Lamentaciones

 In Rodolfo Morán Quiroz

Luis Rodolfo Morán Quiroz*

 

En su canción, “La merienda”, Francisco Gabilondo Soler (1907-1990) retrata en una escena doméstica algunas de nuestras quejas de infancia: Ay mamá, me duele mi diente porque traen la leche caliente; yo así no la quiero tomar. Que se la lleven a enfriar… Ay mamá, mira a esta María, siempre trae la leche muy fría; yo así no la quiero tomar, que la vuelva a calentar…” (https://www.youtube.com/watch?v=y4kbP8LFqzo&list=RDy4kbP8LFqzo&start_radio=1). “Yo no quiero, fuchi, fuchi” es nuestra actitud en muchas situaciones y el veracruzano Gabilondo Soler captó ese “espíritu remolón” en unas cuantas estrofas. Por ejemplo, el término “pusteque” se aplica a niños como el del relato musical de “La merienda” (https://www.significadode.org/pusteque). No nos gusta la comida con tanta sal, o no nos gusta sin azúcar, o está muy quemada, o está cruda, o muy dura, o muy verde.

Por otra parte, esas personas quejumbrosas a las que nada ni nadie complace también nos sirven de pretexto para que quienes estamos a su alrededor también nos quejemos: “Es que nada le acomoda; hasta lo que no se come le hace daño”. Hasta las explicaciones y justificaciones para las quejas ajenas nos resultan inválidas y nos quejamos de que ésa no sería razón para tanta quejumbre y lamentación. Lo que no significa que no haya verdaderas razones para quejarnos. Por ejemplo, la vida en nuestros tiempos puede ser más cara, más riesgosa o más ocupada que en otras épocas. Por ejemplo: hace algunos años (2019) podíamos lamentarnos de que México se encontrara entre los países en que había que trabajar jornadas más largas que en otros países latinoamericanos. En América Latina hay límites semanales de 48 horas en países como Argentina, Bolivia, Colombia, Costa Rica, México, Nicaragua, Panamá, Perú y Uruguay. Mientras que en el rango que va de 40 a 47 horas están Chile, Brasil, Cuba, República Dominicana, El Salvador, Guatemala, Honduras y Ecuador”. En días recientes (marzo 2026), se anunció la reducción de la jornada laboral, lo cual entrará en vigor en 2027: “Después de más de 100 años sin cambios, la jornada laboral en México pasará de 48 a 40 horas semanales” (https://www.gob.mx/stps/documentos/reduccion-de-la-jornada-laboral-a-40-horas-preguntas-frecuentes?state=published). Ash, ¿por qué esperar hasta entonces? Ay, lo malo es que eso no incluye al trabajo informal, que seguirá implicando largas jornadas.

Por otra parte, una de nuestras quejas cotidianas consiste en que el dinero ya no alcanza. Eber Kelvin Ángeles García y Adolfo Federico Herrera García documentaron, en 2024, la pérdida del poder adquisitivo en México, periodo 2012-2024” que esta pérdida tiene una larga historia, con ligeras recuperaciones de poder adquisitivo en algunos periodos. Al menos desde la década de los ochenta tenemos razones para quejarnos, pues “el salario mínimo ha representado una constante pérdida del poder adquisitivo de las familias mexicanas. A lo largo de la historia hemos tenido periodos de altibajos respecto al poder adquisitivo. Entre 1934 y 1951 se perdió cerca del 42% del poder adquisitivo”. Podemos quejarnos de que aumente la inflación a un ritmo mayor de lo que aumenta el salario mínimo y los salarios e ingresos fuera de esos márgenes. Muler Durán y Ochoa León en 2024 señalan que: “1) los costos laborales no han sido causantes de espirales inflacionarias y 2) hay espacio para continuar con el alza salarial sin generar presiones sobre los precios. Así, una posibilidad analítica es estudiar la inflación desde una perspectiva del conflicto distributivo, incluyendo los ajustes empresariales a través de mayores precios y beneficios” (Salario mínimo e inflación en México. Un análisis desde la inflación de costos. Revista Análisis Económico. vol. 39 núm. 100, Ciudad de México ene./abr. 2024 Epub 23-Abr-2024). Quizá hasta podríamos quejarnos de que no siempre entendemos lo que escriben los analistas económicos cuando dicen que hay que preocuparse y quejarse bajo determinadas condiciones, pero no otras. Preocupémonos y quejémonos de nuestra falta de comprensión y de nuestra falta de manejo de nuestras propias circunstancias, no de los términos y argumentos de los expertos, que para eso les pagan.

En nuestras existencias cotidianas nos encontramos con múltiples quejas: de los estudiantes, de los docentes, de los burócratas (dentro y fuera de la universidad), de los padres de familia (costos, horarios, requisitos), de los vecinos de las escuelas (ruido, coches estacionados o pasando, basura…). Tenemos quejas por lo que nos obligan a hacer, quejas por lo que nos prohíben o no nos permiten… Nunca nos faltan razones para quejarnos. Y si disminuyen, encontraremos cómo quejarnos de quien nos diga que no nos podemos quejar. En un video encontré algunas razones peculiares para regresar objetos al establecimiento donde fueron adquiridos (https://youtu.be/waiI20ONgKg?si=fXp4Ch-08Lh9_NCe). En general, nuestras lamentaciones se dan porque nuestras expectativas no se cumplen al nivel que esperábamos.

De tal modo, hay quienes van a casa de los suegros a quejarse de su cónyuge por no ajustarse a las expectativas. O por envejecer, o engordar, o amargarse antes de lo esperado. Hasta podríamos quejarnos de que nuestra pareja no viva tantos años como esperábamos, o, como me contaron recientemente, el caso de una persona que se había casado con una pareja que le llevaba un par de décadas de edad y su queja consistía en que su existencia ya duraba más de lo calculado (“envejeceré antes de poder gozar de la herencia que espero recibir de tal cónyuge”, se quejó).

El libro de las Lamentaciones en la Biblia, supuestamente escrito por Jeremías, señala cómo los lamentos suelen estar asociados con los pecados y los errores de quienes lloran y se afligen por las consecuencias de sus propios actos. Nos quejamos de lo que nos hacen otros, y a veces nos quejamos de que no haya habido otros que nos advirtieran de las consecuencias de nuestras acciones o de nuestras omisiones. Claro que refunfuñaré cuando aparezca esa persona sabelotodo que me recordará “¡Te lo dije!” y hará lo posible por hacer que ya no me queje de que yo no haya anticipado las consecuencias de asociarme con determinadas personas, de inscribirme en un curso, de no poner atención en mis propias acciones. Podemos quejarnos de que el tiempo no transcurre al ritmo que quisiéramos: cómo tardan en llegar las vacaciones o el pago de la quincena; cuán poco nos dura el sueldo; cuán breve es el fin de semana  cuando nos divertimos, qué rápido pasa la vida cuando apenas estamos aprendiendo. ¡Ay, qué lata es aprender de nuestros errores y de los imponderables de nuestros ambientes!

*Doctor en Ciencias Sociales. Profesor del Departamento de Sociología de la Universidad de Guadalajara. rmoranq@gmail.com

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