Identidades y diferencias
Luis Rodolfo Morán Quiroz*
¿Es una identidad o una ecuación?, se preguntan los matemáticos y plantean esa DIFERENCIA conceptual a sus estudiantes (https://www.youtube.com/watch?v=KENolk-PucM). Sin embargo, los simples mortales y los científicos sociales (por más inmortales que se sientan) conceptualizan estas “igualdades” de manera diferente. Caeríamos en una “falacia etimológica” si consideráramos que estos términos significan lo mismo en el campo de las ciencias exactas que en el campo de las ciencias sociales. La identidad en matemáticas refiere a una igualdad que se conserva para cualquier valor de las variables o incógnitas involucradas. De modo que dejaremos en paz a los especialistas en exactitudes, para hablar de cuestiones que implican más incertidumbres y situaciones de estupefacción, como son las involucradas en la vida social. Así, hay quien se identifica como creyente de alguna fe, seguidor de algún equipo de algún deporte, profesional o especialista de algo, pareja de determinada persona, progenitor o descendiente de determinada familia y se atreve a afirmar que es “igual a eso”. Es decir, esa sensación de “ser” una o varias de esas características, relativamente fijas.
La verdad es que también se habla de identidades fluidas: hoy no soy lo que fui ayer, aunque utilice la misma etiqueta; ni siquiera, aunque yo crea que sigo siendo el mismo exactamente, pues he aprendido otras cosas, he experimentado otras vivencias, he vivido más tiempo, me he desgastado más, mis sentidos se han agudizado o desgastado, me he cansado, he descansado. Así que mi igualdad conmigo mismo es relativa. Ya no se diga en relación con los otros que afirman la misma identidad que la mía. No todos los partidarios de determinada corriente de pensamiento, equipo, fe, marca somos iguales. Algunos se consideran más “de hueso colorado” y pueden criticar a quienes sean más tibios (o wishy-washy, dice la expresión en inglés para un estado cambiante de ánimo que, en política, se llama “swing states” o “estados indecisos” (https://www.perfil.com/noticias/internacional/que-son-los-estados-swing-y-por-que-representan-la-llave-de-la-eleccion-presidencial-en-estados-unidos.phtml). Habrá quien defienda su identidad y se asocie únicamente con quien exprese que no cambiará de bando, de fe, de filiación. Hay quien aprecia ese apego radical. Habrá quienes se pronuncien tolerantes a la diversidad y admitan que pueden cambiar de opinión y, como en el ejemplo de las entidades federativas que suelen llamarse indecisas, estar abiertas a otras perspectivas. Opiné alguna vez esto, promoví tales acciones, pero ahora me diferencio de aquellas identidades. Un ejemplo muy sonado fue el de un político de la oposición, quien se oponía radicalmente a la militarización de las calles mexicanas, pero que, cuando llegó al poder, fue explícito y declaró que “cambió de opinión” y militarizó a un cuerpo policiaco que se había creado para ser una fuerza civil (https://www.youtube.com/watch?v=gTaIpimb9rY).
Las identidades, por más fijas o cambiantes que se consideren, suelen ser la base para las diferencias. Si yo considero que “soy” determinada característica de mi actuar o de mi creer, es probable que conciba a los demás (no en el sentido biológico del verbo concebir, sino en el sentido “mental” y “conceptual”) como portadores o encarnaciones de determinada identidad. Lo que lleva a la diferenciación e, incluso, a los enfrentamientos entre diferentes instancias a las que Gilberto Giménez llamara las “identidades crispadas” (https://ru.iis.sociales.unam.mx/bitstream/IIS/4985/1/Identidades_sociales.pdf). En pocas palabras: “Soy esto y no estoy de acuerdo en que tú seas eso otro que dices ser”. Y, mucho menos, estaría dispuesto a que me disuadas de mi identidad o de que me convenzas de aceptar la tuya.
En meses recientes, este contraste entre identidades y diferencias se ha agudizado, pues la visión del 47º presidente en contra de las políticas dirigidas a la diversidad, la equidad y la inclusión (DEI) es que estas políticas dirigidas a NO DISCRIMINAR se han convertido en obstáculos para reconocer los méritos de determinados grupos por encima de otros. Si la política estaba pensada para evitar la discriminación, la visión meritocrática del régimen actual clama que en realidad discrimina contra quienes sí tienen méritos. Los esfuerzos para promover oportunidades iguales se han encontrado con los decretos que suponen que dar entrada a las personas con cualquier característica, pero que cumplen con el requisito para el empleo o el ingreso a servicios, es discriminar contra “las personas con verdaderos méritos”, que suelen ser de género o étnicos. Así, dos visiones “discriminan” entre sí y pretenden marcar diferencias que favorezcan a privilegios o que favorezcan a quienes han sido excluidos de algunas oportunidades que deberían estar abiertas para todos (https://civilrights.org/resource/anti-deia-eos/). En contraste, la visión actual de la Casa Blanca se dice víctima de identidades para no reconocer las diferencias y la necesidad de apoyos diferenciales (https://www.eeoc.gov/wysk/what-you-should-know-about-dei-related-discrimination-work). Para Trump, no deben protegerse a quienes históricamente han estado desprotegidos.
