Conversar para educar

 In Miguel Bazdresch Parada

Miguel Bazdresch Parada*

Educar para aprender el conocimiento y la sabiduría vigente en cada momento o época de la historia es el centro del esfuerzo educativo de personas, grupos e instituciones de diversa índole. La familia con sus comportamientos cotidianos transmite los mensajes educativos a los miembros recientes de esa familia. En esos mensajes están las maneras usuales de esa familia. Las maneras de mesa, las maneras del trato entre los miembros, las maneras de comportamiento fuera de la casa y en las relaciones con personas no familiares y otras más. Los grupos que forman los niños y niñas con los vecinos de su misma edad comunican las conductas sociales principales: los nombres de las personas para reconocerlas, llamarlas y recordarlas. Las maneras de jugar y de construir los diferentes juegos. Ahí se aprende a cómo el género implica permisos y prohibiciones para jugar ciertos juegos, hablar de cierta forma y participar o no en la decisiones ya sea del juego, del cómo se da trato entre ellos y cómo cada miembro de esos grupos tiene o no voz para proponer y disponer.
Así, en general los niños y niñas llegan a la escuela con una cultura específica fruto de sus relaciones vividas en la vida previa. Algunos modos de comportarse, de hablar y de vestir son adecuados para la vida escolar y otros no. Se aprende a que los lugares sociales tienen sus propias maneras para realizar tareas, para hablar o no con otros y otras personas, aparece el respeto a los maestros, a la autoridad docente y también a los compañeros. Se produce una nueva “capa” de socialización con la cual se aprende cómo transitar por las instituciones y distinguirlas según su índole. En la escuela hay ciertas reglas. En la iglesia otras. En los comercios otras más, y no se diga en el parque, en la calle, en los transportes públicos, en los restaurantes y en los lugares de diversión.
La educación y su fruto, el aprendizaje, es variado, útil para unos lugares, inútil y aun prohibido en otros. Premiado cuando se usa según cierto canon. Exigido para ciertos fines. Y, es de lamentarse, cuando es despreciado porque a algunos les parece equivocado o no les parece de acuerdo con sus ideas. Cualquier aprendizaje, el cual, por ocurrir en la mente de alguna persona, es digno de atenderse. ¿Y si está equivocado según la ciencia o la técnica o por lo ya demostrado en los libros? Pues más y más conversación para realizar un proceso atento, digno y a la vez certero de ayudar a quien pensamos está equivocado a descubrir por sí mismo el error o la equivocación de su aprendizaje inicial. Desde luego un profesor sumergido en lo convencional, no quiere “perder el tiempo” en hacer esas conversaciones. Le basta recurrir a la autoridad que representa para zanjar el asunto. Y, por consecuencia, desanimar al aprendiz quien pensará, para qué mi esfuerzo de pensar por mí mismo si al final el maestro siempre gana.
Educar, la educación, es un proceso complejo. Demanda, más que muchas otras acciones, el cuidado, ese modo de atender al aprendiz para comprender lo que hace cuando intenta aprender y dar cuenta de ese aprendizaje. Y sí, es un modo suave, sin prisa, con escucha activa y al conversar, con un sentimiento de acompañamiento y colaboración interesada en lograr que el aprendiz lo logre por sí mismo. Bueno. Quizá escribo desde un mal sueño.

*Doctor en Filosofía de la educación. Profesor emérito del Instituto Superior de Estudios Superiores de Occidente (ITESO). mbazdres@iteso.mx

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