Los baches del camino de la educación

 In Jaime Navarro Saras

Jaime Navarro Saras*

 

Si pudiéramos abrir el baúl de los recuerdos y presentar las realidades que se vivían hace 10, 20, 30, 40 o más años en el magisterio, de seguro nos encontraríamos con situaciones que ya no existen, sobre todo en cuanto a derechos laborales y responsabilidades propias de las labores que cada docente desarrolla o debe desarrollar.

Cada trabajador de la educación está rodeado de un sinfín de sujetos que influyen para bien o para mal en su función, los más comunes son directores, supervisores, jefes de sector, directores de nivel, subsecretarios y, el secretario de Educación, todos ellos representan a la autoridad que es quien se encarga de que los maestros realicen sus funciones de acuerdo a un manual de funciones; por otra parte se encuentra el delegado sindical, el coordinador de región, el secretario de nivel y, finalmente, el secretario general de cada sección del SNTE, quienes representan la parte sindical, instancia que vela por los derechos laborales que tienen los trabajadores agremiados; de igual manera, tenemos a la sociedad de padres de familia que directa o indirectamente está al pendiente de que sus hijos estén atendidos, tanto en lo educativo como en su persona, además de los recursos económicos; no menos importante, tenemos a la sociedad misma, a los medios de comunicación y demás entes que están a la espera de que vayan bien y sin dificultades las dinámicas escolares.

En este entorno, cada quien hace su función, pero con la salvedad de que solo quien atiende a los estudiantes (el profesorado) es el responsable directo de que todo funcione, no solo con sus responsabilidades en el aula, sino, incluso, las que vayan surgiendo; solo basta mencionar unas cuantas que han aparecido en el tiempo: escuela de padres, actividades de recuperación y atención al rezago educativo y, recientemente, la escuela te extraña.

El magisterio, más allá de lo que se dice como parte del idealismo romántico, en realidad es como un ejército que está para recibir órdenes sin emitir ningún cuestionamiento ante los sujetos que le hacen llegar las disposiciones oficiales. Digo esto por una simple razón y como una manera de dar respuesta a una de las tres personas que se tomaron el tiempo para hacer comentarios sobre mi artículo de la semana pasada “El carácter de la SEJ” (https://revistaeducarnos.com/el-caracter-de-la-sej/). En dicho comentario, además de los halagos al programa, resalta los valores de la moralidad cristiana como propuesta para mejorar la cultura moral, ya que no lo hicieron a lo largo de los años (a decir de ella) ni el cientificismo, el positivismo y el socialismo marxista, entendiéndose (continúa su comentario) que son quienes han asentado las políticas educativas de la escuela pública en México. Obviamente, y se lo hice saber, que el debate y la crítica al programa tienen que ver con el abuso de las autoridades locales al pasar por encima de uno de los elementos más importantes de la escuela pública, la laicidad.

Historias así las vemos todos los días; lo cierto es que la escuela pública (y no es de ahora, sino de siempre) atraviesa por un escenario donde pareciera ser que no se sabe para dónde va ni cuáles son los propósitos de los que parte, de cómo se materializan en las prácticas educativas y cuáles son los resultados que se obtienen y las mejoras de la educación.

Dada la realidad educativa vigente, da lo mismo que la SEJ se incline por recibir “apoyo” de una universidad elitista como lo es la Universidad Panamericana para formar, capacitar y actualizar docentes y directivos, así como que la SEP (dirigida por Mario Delgado), salga a buscar a estudiantes que desde hace tiempo, justo después después de la pandemia, decidieron que la escuela ya no era su prioridad porque de seguro hay cosas más importantes que los atrae o, porque no hay suficientes recursos para continuar y culminar una carrera técnica o universitaria.

Tanto la visión de la SEJ con sus temas moralistas, como la decisión desesperante de la SEJ para aminorar el rezago y la atención educativa, no son otra cosa que decisiones sin pies ni cabeza, ya que ni la una logrará convencer al magisterio y al alumnado de formarse en el carácter, ni la otra podrá hacer que regresen los estudiantes que ya se fueron, y ambas tienen una explicación: son unas imposiciones que solo le apuestan al voluntarismo de los maestros y estos, lamentablemente, ya están cansados de asumir ese papel.

 

*Editor de la Revista Educ@rnos. jaimenavs@hotmail.com

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