La pape

 In Rodolfo Morán Quiroz

Luis Rodolfo Morán Quiroz*

 

Cada ciclo escolar vuelve la preocupación: hay que pagar cuotas voluntarias para que funcione la mesa directiva de la asociación de padres de familia y se cubran gastos a lo largo del periodo. Poco antes del inicio, hay que dedicar algunos días a la compra de útiles en las papelerías. Algunos de nosotros recordamos cómo teníamos que acudir a las papelerías del centro de Guadalajara en los años sesenta. La librería y papelería Font y la Barcino ofrecían sus paquetes de cuadernos, papel y plástico para forrarlos, algunos libros para cursos específicos en algunas escuelas. Hace décadas, hasta que se inauguró Plaza del Sol, el primer centro comercial un poco más allá de los linderos del municipio tapatío, las papelerías del centro atraían los viajes de los paterfamilias para adquirir los materiales para la escuela. En esa plaza, inaugurada a fines de noviembre de 1969, la papelería “Oportunidades” era de las escasas opciones que, aunque también atestada, al menos no implicaba un viaje especial al centro de la ciudad.

En México, el negocio de la distribución de cuadernos estuvo asociado a las imprentas: equivale al encuadernado de libros, pero con hojas que no están impresas. Así, según arroja una consulta que hice a la IA, en 1908 se fundó la librería (y luego papelería) Font y Velasco; en los años cuarenta, un exiliado catalán, José María Murià y Romaní, fundó Barcino (el nombre latino de Barcelona); en 1943 se estableció Lumen; en los sesenta, la librería de Jorge González Villalobos (Gonvill); en 1959, las “superpapelerías” Tony; en 1972, las papelerías Azpeitia y, más recientemente, en 1985, la papelería Bety. Las papelerías Tony fueron fundadas por un empresario veracruzano con raíces libanesas, según se puede colegir por los apellidos: Don Ramón Chedraui Caram, fundador de las tiendas Chedraui, en la Plaza Crystal, primer centro comercial de Xalapa, Veracruz, en noviembre de 1982.

Según la ciudad o región en que vivan los estudiantes y sus familias, los precios de estos materiales escolares varían, aunque no extraña que, a medida que avanzan los “chiquillos y chiquillas” (como decía el presichente Fox) en la primaria, más caros resultan los materiales, pues la cantidad a cargar en las mochilas que transportarán los jóvenes estudiantes va en aumento. Ser “grande de sexto año” puede costar $525 pesos en Guadalajara, $538 en la CDMX y hasta $580 en Monterrey, aunque en primer grado los costos corresponden a $214, $234 y hasta $270 en el mismo orden para esas ciudades. Según apunta la IA, un monitoreo de la Procuraduría Federal del Consumidor encontró que el costo mínimo para el primero y segundo de primaria es de $204 pesos, el promedio $306 y el máximo es de $418. Para cuarto a sexto, el mínimo es de $234, el promedio es $355 y el máximo de $494. El costo para tercer grado se ubica entre esas cifras del inicio y el fin de la educación básica. Los materiales que se consumirán directamente en los primeros trazos “serios”, después del jardín de niños, no serán las únicas adquisiciones. A diferencia de las mochilas de cuero que usamos algunos de nosotros, que duraban varios años y hasta se podían heredar de un hermano al siguiente, las mochilas actuales no siempre están diseñadas para pasar de año junto con los estudiantes. Con esos materiales adicionales como la mochila, la lonchera, el bote para el agua y contenedores para el refrigerio, el costo ronda $2,300 a $3,200 por chiquillo o chiquilla en Guadalajara; en CDMX se ubica entre $2,500 y $3,500 y en Monterrey entre $2,600 y $3,800.

El precio de ir a “la pape” y regresar victorioso con la carga de materiales escolares y con los bolsillos más ligeros ha variado desde los tiempos en que algunos de nosotros fuimos esos estudiantes recién peinados y de cara lavada durante las primeras horas y totalmente chamagosos y olorosos a salado sudor, cuyas trayectorias se marcaban en las sienes por el lodo seco. En los años sesenta, mucho antes de los equipos electrónicos actuales, los costos remitían a objetos de papel y a algunos de madera, como los colores y lápices. En la actualidad se añaden iPads u otros objetos que son parte del equipo de las escuelas o que los estudiantes han menester en sus hogares. Ya lo vimos en la pandemia: quien no tenía computadora y acceso a internet, aunque fuera únicamente por celular, se encontraba en desventaja frente a aquellos hogares en que sí existía ese acceso y equipo. Y supimos también cómo los hogares con varios estudiantes en distintos grados tenían que compartir la única computadora para acceder a las sesiones virtuales a distancia.

Hace cincuenta años, una lista de quince artículos para estudiantes de primaria costaba entre $36 y $60 pesos. Después de que los pesos de aquella época sufrieron su transformación, en tiempos de Salinas y se les quitaron tres ceros, en precios actuales, esa lista cuesta $305, aunque con los requerimientos adicionales asciende a unos $1,500 (promedio). Según mi consulta a la IA (a la que no siempre hay que creerle a pie juntillas), en 1976 la inflación fue de casi 16%; entre 1983 y 1987, se ubicó entre 101% y 115%. En 1995, la inflación llegó al 35%; tras la pandemia, en 2022 se ubicó en 7.9%, mientras que en 2026 estamos alrededor del 5%. Para los materiales escolares, al igual que para muchos otros productos, la pérdida del poder adquisitivo en estos cincuenta años significa que un peso vale casi setenta veces menos. Cincuenta viejos pesos de 1976 equivalen a unos $336 pesos de la actualidad, según mi diálogo con la siempre afable y artificial.

