El paseo

 In Rodolfo Morán Quiroz

Luis Rodolfo Morán Quiroz*

 

En las horas, los días y las noches que siguieron al operativo de captura y asesinato de un notable capo de los negocios de sustancias tóxicas e ilegales en un pueblo mágico jalisciense, el toque de queda autoimpuesto significó que quienes tuvieran que salir por algún asunto perentorio se encontraran con muy pocos vehículos, unas cuantas personas a pie y muy baja frecuencia de paso de las unidades del transporte público. Eventualmente, hubimos de salir. En una de mis primeras salidas en esos días de extremadas precauciones, salí en la noche, en bicicleta, a casa materna. En el tramo que separa mi casa de aquella en la que vive mi progenitora, encontré un solo coche y unas diez personas que paseaban con sus perros. Esa noche no encontré persona alguna que caminara sin su mascota. Más recientemente, el 16 de septiembre por la mañana, día festivo por el inicio de la lucha de independencia en 1810 y fecha que contrasta con la poca atención que le ponemos a la fecha de su consumación (27 de septiembre de 1821), aproveché la soledad de las calles de mi ciudad zapopano-tapatía para pedalear sin tensiones por los vehículos habituales. En esa ocasión avisté un par de corredores solitarios, un grupo de cuatro corredores y un total de 18 grupos de personas con mascotas. En algunos casos, un humano con pequeñas jaurías de cuatro representantes de la especie canina; en otros, un par de humanos con un solo perrito.

Poco antes de escribir estas líneas, consulté con una vecina que pasó frente a mi casa: “¿Qué pasa si algún día no saca a pasear a su perro?” Su respuesta, me parece, puede reflejar el pensamiento de muchos otros humanos que han sido domesticados por sus mascotas caninas: “Es su tiempo libre. Mi perrita ya tiene muchos años, pero cuando son más jóvenes, los perros pueden estar inquietos si no salen en todo el día, con la posibilidad de que hagan sus necesidades dentro de la casa”. Observo a algunos vecinos con los que coincido en las mañanas en mis horarios de salida. Algunos con sus ropas de trabajo, otros con aspecto más informal. Uno de ellos me contó que su perrita, a la que quita la correa justo frente a mi casa para que corra desaforada de regreso a su departamento, unos pocos metros más adelante, desde las seis de la mañana comienza a incitarlo para salir. Un vecino me cuenta que sale primero con su perrito y después vuelve a salir para caminar sin interrupciones. Hay algunos vecinos y algunos perritos que tienen disposición para platicar, aunque, en ocasiones, los perritos evitan la interacción de sus humanos con otras personas, pues comienzan a ladrar o se abalanzan, limitados por una correa en tensión, contra perros o personas.

En una ciudad en donde es muy frecuente ver perros y humanos paseando a casi cualquier hora, he visto incluso a perros que caminan sobre el concreto caliente en los días de verano. ¿Qué beneficios encuentran los humanos y exigen los perros de estos paseos cotidianos? Según algunos expertos que han observado a estas mascotas, conviene pasear a los perros para que no estén irritables en un mismo espacio e incluso para que interactúen con personas y perros (https://www.facebook.com/TelevisaPuebla/videos/pasear-a-tu-perro-tambi%C3%A9n-es-parte-de-educarlo-los-paseos-ayudan-a-tu-perro-a-so/1455439486750732/). En mi vecindario me encuentro con un par de ejemplares, un dóberman y un pointer, que van sin correa junto a sus humanos. Hace unos días cargaba yo en las manos una cartera de huevos al encontrarme con el perro y su dueña, la que atinó a comentar cuando el can se acercó a olerme: “No dejes sin huevos al vecino” y soltó la carcajada, antes de retomar su paseo. Para algunos humanos, el paseo con su cerbero o con su pequeña jauría representa una de las escasas ocasiones en que caminan durante el día. Ese paseo representa una posibilidad de mejorar la salud física, psicológica y laboral también del humano (https://www.lavanguardia.com/mascotas/20240116/9280170/beneficios-sacar-pasear-diario-perro-caminar-salud-clr.html) y el perro se convierte en un buen pretexto para abandonar las prácticas sedentarias e, incluso, para abandonar un rato el ambiente hogareño que suele estar lleno de tareas domésticas, algunas interacciones ríspidas y distracciones que evitan atender las necesidades de movilidad.

La noción del flâneur, término acuñado en los siglos XV o XVI, refiere al paseante urbano. Aunque no tengo noticia de que se le representara acompañado de un can (o de un cerdito, o alguna otra mascota), esta figura del caminante en la ciudad puede tomarse como un indicador de salud urbana. Cuando no es posible recorrer a pie el barrio y los espacios públicos urbanos o los entornos rurales, podemos estar seguros de que no hay confianza para estar en esos espacios, que se convierten en territorios hostiles y en fuentes de ansiedad. La figura del flâneur ha sido objeto de descripciones y análisis de parte de autores como Honoré de Balzac (1799-1850), Charles Baudelaire (1821-1867), Walter Benjamin (1892-1940) y Georg Simmel (1858-1918), entre otros. Y hay quien señala al caminante urbano como un detective urbano (un rol que ejercen los “halcones” que husmean para informar al crimen organizado), como un observador que, lejos de realizar una actividad ociosa, aprende de su entorno y de los procesos que se realizan en los espacios sociales. La fotografía, como han mostrado algunos, puede ser parte de esta observación y cristalizar algunos momentos específicos de ese aparente andar sin rumbo, límite ni prisa.