Podemos pensar en otras diferencias. Por ejemplo, la gran diferencia que hace un día contigo o un día sin ti, como señala la versión en inglés de la canción de la leonesa María Grever (María Joaquina de la Portilla Torres, 1885-1951, https://youtu.be/upJ3OgMRiUA?si=dxffy1eLnXWHpUqF). Esta canción, incluida en la banda sonora de la película Lola Rennt! (1998; Corre, Lola, Corre fue su título en español), muestra la gran diferencia que hacen unos minutos o unos instantes en nuestras vidas. Además de la gran diferencia que implica contar con el recurso del tiempo, hay diferencias que se dan gracias al dinero, las redes sociales, la ubicación profesional o laboral. Así, podemos pensar en la gran diferencia que hace tener una identidad u otra. Habrá quien vaya a determinados servicios religiosos en respuesta a su identidad de fe, pero no vaya a otros; quien actúe de determinadas maneras, por profesar determinada identidad profesional y no otra (o alguna identidad asociada con la especialidad en la que se formó). Por ejemplo: “Qué gran diferencia es ser especialista y afirmar una identidad en una profesión, en comparación con quienes tienen identidades más fluidas”. Así, solemos pensar que determinadas personas equivalen a sus etiquetas y que no deberían profesar alguna diferencia o desviación de la definición estricta, rigurosa e inalterable de lo que es determinada identidad. Un ejemplo simplón es señalar como “mal cristiano” o “mal mexicano” a quien proponga o haga algo que no se haya incluido en la definición de determinada etiqueta o identidad.
La gran diferencia que hace un día o la posibilidad de acudir a otras acciones puede ser notable. La gran diferencia que hace salir más temprano, aunque haya quien diga que su identidad implica no salir antes de determinada hora. Lo que somos, a veces está ligado o asociado con lo que es nuestro cuerpo y a veces se tacha de traidor a alguien que reconoce que la genética podría modificarse por la cultura. Ser un buen “mexicano” se ve como incompatible con ser un buen “migrante en Estados Unidos”, o ser “de izquierda” se concibe como incompatible con proponer alguna medida asociada al lucro. O viceversa, ser “de derecha” nunca debería aceptar políticas o propuestas que ayuden a la protección de grupos sociales desprotegidos.
En realidad, lo que somos y lo que nos diferencia de los demás constituyen procesos y sentimientos que suelen tener peso. Así, por ejemplo, el color de nuestra piel, la escuela de la que egresamos, la parroquia a la que asistimos (o no asistimos), el grupo de teóricos en los que creemos, las metodologías que aplicamos, la cantidad de horas que se nos han certificado de alguna capacitación, el pasaporte que portemos (o que no llevemos con nosotros) nos genera diferentes protecciones y diferentes vulnerabilidades. Las identidades de clase socioeconómica o política, o de convicciones socioeconómicas, seguirán siendo pretextos y razones para más conflictos y, a veces, para más alianzas, cuando menos por un ratito. Tú y yo SOMOS amigos, pero podríamos tener algunas diferencias, y entonces se verá si todavía nos identificamos o mejor nos diferenciamos radical o sólo temporalmente. En todo caso, cabe preguntarse si determinados momentos, relaciones, actividades, acciones de nuestras vidas pueden considerarse como definitorios de nuestro ser. ¿Eres o desempeñas un rol en tu familia, en tu barrio, en tu profesión, en tu institución de adscripción? ¿Qué tanto te diferencia eso de otras personas?
Mientras que en matemáticas “la diferencia” es simplemente el resultado de una resta o sustracción, en cambio en música y en el amor la diferencia es que yo, en ese lugar, “sí te querría”, como dice Juanga (https://www.youtube.com/watch?v=zAD9ScqPsEU). En cualquier caso, conviene evitar las trampas de las falacias y las definiciones rígidas o implícitas.
*Doctor en Ciencias Sociales. Profesor del Departamento de Sociología de la Universidad de Guadalajara. rmoranq@gmail.com
Excelente artículo. Cuidado con la razón de la sinrazón.