Como sabemos, algunas papelerías han acordado con algunas escuelas llevar los “paquetes” a las escuelas. En vez de ir a buscar cada cuaderno, lápiz, estuche, borrador, conjunto de colores, libro del curso especial, los progenitores llegan, piden, pagan y se van con el material para reclamar en el camino a su querida bendición que le mandaron los dioses: “¡Tanto que hemos gastado en tu educación!”, en especial si, además, han de pagar colegiaturas, transporte y otras lindezas para que sus crías “se hagan gente”, de preferencia, de bien.

La ventaja de esos materiales escolares es que, en ocasiones, se pueden heredar a los hermanos o vecinos más jóvenes. A veces les quedan algunas páginas útiles a los cuadernos y, aunque no sean los cuadernos más oficiales (con forro, nombre y grado), al menos servirán para hacer las primeras versiones de cuentas, cuentos y algunos aviones de papel para los momentos entre una tarea y la siguiente. Algunas de las hojas de esos cuadernos nuevos recibirán las lágrimas de satisfacción de los progenitores por los logros de los vástagos, aunque a veces esas lágrimas serán por lo costoso del material que no ha ayudado en mucho para apoyar los escasos aprendizajes. También habrá algunas lágrimas de los chamacos y chamacas por el coraje que significará, en algunas ocasiones, el tener que entrar desde la calle o el parque para tener que completar esas tareas que, a decir de muchos de los estudiantes y de los paterfamilias, “para nada sirven”.

En algunos hogares, los múltiples cuadernos usados y con algunas páginas en blanco quedan para el recuerdo. Muchos de nosotros recordamos los cuadernos de pasta azul que tenían impresas las tablas de multiplicar en la contraportada y a las que recurríamos, apurados y discretos, para resolver algunos de los problemas de aritmética que nos proponían en clase o que resolvíamos como largas y tediosas tareas en las tardes sobre la mesa de la cocina. Para muchos de nosotros, la comida se convertía en la antesala de la hora de hacer la tarea, aunque sabemos de algunos casos de niños que primero resolvían esas tareas y luego procedían a comer. Según el “principio de Premack”, esta estrategia de “primero la tarea y luego la comida” ayuda a aumentar la probabilidad de resolver prestos los problemas académicos para luego pasar a los de la tripa (https://psicologiaymente.com/psicologia/principio-de-premack).

De mi infancia y de esas esperas y desesperaciones maternas por no encontrar todo en la misma “pape”, recuerdo los cuadernos Polito. Después llegaron los Scribe, que eran símbolo de prestigio, pues costaban más y tenían más estilos y páginas. Mi madre y mis tías, originarias de Ciudad Juárez, aprovechaban los viajes para visitar a la abuela en el norte para comprar en El Paso, Texas, cuadernos con la imagen de un indígena y una pasta roja de cartulina en las mismas tiendas en que primas y primos nos fascinábamos por la posibilidad de contemplar juguetes que no llegarían todavía a nuestras ciudades. Las mochilas nuestras y de primas y primos fueron, por muchos años, aquellas que olían a cuero, se cerraban con dos correas y tenían dos pequeños compartimientos en uno de los costados. En esas mochilas metíamos, entre libros, papeles, reglas y lápices, nuestro sándwich que comeríamos en el recreo, apachurrado después de nuestro hurgar para sacar el cuaderno o el libro que utilizaríamos, diligentes, en la siguiente actividad.

Desde hace muchos años se conserva el hecho de que algunas tiendas misceláneas en poblaciones más chicas se convierten en papelerías en estas épocas de inicio del ciclo lectivo. Los materiales para la escuela se convierten en un atractivo más para ir a la tiendita del barrio, el puesto del mercado o algunos que se instalan exprofeso frente a la plaza pública o las escuelas. Lo que sabemos es que en las listas de los llamados útiles se piden más materiales que antes, cuestan más y ya no siempre son parte de la aventura de ir al centro de la ciudad. Y tú, ¿qué recuerdas de los viajes a la papelería durante tus años de primaria? ¿Cómo cambió tu experiencia de comprar cuadernos y libros a medida que avanzaste en los grados y niveles? ¿Cómo ha cambiado tu vivencia de ir por los materiales para tus hijos, tus sobrinos o tus hermanos menores? ¿El olor de las virutas del lápiz al “sacarle punta” todavía te transporta con nostalgia a aquellos días de las largas series de sumas, restas, multiplicaciones y divisiones? ¿Conservas cuadernos y manualidades tuyas o de tu parentela?

 

*Doctor en Ciencias Sociales. Profesor del Departamento de Sociología de la Universidad de Guadalajara. rmoranq@gmail.com

Comments
  • Irma

    Gracias por despertar recuerdos gratos

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