Como ya sabemos, la acción de caminar (https://revistaeducarnos.com/caminar-2/) suele tener efectos positivos y tiene marcados contrastes con permanecer sedentarios, tanto en la salud física como en el ánimo y en su capacidad de estimular el pensamiento y de encontrar otros ángulos a los problemas que enfrentamos. Hace unos días, una estudiante comentó en el aula algunos de los efectos perniciosos de pasear con mascotas. Específicamente, apuntó las razones por las cuales no se permite pasear con mascotas en áreas protegidas como el bosque del Nixticuil, en Zapopan: pueden alterar los equilibrios de la flora y la fauna nativas, contaminar con sus heces y orina y transmitir enfermedades a otras especies, además de la posibilidad de que ataquen a los animales que encuentren a su paso, como ardillas, aves, mariposas. De la misma forma, el senderismo, que por lo general implica recorrer distancias más largas al aire libre, fuera de contextos urbanos, tiene múltiples beneficios (https://www.nationalgeographicla.com/ciencia/2024/08/por-que-el-senderismo-es-especialmente-beneficioso-para-el-cuerpo-y-el-cerebro), aunque rara vez somos conscientes del daño que podemos causar a nuestro paso. Aunque lo hemos visto con claridad en las rutas de los peregrinos que emprenden un camino con rumbo a algún santuario natural o religioso, que suelen dejar restos de comida, heces y orina en los espacios por los que atraviesan, pocas veces se reflexiona en torno a cómo esos prolongados recorridos pueden dañar el entorno que constituye el trayecto cuando se tiene sólo en cuenta el destino buscado. De igual manera que algunos humanos a cargo de sus mascotas en los paseos urbanos no tienen el cuidado de evitar dañar el ambiente, los caminantes dañan el ambiente sin proponérselo. Algunas de las recomendaciones en estos paseos campiranos incluyen el ser responsable y llevarse de regreso los desechos, incluidos los orgánicos, pues, en algunas ocasiones, se transportan frutas cuyas semillas pueden ser incompatibles con la flora de los terrenos recorridos. De tal modo, algunos expertos hacen también recomendaciones (https://lapizarranegra.com/blog/consejos-para-un-senderismo-responsable-y-ecologico/). Como sabemos, en el bosque de La Primavera, que dota de oxígeno al Área Metropolitana de Guadalajara, no sólo está prohibido encender fogatas y acampar, sino también llevar mascotas y sacar flora, fauna o rocas. El reglamento de esta zona protegida es bastante explícito en cuanto a los límites en los comportamientos durante los paseos en este bosque (https://bosquelaprimavera.jalisco.gob.mx/reglamento?ref=jalisco-alerta.ghost.io).

Hace un cuarto de siglo, Antoine Papillon-Boisclair, en su tesis para obtener el grado de maestro en artes y estudios franceses de la Universidad de Montreal, Poétique du flâneur: de Baudelaire à Réda, 2001 (file:///Users/imac/Downloads/Boisclair_Antoine_2001_memoire.pdf), utilizó como epígrafe la frase de Víctor Hugo “Errar es humano, flanear es parisino” para apuntar cómo el paseo es una actividad de la modernidad y una forma de habitar el espacio urbano. La banalidad no existe; el pueblo es un bosque de índices y la actividad de recorrer a pie un espacio está lejos del “ne rien faire”; estar disponible para la estimulación estética y, al mismo tiempo, dejar lugar a la distracción, destaca Papillon-Boisclair (cuyos apellidos resultan bastante reminiscentes de los paisajes rurales, con sus mariposas y sus bosques). En su libro Megapolis (2008), Régine Robin propone recorridos de ciudades concretas, como Buenos Aires, Londres, Tokio, Los Ángeles. Por su parte, en esta reseña de un libro del autor mauritano Barlen Pyamootto (Le tour de Babylone, 2002), Andrew Stafford ofrece algunas distinciones en esta actividad de pasear (https://www.erudit.org/fr/revues/ela/2020-n50-ela05904/1076044ar/) y señala que la visión turística no es lo mismo que la visión del flâneur que realiza su recorrido con una intención comprensiva. Situada en la ciudad de Bagdad, la novela de Pyamootoo, afirma Stafford, cuestiona la mirada del consumidor de paisajes y propone una mirada que permita comprender la propia vida en un contexto novedoso. Sitúa la experiencia de un “yo” que percibe y siente frente a un espacio impersonal despojado de vivencias. Lo que me permite regresar al paseo con los perros: nos hace pensar en cómo las rutas que los humanos recorren, con sus mascotas o sin ellas, están plenas de experiencias, de posibilidades de socializar, de espacios a evitar, de destinos a procurar. Lástima que los humanos no siempre prestemos la atención a la fauna, los otros paseantes, los lugares de paso, los encuentros reiterados, los descubrimientos y las conductas perniciosas a nuestro paso. Quizá las mascotas han prestado más atención a los olores, los matices y las posibilidades de esparcimiento.

 

*Doctor en Ciencias Sociales. Profesor del Departamento de Sociología de la Universidad de Guadalajara. rmoranq@gmail.com

Comments
  • Efrain
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    Excelente y cómoda lectura.

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