Juego
Rubén Zatarain Mendoza*
El museo particular y la colección de objetos asociados a recuerdos son estímulos tangibles facilitadores de los viajes al pasado inmediato o lejano tan característicos de muchas personalidades. Hay una especie de fetichismo emocional, romantización y/o negación de la mirada sobre el pasado.
Los juegos simbólicos de adultos se enraízan más o menos en la lejana o cercana infancia.
Reminiscencia de la niñez, “la edad del pendejo”, decía erróneamente el padre de un amigo (futuro maestro); cada objeto, cada cosa, evoca un momento importante en la historia personal.
Como aquellos niños que en sus bolsillos guardaban canicas, piedras, conchitas y otros objetos, o como aquellas niñas que en sus bolsas o cajas afinaban sus aptitudes organizadoras del guardarropa de sus muñecas. Era la primera etapa del potencial clasificador y organizador.
Los jóvenes adultos de hoy, de distintas edades y variedad de personalidades, coleccionan, desde distintos poderes adquisitivos y focos de interés, pósters, discos, ropa, zapatos, joyas, libros, tarjetas postales, recuerdos de viajes u otros afiches sofisticados y caros.
Cada quien su hambre ha de tener, cada quien sus limitaciones de ser.
El niño que fue y se fue, lo que quedó en impronta, los olvidos por salud mental.
Los bolsillos a veces rotos que guardaron frutos de almendras, cacahuates, semillas de calabaza, guásimas, pepitas de coquito de aceite y coyules, ciruelas rojas, amarillas y yoyomas, frutillos, agualamas, dátiles, guayabas rosas, blancas y amarillas, guayabas verdes, sazonas y maduras, mangos, obos, trozos de palmito, pedazos de elote asado sin terminar, balines y bujías de desecho.
El niño y la niña coleccionistas: la magia de entender su lenguaje y prioridades. La elección de sus juegos, de los amigos y amigas, la puesta en común de ideas y desencuentros primeros, esos que en la expresión corporal y facial, en el uso del lenguaje oral y en chimacamientos pagan la primera factura del egocentrismo típico de las primeras relaciones humanas y sociales.
Lo mío y lo tuyo como islas y coordenadas de la comunicación y comportamiento infantil, la primera de las hipótesis de lo que en el futuro será la personalidad y el carácter del comportamiento de un adulto.
En los bolsillos de mis sencillos pantalones reciclados y shorts, regresados a la vida por manos maternas costureras, hábiles y amorosas, se alojaban durante un tiempo de contabilidad inexacta las valiosas pichas (canicas) cuya circunferencia tantas veces acaricié.
Era un gusto compartido con los compas; la necesidad de comparar y desear las canicas ajenas era inherente a ser niño.
Afortunadamente, había variedad de juegos donde pulías habilidades de psicomotricidad fina y donde en buena lid apostabas tu patrimonio caniquil en juegos colectivos o de uno contra uno.
Un juego muy practicado era entonces lo que se llamaba en la calle polvosa del pueblo como “Pido”. Era una fiesta de colores, de canicas cristalinas y cónsules, a veces hasta de alguna moneda en el centro donde se concentraba el capital en disputa. Hacerte ganador o competente era un largo proceso de práctica y derrotas.
El pueblo y Guadalajara de los setenta, qué raro, se jugaba a las canicas (pichas) por acá.
A veces los competidores no aceptaban las canicas muy roñosas o excluían a algún competidor de habilidades destacadas o de mañas muy conocidas.
Poseer canicas era la primera lección de acaparamiento y capitalismo incipiente; en contadas ocasiones, los bolsillos eran insuficientes para cargar el guato acumulado en un buen día y entonces, en una vieja botella de vidrio, rellenabas una a una el espacio con tu preciado capital.
El tintineo era música clásica para los oídos del menor dueño. Creo que llegué a poseer unas tres botellas cargadas de canicas de final indefinido; creo que su sonaja arrullaba mis sueños y a veces, estáticas a un lado del catre, acompañaban mi descanso.
Despertar al canto de los gallos, a la luz del naciente sol y tomar la botella llena de canicas fue la felicidad de muchos amaneceres.
Perder canicas era una dolorosa lección de resiliencia y frustración; algunos tal vez derramamos algunas lagrimillas en la derrota, mientras tardaba el manejo del tiempo y el espacio y llegabas a defenderte un poco en la competencia o detectabas a tus “pichones” menos buenos que tú.
En los bolsillos de mis amigos, a veces cargados y otras veces semivacíos, también moraba la valiosa carga de canicas. Era placer compartido mostrar las mejores y, si el caso era propicio, presumir aquellas nuevas adquiridas con el veinte del domingo.
Aunque se valoraba mucho el color de los cónsules y algunas llegaban de otras calles y barrios por reciclado del juego de las damas chinas, eran canicas decorativas y de presunción, pero casi nadie las elegía para el tiro de confianza y sólo se apostaban como último recurso.
Las canicas que juegan y chocan en las palmas de las manos de los niños, las que contemplas como si fuera tu ganado. En los ejercicios de clasificación y la diversificación de afectos, siempre hay una canica o dos consentidas que se conservan. Tu habilidad de observación de aquel sólido tridimensional de vidrio que en su volumen te modela la forma de la tierra, de los planetas, lunas y estrellas. El mundo físico que haces tuyo a través de una canica, el mundo afectivo diversificado que despliegas al descansar en ellas el valor de una posesión tangible y sonante.
