20, 40, 60, 80…
Luis Rodolfo Morán Quiroz*
Cuentan que Dios y el diablo estaban reunidos y contemplaban a un niño recién nacido. Uno de ellos propuso que lo educaran entre los dos, para que tuviera claras las burdas diferencias y las sutiles semejanzas entre lo bueno y lo malo, lo deseable y lo deleznable, lo productivo y lo destructivo. Declaró el diablo: “Tú empiezas y luego seguiré yo”. Bien. A los diez años te encargarás de tu parte”, se comprometió Dios. Naaa. Es muy pronto. Tengo otras cosas que hacer. Pásame la tarea cuando cumpla doce, ya que termine la secundaria. A partir de entonces dejaremos que pierda la inocencia. Y me encargaré hasta los veinte años. Después, será cuestión de que se emancipe y aprenda solo”, respondió el diablo. Las versiones acerca del desenlace de esa historia son contradictorias. Hay algunas que señalan el argumento de que todos los niños son buenos, mientras que hay otras que enfatizan que en realidad ese niño se inclinó más hacia el tipo de historia como la que cuenta la austriaca premio Nobel de Literatura de 2004, Elfriede Jelinek (nacida en 1946), en Los excluidos.
Fábulas y mitos acerca de la evolución de los humanos hay en diversas tradiciones culturales. Algunas historias, como la muy esquemática pregunta de la esfinge a Edipo, sintetizan estas etapas de nuestras vidas: “¿Qué ser, provisto de una sola voz, camina primero por la mañana sobre cuatro patas, después al mediodía sobre dos y finalmente al atardecer sobre tres?”. Las descripciones, elucubraciones y pesquisas acerca del desarrollo humano y las que pretenden alargar la vida y mejorar su calidad son abundantes. Lo que resalta es que siempre es corta la vida para tanto que hay que aprender: ars longa, vita brevis. Los humanos hemos recurrido, para mejorar los aprendizajes y, con un poco de esperanza, para aprovechar lo aprendido en cabeza ajena, a la tradición: la persona experimentada enseña a la persona novata. Las advertencias a los jóvenes suelen basarse en la experiencia de los veteranos. Pasará esto y tú deberás hacer esto mientras evitas meter la pata con esto. De tal modo que, aun antes de que el epistemólogo del desarrollo/psicólogo evolutivo Jean Piaget (1896-1980) las describiera, los humanos crearon oportunidades y espacios de aprendizaje para los recién llegados. Los estadios sensoriomotor, preoperacional y de las operaciones concretas se recorren antes de llegar al de las operaciones formales del pensamiento abstracto, más o menos cuando, según la historia con la que abro este texto, el diablo comienza a hacerse cargo del aprendiz (https://psicologiaymente.com/desarrollo/teoria-del-aprendizaje-piaget).
Tomando en cuenta la relación que tenemos con la escuela y las instituciones, podemos pensar en etapas definidas por aprendizajes y experiencias en ese breve ratito que duran nuestros años de vida. Todavía menos dura nuestro “uso de razón” y nuestros años de emancipación y autonomía. En nuestra sociedad, los años de dependencia de la familia tienden a prolongarse, en parte porque existen los recursos, en parte porque no estamos muy seguros de que los aprendices podrán resolver los problemas antes de los veinte años. De modo que a los treinta años tan sólo la mitad de la población está empleada y, de quienes carecen de empleo, casi la totalidad no está disponible para trabajar el 85.9% (https://www.inegi.org.mx/contenidos/saladeprensa/aproposito/2025/EAP_Juventud.pdf). Por más que se ha luchado y se han establecido políticas, las capacidades de una vida independiente son muy diferentes para hombres y para mujeres. Por lo que, en muchos casos, las dependencias de la familia original o de matrimonio pueden ser una carga importante. En gran medida, la obligación explícita o implícita de las mujeres de hacerse cargo de las tareas del hogar y del cuidado de los demás miembros de la familia se convierte en un diferenciador por género en las sociedades latinoamericanas (https://www.cepal.org/es/publicaciones/81441-la-agenda-2030-desarrollo-sostenible-la-agenda-regional-genero-america-latina). Como señala la Comisión Económica para América Latina (CEPAL): Las múltiples crisis y las trampas del desarrollo refuerzan los nudos estructurales de la desigualdad de género que es necesario enfrentar: la desigualdad socioeconómica y la pobreza; los patrones culturales patriarcales, discriminatorios y violentos y la cultura del privilegio; la división sexual del trabajo y la injusta organización social del cuidado, y la concentración del poder y las relaciones de jerarquía en el ámbito público. De tal manera que las oportunidades de las mujeres a los veinte años son ya bastante menores que las que se ofrecen o se exige cumplir a los hombres.
