Identidad
Jorge Valencia*
Los mexicanos adquirimos la identidad a través del borlote y la aglomeración. No es extraño que nuestra máxima celebración patria consista en “dar el grito” y exhibir un espectáculo de pirotecnia y empujones en 3D.
Luciendo el traje de charro o la guayabera yucateca, el grito lo dan los presidentes del municipio, lo mismo que los gobernadores de los estados y el presidente de la república (Scheinbaum, en este caso, del lado de su consorte con actitud de película de Bela Lugosi).
A todos les gusta salir en la foto, pero no todos gozan la virtud de la fotogenia ni la simpatía que requiere el protocolo. Hubo quien confundió a Hidalgo con Morelos, a Leona Vicario con un varón inexistente o a Josefa Ortiz de Domínguez con un personaje insulso del Canal de las Estrellas. Ha habido casos donde también se nombra a Vicente Fernández como héroe de la Independencia (prestigio bien ganado) o al futbolista de moda, aunque sea extranjero (o “no formado en México”).
La mexicanidad se calza mediante símbolos que se asumen de manera diferenciada. En grados distintivos según la edad, la localidad del vasto territorio o el nivel polarizadamente socioeconómico.
Se difundió un video donde los festejos incluyeron a un cantante de reguetón que programó a una bailarina exótica, con poca ropa, pero con cananas y sombrero zapatista, demostrando que las emociones nacionalistas admiten licencias morales de diferente temperatura.
Lo habitual es que un grupo folklórico baile “El son de la negra”, “La Adelita” o alguna de José Alfredo, cuyos versos disimulan la estridencia del mariachi y la ingestión del mezcal sin gusano. O con él, depende del patriotismo y el umbral del asco.
Ser mexicano es ser capaz de soportar los gritos en la oreja, los pisotones, el riesgo de una bengala, la emotividad de los improvisados a quienes les da por echar balazos al aire e insultos de incierta etimología.
Ese día todos sabemos montar a caballo, ondear el rebozo, cantar La Bikina, abrazar al vecino y llorar bajo la bandera.
Las ideologías (cuando hay conciencia de éstas), ceden al sentimiento nacionalista. En ese momento todos somos mexicanos orgullosos, raza de bronce, mestizos de piel morena y trenzas. Chinacos y chinas poblanas. Hijos de Cortés y la Malinche.
El día después, la resaca obliga replanteamientos y posturas. El desfile del 16 nos presenta opciones: la identidad no se elige, pero sí la forma de manifestarla. El empleo posible, las costumbres admitidas o rechazadas, el uso del lenguaje (las palabras, la pronunciación, los tópicos…). Lo mexicano se reconoce a través de la solución compartida ante el devenir (con sus adversidades y bonanzas) de la vida cotidiana.
El mexicano es alguien que aguanta, se divierte, se rebela al olvido.
*Director académico del Colegio SuBiré. jvalencia@subire.mx