintos escenarios; por ejemplo, en cualquier ámbito se perciben sucesos que muestran altos niveles de descomposición social.
El ámbito educativo no se exime. Cada día atestiguamos sucesos que son contrarios a los principios y fines de la escuela formalmente constituida.
Las tendencias para comprender y diseñar estrategias para la atención de lo que ocurre en la cotidianidad de las aulas se fundamentan a través de conceptos novedosos y rimbombantes como enfoque de educación para la paz, corregir desde prácticas restaurativas, protocolos de actuación para atender situaciones de emergencia y vulnerabilidad, barreras para el aprendizaje y la participación social, andamiaje, ajustes curriculares, codiseño, contextualización, ejes articuladores y otros más.
El asunto es que al magisterio no le gusta analizar, cuestionar, debatir y, mucho menos, argumentar en la esfera lógica o disciplinar de las propuestas o teorías en boga; las noveles teorías son aceptadas ya sea porque no se quiere estar fuera de onda o por las consecuencias administrativas o legales de no asumirlas. Ejemplos de programas y capacitaciones dan cuenta de cómo llegan y se esfuman esos espejitos educativos.
El estudio de la realidad, lejos de reducir la brecha entre el corpus teórico y el fenómeno aprendido, parece que incrementa cada vez más su distancia. ¿De qué sirve, por ejemplo, comprender que los individuos menores de edad no han alcanzado su maduración neurológica y biológica y por eso, en la mayoría de los casos, sus conductas o respuestas al medio son impulsivas, si el codiseño prioriza un modelo de conducta anclado en la autorregulación? Los menores necesitan del acompañamiento y cercanía afectiva de sus padres y de los procesos formativos implementados en las escuelas.
La semana pasada en una localidad del estado de Veracruz acudieron unos padres de familia para exigir la aprehensión de un maestro por presuntas conductas de violencia y maltrato hacia sus alumnos —sí, como en el caso de la maestra Tere— Lo cierto es que los medios locales que transmitían el suceso dieron cuenta de lo que Lope de Vega llamó Fuente Ovejuna.
La transmisión en vivo mostró cómo una comunidad estuvo a punto de ocasionar una tragedia. ¿Por qué los padres de familia decidieron tomar justicia por su propia cuenta? Los adultos con una supuesta maduración neurológica y con plenas facultades para decidir conductas a partir de un criterio ético decidieron romper cualquier tipo de principio moral para tomar justicia por sus propios medios. Esos adultos con sus decisiones y actos modelan el comportamiento de los menores a su cargo.
Otro evento reciente da cuenta de la aprehensión de un docente de una institución de educación media en el Estado de México acusado de grabar a las alumnas de sus clases.
El hecho, indudablemente, se concatena con otros casos en donde los profesores, abusando de su posición y madurez, generan situaciones de riesgo para los menores. La constante repetición de eventos de esta naturaleza, ya sea por procesos escolares o por los actores educativos que abusan de su condición respecto a los menores, ha provocado una generalización en donde se concibe a la escuela como una zona de alto riesgo para los alumnos. La escuela se encuentra en una contradicción ontológica. Ese ser no corresponde a su esencia. El problema radicará entonces en que se han acabado los educadores y la educación está invadida por individuos que, lejos de formar, han convertido a la escuela en un negocio.
En este sentido, la crítica social ha promovido juicios que denuestan a la escuela y a sus actores. La concepción ha llegado a tal punto que, sin cumplir con el debido proceso, cualquier acto de acusación significa culpabilidad. Las pruebas de cargo son los rumores esparcidos sin ningún criterio jurídico. El tamaño de la acusación es proporcional al nivel de culpabilidad. Valdría la pena preguntar o indagar las razones de fomentar esta desacreditación o por qué la inmensa base magisterial no ha hecho nada para exigir mejores condiciones que garanticen su seguridad y la de los educandos.
Cuando pensamos que hemos tocado fondo, siempre aparece un suceso que pone en entredicho la capacidad de asombro. Un alumno en una preparatoria del estado de Michoacán, en un estuche de guitarra, llevó un rifle de asalto y ultimó a dos docentes. En Jalisco, no hace mucho tiempo, ocurrió un fenómeno de la misma naturaleza.
En este punto de inflexión debemos romper el paradigma o las reglas de juego de cómo se atiende a la educación y sus problemas.
Los hechos demuestran que la ciencia de la educación, tal y como en este momento se concibe, con todo y sus reglas de juego, está en crisis. Los resultados, indicadores y conductas de quienes son atendidos evidencian el fracaso de los procesos escolares. La crisis reflexiva ha llegado a tal punto que los educadores de hoy en día están más preocupados por grabar TikToks, reels y entender el lenguaje de los jóvenes que por romper el círculo en el que estamos inmersos. Urge que en los centros de investigación se aborden los temas y sus propuestas generen el debate necesario para resolver las circunstancias que están acabando con la salud mental, emocional y física de nuestras juventudes.
*Licenciado en Filosofía. Profesor de educación secundaria en la SEJ. chris-brick@hotmail.com
Excelente reflexión. Considero que hay una crisis social, en la cual el docente puede tener gran parte de culpabilidad por una práctica educativa deficiente que se ve reflejada en la situación actual del país
Es muy interesante su artículo Maestro Christian, los paradigmas en los que se encuentra la educación, sus actores principales y sus directores de escena deben de encontrar los motivos principales que los hacen actuar así, es preocupante que los alumnos y los docentes se enfrenten y que, los padres o directivos, así como autoridades educativas no encuentren los puntos medulares para lograr los objetivos de estar en una escuela, como cuando los profesores ven su labor como generador de dinero, no como una vocación, los alumnos como un lugar de escape, distractor o de seguridad. Es triste y lamentable no reconocer ni encontrar, en muchas ocasiones, el espacio y momento de aprendizaje, dónde el alumno esté seguro y aprendiendo; y el docente trabajando en armonía, sintiéndose protegido y no fiscalizado por todas partes.
Así las cosas en la relación familia-escuela-sociedad. En las circunstancias actuales, para ser docente se requiere contar con muchos dominios que corresponden a diversos ámbitos: pedagógico, sociológico, filosófico, político, psicológico, médico, legal…y ser valiente, muy valiente.
Estimado Christian, siempre es un gusto leerte. El tema que planteas resulta especialmente pertinente, ya que invita a reflexionar sobre la tensión creciente entre la formación que se da en la familia y la sociedad, y la que corresponde a la escuela, donde esta última parece perder capacidad para regular las conductas. La flexibilización o ausencia de límites en distintos contextos está cambiando las formas de interacción y cuestionando la autoridad escolar. Ante esto, vale la pena preguntarse qué cambios necesita la educación para responder a esta realidad y si lo que se requiere no son solo ajustes, sino una revisión más profunda de las prácticas educativas.
Muy buenos todos tus mensajes, felicidades