Por otra parte, las oportunidades de las personas a los veinte, cuarenta, sesenta u ochenta años son muy distintas en la actualidad de lo que fueron hace algunas décadas. Según muestran datos recientes, la esperanza de vida se ha duplicado durante los últimos cien años en algunos países como Japón y Corea, y es importante destacar que los países que gastan más en atención sanitaria tienden a tener una esperanza de vida media más alta, hasta llegar a los 80 años (https://www.visualcapitalist.com/cp/charted-breaking-down-global-life-expectancy-trends/) y (https://saludbydiaz.com/2025/03/31/evolucion-de-la-esperanza-de-vida-en-el-siglo-xxi/). De modo que, en muchas partes del mundo, las personas están obligadas a desarrollar muchas de sus potencialidades a temprana edad, o ya no tendrán tiempo, salud u oportunidades para lograrlo.
Como ya sabemos, “No es lo mismo”, aludían quienes tenían noticia de Alejandro Dumas, “Los tres mosqueteros que Veinte años después“, pues las potencialidades de nuestras infancias se multiplican para cuando llegamos a los veinte años de edad; se abre un amplio abanico de oportunidades, muchas asociadas al ingreso al mundo laboral y a la educación superior; además, para cuando llegamos a los cuarenta, muchas de esas opciones comienzan a cerrarse: no será tan fácil acceder a empleos o educación si el currículum no da señales de promesas por cumplir a partir de las ya cumplidas para entonces. En todo caso, aunque algunos informes no distinguen con mayor detalle respecto a las edades de ocupación (15 a 24 y mayores de 25 años es el dato para la Organización Mundial del Trabajo: (https://www.ilo.org/sites/default/files/2026-07/Tendencias%20del%20mercado%20laboral%20en%20América%20Latina%20y%20el%20Caribe%202026.pdf), es claro que los jóvenes no acceden a un empleo, sea informal o formal, con la misma regularidad que los adultos. Por otra parte, respecto a los empleos para mayores de sesenta y hasta ochenta años de edad, según reporta el Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática (INEGI) en 2022 en su comunicado 568/22, el 70% de las personas adultas mayores de sesenta años trabajaba en el sector informal, lo que se ubicó por encima de la tasa para toda la población mayor de 15 años en 2026 (55%). Desafortunadamente, los datos para 2026 no informan acerca de la duración de la desocupación por grupos de edad y la información señala el porcentaje de determinadas edades respecto a la población desocupada (https://www.inegi.org.mx/contenidos/saladeprensa/boletines/2026/iooe/IOE2026_07.pdf). Por lo que el aumento de 1.2% en la población desocupada de 65 años y más en México refiere únicamente a aquellas personas que ya estaban desocupadas y no a la desocupación proporcional en cada grupo de edad.
En cada una de estas etapas de dos décadas (0-19, 20-39, 40-59, 60-79, 80 y más años), las condiciones y las relaciones con la escuela, el trabajo, la familia, los proyectos de pareja y de vida, las posibilidades de uso del cuerpo, de explayar nuestra creatividad y de lograr la serenidad están marcadas por hitos en donde se relacionan los límites sociales y los biológicos. Entre esos hitos se señalan algunos límites explícitos como el de “vivir hasta los 80 años y ya, porque luego te envicias”, según cita Eduardo Galeano en alguno de sus libros (http://resistir.info/livros/galeano_bocas.pdf) o el de sólo emplear a personas entre 18 y 45 años de edad. Hay algunas personas que no tienen límites y, al igual que con la costumbre que tenemos de quitarnos la edad, hay quien se la aumenta, como algunos “cachirules” que juegan futbol o participan en algunas actividades fuera del rango de edad reglamentaria. Es el caso de algunas personas longevas que se cuelgan la medalla de haber vivido más y mejor de lo que en realidad sucedió. Como señala Saul Justin Newman en Morbid: Debunking Modern Longevity Science: algunas de las personas premiadas o reconocidas por su avanzada edad simplemente no tenían sus documentos ordenados y se autoasignaron una edad que los hacía lucir más juveniles que aquellos a cuya cohorte se asignaron. Si hay quien quiere hacerse pasar por más joven, para no asustar o para no atraer a las pretendidas parejas, hay quienes adelantan el calendario para salir pronto de la época de las preocupaciones del empleo “obligatorio” por las convenciones del entorno.
