Deschatarrización

 en Rubén Zatarain

Rubén Zatarain Mendoza*

La norma que impacta la expedición de alimentos en las escuelas entró en vigor el 29 de marzo.
De la norma al hecho hay mucho trecho.
Hay productos prohibidos establecidos en un listado; esperemos que, en el marco de la neurolingüística del comportamiento infantil, lo prohibido no sea lo más deseado.
Hay una larga cultura familiar y escolar sedimentada por tradiciones y por el impacto de la propaganda en los consumos pseudoalimentarios que desactivar.
Quitar de la totalidad de las escuelas la oferta de comida chatarra llevará tiempo.
Educar a las niñas, niños y adolescentes en una nueva forma de consumo y fortalecer la incorporación de alimentos saludables a su dieta será un proceso lento y gradual.
Hay duda pedagógica si la prohibición es el camino para llegar al propósito. En edades como la adolescencia hay un impulso natural a la rebelión a toda forma impositiva de autoridad.
Mucho trabajo habrá que hacer de convencimiento para que de manera autónoma los educandos tomen buenas decisiones. Confiemos en su educabilidad.
Habrá un largo paréntesis de apropiación y práctica de lo que dispone la norma en materia de expedición de alimentos en las escuelas.
Es previsible un comportamiento social de evasión y de ocultamiento, de introducción eventualmente externa de aquellos alimentos prohibidos.
El adentro y el afuera de la escuela tendrán que trabajar de manera coordinada y sincrónica.
La perspectiva curricular de vida saludable y de prevención es un buen avance; la formación de buenos hábitos llevará horas de esfuerzo conjunto.
La resistencia mayor vendrá de la cultura familiar y comunitaria.
Las tiendas de abarrotes, las tiendas de autoservicio y conveniencia tienen a primera vista los refrigeradores y las frituras, las galletas y panes comerciales. La dictadura de las golosinas y el dulce omnipresente.
En los frentes y periferia de las escuelas hay vendedores de la vía pública a los que tal vez no sea posible regular.
Se espera una lucha larga y una transformación progresiva de los hábitos, pero ahora la coyuntura para emprender el cambio es favorable.
Por parte de las maestras y los maestros, la reeducación de los hábitos consumistas y la elección emergente de los consumibles tendrán que modificarse.
Muchos docentes tendrán que trabajar en su propio cambio, pues provienen de una cultura de poco control de sus consumos; provienen de una cultura de manipulación de empresas poderosas como Marinela, Bimbo, Sabritas, Barcel, Coca Cola, Pepsi Cola, Nestlé, Holanda, por mencionar algunas.
Si queremos acompañar el cambio y generar aprendizajes vicarios, el cambio debe ser sincrónico en nosotros mismos.
Dentro de la oferta de alimentos chatarra en las escuelas, tal vez el producto objetivo deban ser primero las bebidas embotelladas, particularmente los refrescos.
El país entero ha sido muy sensible a las formas de mercadotecnia de productos como la Coca-Cola.
Una primera meta tal vez sería enfocar hacia la concientización del impacto que tiene en la salud el consumo permanente de azúcares y el riesgo temprano de adquisición de adicciones por el consumo de sustancias como la cafeína, presente en esta bebida.
Es preocupante la manera como, familiar y socialmente, se naturaliza el consumo de esta bebida en las mesas del hogar desde la temprana infancia.
La cantidad millonaria en litros que se consumen todos los días y las ganancias a esta empresa internacional son indicadores de una problemática que no debería enorgullecer a nadie.
La escuela, dentro de su extensa agenda formativa, ha de buscar maneras de reeducar a los niños, niñas y adolescentes por distintos medios, con estrategias diversificadas.
La tarea no es sencilla.
En la sociedad de consumo que circunda en el contexto, hay que enfrentar el avasallamiento de la publicidad sutil o manifiesta.
Pequeñas metas como la de recuperar las canchas deportivas y los espacios cívicos de toda pinta y formas de propaganda en lonas y láminas pueden ser una campaña inmediata.
Reeducar a las madres y padres de familia para que cuando preparen y acomoden los lonches eviten este tipo de productos.
Otra alternativa será acentuar las medidas de supervisión para que se revisen acuerdos y convenios de algunas mesas directivas de padres de familia o de directivos que han suscrito con las gerencias regionales de las compañías refresqueras contratos para proveer de refrescos a las escuelas con comisiones favorables o con prestaciones como mobiliario o excedentes de producto sin contabilidad.
La lucha por cambiar los hábitos de consumo será titánica y, si no se enfrenta en varios frentes, puede fracasar.
Qué bueno que en este objetivo van juntas la Secretaría de Educación Pública y la Secretaría de Salud.
Mucho mejor será que se sumen las comunidades y los colectivos de maestros y maestras en las dimensiones de aula y escuela y pasen de un primer nivel de información a un segundo nivel de práctica responsable de individuos y grupos.
Las nuevas generaciones requieren visionar y formar los hábitos alimentarios de una manera más informada y consciente.
La salud de nuestra infancia, adolescencia y juventud no es un tema menor.
Los medios didácticos habrán de construirse con las coordenadas de cada estadio de edad.
Decir las cosas y presentar información no será suficiente. La modificación de un hábito que tiene componentes físicos, psicológicos y sociales es un asunto que requiere rigor y método.
No basta informar sobre los riesgos de salud para hacer que las personas modifiquen comportamientos.
Ahí están las múltiples campañas de prevención del tabaquismo y consumo de alcohol. Su limitado impacto para hacer que las personas cambien.
Habrá que repensar el método de comunicación y confiar en la autonomía responsable y el pensamiento crítico de los educandos de las instituciones de educación básica.
Deschatarrizar los Comités de Atención y Servicios puede ser la vía más inmediata, aunque de aquí emanan recursos necesarios para el mantenimiento de las escuelas; formar al consumidor responsable que concientice acerca del impacto que tiene en la salud el tipo de alimentos que se consumen será más lento y su garantía de éxito estará condicionada por la consistencia de los procesos formativos.
A veces, contra viento y marea, contra la resistencia inevitable de aquellos que no están dispuestos a cambiar los hábitos que los dañan, la deschatarrización de malos alimentos en los entornos escolares va.

*Doctor en Educación. Profesor normalista de educación básica. [email protected]

Comentarios
  • Griselda Gómez de la Torre
    Responder

    Al respecto, se requiere de una misión educativa para cambiar la cultura alimentaria de nuestra población a través de la educación.
    Tal vez una estrategia que funcione será la implementada por Paulo Freire: La palabra liberadora,
    Desarrollar tácticas y estrategias metodológicas didácticas que a través del proceso de reflexión – acción – transformación, puedan mover la conciencias de todas y todos como sociedad , la tarea no es mejor, este llamamiento al cambio de nuestros estilos de vida, son una apuesta misionaría a favor de generaciones sanas para una vida plena y libre .
    Bienvenido el desafío, ahora a sumar voluntades por el bien de la salud y la calidad de vida de nuestras generaciones actuales y las venideras.
    Agradezco el espacio de reflexión a través de la palabra y la temática como reflexión en el ser y estar como docente de educación básica
    Muchas gracias

Deja un comentario

Escriba su búsqueda y presione ENTER para buscar