Quehacer de la educación básica (mensaje a egresados en la UPN Guadalajara)
Ismael Torres Maestro*
Es un honor y una alegría estar aquí para celebrar con ustedes no solo la culminación de un ciclo académico, sino la demostración viva de que la perseverancia y el compromiso pueden florecer incluso en los terrenos más difíciles.
La historia de esta generación no es lineal ni sencilla. Comenzó con un grupo que, como todo viaje, se fue transformando. Dos compañeros, Bernardo y Lorena, por cuestiones externas no pudieron concluir este trayecto. No obstante, su ausencia hoy es también presencia, y en este acto les recordamos con respeto y afecto.
Hoy, once mujeres culminan este recorrido. Entre ustedes, (Inés, Fernanda, Astrid, Marisol, y Nayeli), encarnan la figura de la “madre universitaria”: mujeres que han aprendido a escribir una tesis con un niño en brazos, a preparar clases mientras ayudaban con las tareas de sus hijos, a dividirse entre la crianza, la docencia y la vida académica.
Pero esta generación hizo algo todavía más complejo: combinó el rigor de un posgrado con la exigencia diaria de ser maestras. No es poca cosa preparar una planeación didáctica al mismo tiempo que se estudia teoría pedagógica a nivel de maestría; llegar a casa después de una intensa jornada escolar para enfrentar lecturas, ensayos, proyectos, investigaciones. Cada día, entonces, fue un acto de sacrificio y organización, y cada logro es doblemente valioso por ello. Mi absoluto respeto y admiración.
Más aún, todas ustedes lo realizaron en un país donde ser docente de educación básica es, muchas veces, ejercer en condiciones precarizadas y lo que podríamos llamar una “orfandad institucional” cuando la violencia toca la puerta de la escuela. Los resultados de nuestro estudio (“Retos del quehacer docente frente a la industria cultural del narcoentretenimiento”) han arrojado que, en la mayoría de las comunidades, la presencia o la amenaza de los grupos delincuenciales (“La Plaza”) no es una historia lejana, sino una realidad que genera miedo y silencio, y frente a la cual el respaldo institucional suele ser insuficiente, inexistente, e incluso adverso.
En este contexto marcado por la llamada “guerra contra el narcotráfico” —con sus homicidios, desapariciones y la seducción cultural del narcotráfico hacia niñas, niños y jóvenes—, la labor docente adquiere un carácter profundamente ético, político y social. Estudiar ya no es percibido por todos como garantía de movilidad social, y la escuela compite con mensajes que prometen éxito rápido sin estudio ni esfuerzo.
Pero ustedes, queridas graduadas, han elegido otro camino (el más duro, el más difícil): el de ser agentes de posibilidad en tiempos de crisis. Su trabajo no solo enseña a leer y escribir; enseña a imaginar. No solo transmite contenidos; cultiva horizontes de posibilidad. Ustedes resisten no con armas, sino con palabras; no con miedo, sino con el ejemplo; no desde la imposición, sino desde el compromiso humano. Y eso de suyo es magnanimo.
Hoy las reconocemos no solo como maestras en el sentido académico, sino como guardianas de la esperanza. Porque en un país que atraviesa una noche larga, la educación básica que ustedes encarnan sigue siendo una de las pocas luces encendidas.
Que este diploma sea no solo un reconocimiento, sino un recordatorio de la misión que han elegido y de la fuerza con la que pueden sostenerla.
Felicidades, generación 2023-2025.
*Doctor en Ciencias. Profesor-investigador del CUTonalá y la Universidad Pedagógica Nacional Unidad 141 Guadalajara. ismael.torres4336@academicos.udg.mx https://orcid.org/0000-0002-4061-4977