Estudios sociológicos
Jaime Navarro Saras*
Eran los tiempos del final de la adolescencia, entre los 16 y 18 años, de esos días en que no se tenían actividades escolares o laborales. En esa época, todos los caminos llevaban al centro de la ciudad a la búsqueda de algún cine para ver los estrenos o alguna película llamativa. Los cines de entonces se ubicaban por la Calzada Independencia, las avenidas Javier Mina-Juárez-Vallarta, 16 de Septiembre, Federalismo, Tolsá y De la Paz; también iniciaban los primeros intentos de la Organización Ramírez con las salas dobles o triples de las Plazas del Sol, Las Torres y La Normal, además de los cines de algunas colonias fuera del centro como El Latino, El Roble, El Azteca, El Ideal, El Tonallan y El Rex, entre otros.
En esa ocasión, la elección se centró en el Cine Colonial, que se encontraba ubicado en la calle Gómez Farías, a unas cuadras de la Calzada Independencia hacia el oriente; el Colonial tenía buena ubicación porque un solo camión (de la famosa línea Fiebre Amarilla) me llevaba desde la colonia del Fresno. Ese lugar, también conocido como la zona roja, debido a que durante mucho tiempo estuvo lleno de cantinas, bares, salones de baile, cabarets y centros nocturnos, a los cuales coloquialmente les decían bules, los cuales funcionaban por la noche y a donde se acudía a bailar, tomar alcohol, cervezas y contratar servicios sexuales. Los más famosos se ubicaban en las calles Gigantes y Obregón; los nombres de dichos lugares aún quedan en la memoria de la población masculina mayor de sesenta años o más. Entre otros se encontraban El Tarara, El 1-2-3, El Sarape, París de noche, Luna de miel, El Can-Can, El Nopal, El Monterrey, Zombie Club, El Sandy, El Copacabana y La Macarena, entre otros. Dicha zona de tolerancia funcionó como tal hasta marzo de 1982 gracias a un decreto del gobernador Flavio Romero de Velasco mediante la ley contra el lenocinio.
En dicha ocasión, el Colonial proyectaba 2 películas, las cuales eran para mayores de 18 años, clasificación C. Esa clasificación la determinaba la Secretaría de Gobernación desde la Dirección de Radio, Televisión y Cinematografía (RTE); a partir de 1977, antes de ello, simple y sencillamente se censuraban. El cine mexicano de cabareteras estaba de moda y actrices como Sasha Montenegro, Lin May, Isela Vega, Rosy Mendoza y Angélica Chain, entre otras, eran las imágenes para los adolescentes que se iniciaban en el descubrimiento de la sexualidad.
El ritual para entrar al cine implicaba hacer una fila y poner cara de adulto para que te pudieran vender el boleto, siete pesos luneta y cuatro en balcón, después entrar a oscuras y encontrar el mejor lugar. La película se proyectaba completa y se hacía un intermedio al final de 10 o 15 minutos para comprar palomitas, refrescos, lonches o tostadas; algunos llevaban comida y botana de su casa o la calle; en ese tiempo estaba permitido. Durante la película se escuchaban gritos y bromas acerca de los personajes o las escenas; cuando salía Sasha Montenegro, nunca faltaban frases como ¡mamacita!, ¡está mejor que mi vieja!, ¡con ella sí me casaba!, y cosas por el estilo.
Una vez que terminó la primera película y prendieron la luz en el intermedio, cuál fue mi sorpresa que al voltear hacia mi derecha me encontré con una cara conocida; era Mario, mi compañero del bachillerato. Entre pena y el no saber qué decir, le pregunté: ¿Qué andas haciendo? Vine a hacer una tarea para la materia de sociología, a lo cual le dije: ¡Yo también! Fueron las preguntas y respuestas más obvias para una situación simple, pero a su vez compleja expresada por unos chamacos calenturientos lo explicaran con simpleza, cuando lo fácil hubiera sido: Vine a ver los desnudos de Sasha Montenegro y Angélica Chain.
La educación sexual o el despertar sexual, en el caso de los que vivimos en el mundo de las últimas décadas del siglo XX, venía de los miedos y prohibiciones impuestos por la moral de la Iglesia católica, además de la censura gubernamental para los contenidos del cine, la televisión y la literatura. De una u otra manera, cada quien se las arregló para entender y practicar el tema de la sexualidad. Lo cierto es que hoy en día dichos contenidos están a la mano en las plataformas y hasta en la televisión comercial. Cualquiera de los contenidos presentados hoy, en las décadas de los 60, 70 y 80 del siglo pasado, no hubiera pasado la censura y, de haberlo hecho, esos adolescentes no hubieran ido al cine con la excusa de hacer una tarea de sociología, sino que hubieran idealizado a actrices como Sydney Sweeney, Zendaya, Dakota Johnson y, en el cine nacional, a Patricia Llaca, Ana Claudia Talancón, Salma Hayek, Irene Azuela y otras tantas que suelen presentar desnudos y escenas eróticas que hoy se proyectan sin más. Sea como sea, nunca le pregunté a Mario cuánto sacó de calificación por la tarea y si es que esta le dejó algún aprendizaje más allá de ver totalmente desnuda a Sasha Montenegro, siendo sólo una simple actriz y no la futura esposa del presidente que empezó la crisis económica de nuestro país, José López Portillo.
*Editor de la Revista Educ@rnos. jaimenavs@hotmail.com
Me comentó un estudiante que su padre le pasó un ejemplar del Libro Vaquero para que supiera de sexualidad. Fue lo más científico que pudo conseguir en esta metrópoli con un clero sexofóbico