En los bolsillos de los niños de mi pueblo también había trompos y yoyos en algunas temporadas. En materia de trompos, la habilidad era otra. Los trompos más valorados eran aquellos “soldaditos”, esos que al bailarlos emitían un zumbido cautivador de los oídos infantiles. Traer un buen trompo “sedita” era menester para la guerra de teco y gaita que sucedía de vez en cuando a reto de los más habilidosos. Los chacazos de castigo al trompo perdedor y la burla consecuente eran el costo humillante para su dueño.
Paco, uno de mis amigos de infancia proveniente de Tepic, con cicatrices de quemaduras de gasolina en los brazos, amigo que permaneció un ciclo escolar en la escuela primaria, era un buen declamador de un poema del libro de Español titulado “Trompo de siete colores” del poeta chileno Alejandro Galaz Jiménez (1905-1938).
“Trompo de siete colores
Mi corazón te recuerda…
Y al contemplarte regresa…
La ruta que el alma inventa,
Para volver a su infancia,
Que se quedó en una aldea”.
Esos trompos de madera de pino muy coloridos no tenían prestigio entre los jugadores de mi barrio. Ahí el valor lo tenían los trompos de palo fierro, amapa negra o de parota.
El juego del yoyo era menos común por ser tal vez más costoso, clasista o de plano menos divertido a la hora de competir. Había niños y jóvenes de habilidad inigualable.
No cabían en los bolsillos, pero ocasionalmente traíamos entre manos algún balero, muchas veces “hechizos” o confeccionados con una lata vieja de leche condensada o leche evaporada, hilaza y un palo de guásima o cuastecomate adaptado.
Las calles polvosas o lodosas del pueblo con algún perro famélico espantador de moscas concentraban palomillas de niños; las niñas rara vez eran vistas, aunque en tiempos vacacionales de verano había juegos colectivos de tarde avanzada donde se participaba sin exclusión de género en todo tipo de juegos organizados con participantes de distintas edades.
Las lecciones inolvidables de inclusión y aceptación eran parte formativa de las habilidades sociales y educación socioemocional extraescolar con las nacientes vaciladas, risas y onomatopeyas que provocaba el emparejamiento ocurrente de alguien.
Por lo que pude observar con mis compañeras de escuela y de juegos, ellas en su proceso de coleccionistas y practicantes del juego tenían otras prioridades. No era emocionante verlas sufrir y a veces acongojarse si no encontraban alguna prenda de sus muñecas. No era emocionante tampoco verlas jugar, definir la mamá y pelearse en sus juegos de las “comiditas” con banquetes de galletas saladas y galletas de animalitos.
Ya como profesor de educación primaria, he de reconocer que es observable que las niñas en general tienen un mayor sentido del orden, disciplina, organización, responsabilidad y transitan más rápido sus estadios y comportamientos infantiles. Las actitudes de infantilismo como característica de maduración diferenciada permanecen más tiempo en los niños; al menos esa es mi percepción.
El juego controlado y acotado en los espacios escolares tiene otro olor a la libertad del juego en las calles y corrales de los hogares.
En los recreos, los niños y niñas de grados superiores relegan a los niños y niñas más débiles al último rincón. La socialización intergeneracional no solamente se romantiza y se asume como tersa. Muchos niños aislados e introvertidos padecen la escuela por ese proceso de integración en libertad donde el niño solitario sufre.
El juego y el aprendizaje de reglas y normas, la inclusión o exclusión entre iguales, la segregación silenciosa que te ubica en tu justo lugar, la igualdad que se convierte solamente en un concepto idealizado.
Ahí en la calle o el espacio de casa donde deviene la práctica lúdica, las risas y saltos, corretizas y escondidas, en los juegos de la “trais”, roña, cinto escondido, el bote, los encantados, los pocitos, salto de cuerda, changai, béisbol, fútbol, entre otros, corre el guion de muchas infancias. Era aquel tiempo en el cual la privación te protegía de pantallas y ciertas inseguridades; era el tiempo en que se deposita afectividad en una mascota, pero casi nunca como animal animista sustituta de la responsabilidad de amor y compañía.
Tiempo aquel de niños coleccionistas, hacedores de su propio fetichismo: la canica favorita, el amado monito para las luchitas, el caballo, el celo y el cuidado extremo de tu balón o pelota y el desastre universal cuando esta se pinchaba, la amada muñeca o trastecitos para muchas compañeritas.
El juego como interés característico del niño y como necesidad del desarrollo físico y psicológico. La calle y el hogar como laboratorio de experimentación de lo que se vive primero y luego es objeto de pensamiento, propuesta de formación inicial de maestros, lo que algunos psicólogos o pedagogos han documentado sistemáticamente, la mirada de Fröebel, Claparède, Montessori, Piaget, Decroly, Vygotski, Wallon, Groos, Chateau, Freire, entre otros.
El juego durante y después de la infancia, la seriedad con la que apuntas un disparo de canica, un penal o bateas para llegar a “home” en el béisbol.
Los actores de aquellos juegos, las risas que permanecen en el recuerdo y el círculo de ronda de una generación tomada de la mano que se ayuda para no caer en el abismo del olvido y el laberinto sin respuesta de quienes somos.
Los juegos de las niñas y niños de ayer, las voces y risas infantiles que cada estación se recrean y reviven.
*Doctor en Educación. Profesor normalista de educación básica. zatarainr@hotmail.com