Si entre los veinte y los cuarenta solemos estar en nuestros años más productivos, hay quienes estiran esa etapa de vida hasta los sesenta y, algunos más allá, al menos hasta los ochenta. Cabe resaltar el caso de John B. Goodenough, el más longevo en obtener el premio Nobel a los 97 años de una vida poco afortunada (https://www.latercera.com/tendencias/noticia/la-historia-del-nobel-mas-viejo/865860/), seguido por Arthur Ashkin, quien lo obtuvo a los 96 años (https://es.wikipedia.org/wiki/Arthur_Ashkin). Hay algunas personas a las que no les importa si les darán premios por ser longevas ni tampoco se apresuran a jubilarse tras haber superado algunas etapas difíciles de la vida, como Harrison Ford, Jane Fonda y Sofía Loren. Hay algunos que hubiéramos preferido que se retiraran pronto de la vida pública y que dejaran de producir noticias malas y desaguisados, como el actual presidente de Estados Unidos, o el que fuera famoso como alcalde de Nueva York e infame como abogado y chivo expiatorio de ese mismo presidente, Rudolph Giuliani (nacido en 1944). Por cierto, Giuliani era todavía alcalde cuando se suscitaron los ataques a las Torres Gemelas, el 11 de septiembre de hace un cuarto de siglo este año.
Solemos prejuiciar a las personas según la edad que aparentan y las clasificamos como niños, jóvenes, adultos, ancianos y asumimos que cuentan con una preparación, una flexibilidad o una creatividad que está más en nuestras prenociones que en sus capacidades y habilidades. Según muestra esta revisión de algunas investigaciones (https://www.papelesdelpsicologo.es/pdf/2901.pdf), resulta cuestionable que la creatividad, la flexibilidad o la capacidad de aprender habilidades nuevas disminuyan con la vejez; así como tampoco podemos asumir que la juventud será garantía de apertura al aprendizaje. Hay quienes señalan que existe una “crisis de la mediana edad”, que algunos sitúan entre los 30 y los 50 años, aunque otros la ubican hacia las décadas entre los 40 y los 60 años. “¡¿Qué he hecho con mi vida?!” es la pregunta que se plantean algunos en esta etapa, al ver que no se han cosechado tantos éxitos profesionales, familiares, afectivos, económicos, como se esperaba, o al cuestionar el camino por el que se ha transitado y el rumbo al que se dirigen. A diferencia de personas que han trascendido los sesenta años y perciben como consolidados muchos de sus proyectos y aspiraciones. Para los mayores de treinta años, el país más feliz del mundo es Lituania, mientras que para los mayores de sesenta es Dinamarca. Según este informe proveniente de la Universidad de Oxford, la gente en este planeta es menos feliz que hace quince años y en ese periodo nos hemos vuelto más dependientes de los medios digitales de comunicación (https://www.worldhappiness.report). No obstante, habremos de considerar que nuestras evaluaciones se ven afectadas por los contextos: quizá hemos olvidado algunos momentos difíciles y algunos satisfactorios; quizá estamos más agradecidos por algo que nos sucedió tras haber transcurrido un tiempo; y habrá variables que afecten nuestra percepción según el contexto social y afectivo en que estemos situados, como afirman Alberto Prati y Claudia Senik (2026) en el Journal of Public Economics, vol. 257: “Is it possible to raise national happiness?”.
*Doctor en Ciencias Sociales. Profesor del Departamento de Sociología de la Universidad de Guadalajara. rmoranq@gmail.com