¿Y el sentido de la vida?: la pérdida del ser

 In Marco Antonio González

Marco Antonio González Villa*

El interesante libro de Viktor Frankl, El hombre en busca de sentido, escrito con base a su experiencia de vida durante la Segunda Guerra Mundial, de la que fue un sobreviviente, y que dio origen a un modelo terapéutico conocido como Logoterapia, hoy parece esfumarse y perderse entre los diferentes sinsentidos de la vida cotidiana.
¿Cuál es el sentido de la vida? Es una pregunta que se han plantado muchos a lo largo de la historia y que ha arrojado diferentes respuestas, tales como ¿el eudemonismo?, ¿el hedonismo?, ¿el amor al prójimo para alcanzar el cielo?, ¿ser completamente libres?, ¿ser feliz?, cada filósofo buscaba dar argumentos que justificaran y validaran su opinión o la opción que nos brindaba, teniendo de fondo una propuesta epistemológica y una idea del ser concreta, que no necesariamente coincide con la postura de los demás.
Pero lejos de estas disertaciones y pensamientos filosóficos, hoy en día se observa una suerte de banalización del sentido de vida que deja mal paradas a las nuevas generaciones, por lo frágiles y riesgosas, desde un punto de vista psicológico, que resultan las alternativas posibles: la fama y/o el logro.
La primera puede implicar degradación, pérdida de dignidad, pasar por encima de los demás o, incluso, atentar o afectar voluntariamente la vida de otras personas, como hemos visto en las últimas semanas. El logro, por su parte, parece ceñirse solamente a criterios económicos, por lo que, de no contar con mucha solvencia, se habrá fracasado en la meta.
Surge entonces una pregunta que, por cronología, antecede a la primera planteada: ¿cómo se construye un sentido de vida? Es un hecho que se ponen en juego diferentes factores ontológicos, socioculturales, volitivos, entre otros, que van configurando en lo individual una perspectiva particular. Sin embargo, pese a tener un sentido único y personal, la familia, las figuras parentales principalmente, y en ocasiones la escuela, abonan en esta construcción.
Así, el creciente abandono parental, físico o psicológico, tergiversan y trastocan cualquier sentido que se construya. De igual manera, centrar todos los esfuerzos parentales para dar lo mejor a hijos e hijas, sigue teniendo de fondo un sentido económico que puede ser malentendido o mal inculcado; en ese mismo sentido, la promesa de la escuela de aspirar a una mejor vida, alimentada ahora también con sus proyectos de emprendimiento, mantienen la idea de que lo económico no es importante, sino lo único en la vida.
¿Y dónde queda ese ser que se lee en Spinoza, en Kant, en Ricouer o Levinas, o en el mismo cristianismo?, ¿dónde quedan los ideales implícitos en el amor al prójimo y la vida en comunidad? No hay, no existen, y la escuela poco hace por rescatar a este ser que mutuamente, dialécticamente, éticamente, mantiene una relación con otro, con otros, que debería estar por encima de cualquier sentido banal. Para colmo, cada vez se le deja más solo a ese ser estudiante que, no respaldado sino aislado por la ley, se le deja que decida por sí mismo su vida, alejándolo de los demás, para que logre su “individualidad”, sin posibilidad de tener puntos de encuentro con el diferente.
Es tiempo entonces de que la escuela recupere a cada ser, que busque el encuentro y no la diferencia, que ayudemos a construir un sentido de vida de carácter social, no individual ¿tienen sentido mis palabras? Yo creo que sí.

*Doctor en Educación. Profesor de la Facultad de Estudios Superiores Iztacala. antonio.gonzalez@ired.unam.mx

Comments
  • Graciela Bravo

    El sentido de la vida se encuentra en la relación con “otro’, sea compañero, familiar, amigo y otro de humano, pero las tecnologías y el l ritmo de vida nos han llevado a dar prioridad a lo material o económico, si no tienes un buen carro, o usas ropas caras y/o de marca no eres exitoso, yo creo que sí tienen sentido sus palabras, debemos apostar más al carácter social en la escuela, familia y en todos los ámbitos

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