Caminar
Luis Rodolfo Morán Quiroz*
Es un movimiento del cuerpo que conlleva una percepción del espacio. David Morris, en The Sense of Space (2004: 53), señala que caminar implica un ritmo continuo y asimétrico en dos fases: primero una pierna hacia el frente y luego la otra, y los brazos y piernas se mueven en direcciones opuestas. Este autor enfatiza que se desarrollan paralelamente las formas de moverse y de percibir. Cuando se pregunta cuál es el esquema corporal, se limita la visión como si éste no fuera un esquema perceptual en movimiento. En realidad, la relación entre el cuerpo y la percepción del mundo es mucho más dinámica.
La gran mayoría de las personas camina en algún momento de su vida y esta acción constituye el transporte por excelencia. En el reino animal es la opción preferida de desplazamiento y, cuando ésta se acelera, solemos llamarla correr o, cuando menos, la reconocemos como paso veloz. El camino como espacio está relacionado con el verbo caminar y con el sustantivo caminata. Los sujetos caminantes de la especie humana son visibles en casi todos los contextos a donde haya llegado esta especie dada a la exploración. Se ha hablado del primer paso en la luna como un enorme paso para la humanidad, así como hemos visto que los pasos en tierras inhóspitas e incógnitas, terranovas o tierras holladas, se convierten en referencias religiosas, agrícolas, asociadas a pasados o proyectos individuales y grupales.
Para muchos, el acto de caminar está dotado de un sentido vital que trasciende el movimiento acompasado y que se asocia al significado de caminar por determinados senderos o superficies. Hay quien va en busca de un destino y de un santuario, como sucede con los peregrinos o romeros (término asociado al traslado al centro neurálgico del imperio); hay quien va en busca de un refugio y de iniciar un nuevo proyecto y una posible nueva identidad, como los migrantes que recorren cientos y miles de kilómetros en pos de una realidad distinta. La acción de caminar se convierte en un modo de moverse en el mundo a ritmo humano, aunque hay muchas personas interesadas en caminar el planeta entero, en recorrer grandes distancias en tiempos pequeños. Hay grandes diferencias entre las actividades de corredores y otros andarines deportivos, y entre quienes caminan con fines de esparcimiento, interacción con sus acompañantes y con el afán de conservar o mejorar su salud. Hay múltiples superficies y condiciones por las cuales se desplazan los caminantes: planicies, arenas, rocas, ascensos, descensos, hielos, suelos ardientes.
Caminar tiene efectos no sólo en los caminantes, sino en el terreno que pisan y en los terrenos que no pisan, en el ambiente que salvaguardan y en los páramos por los que desarrollan su andar. Caminar tiene efectos positivos en la salud (https://www.tuasaude.com/es/caminar/), mientras que no hacerlo nos deteriora (https://www.tuasaude.com/es/sedentarismo/). Buena parte de nuestros desplazamientos están arraigados en nuestros cuerpos. David Le Breton, en Caminar. Elogio de los caminos y de la lentitud (2014), advierte que el término “caminata” podría evocar tanto lluvia, tempestad, sudor, fatiga, ampollas, callos en los pies, esguince, caída, deslizamiento, hundimiento” y también puede asociarse “a la libertad, a la salud, a la tranquilidad, al sol, a la luz”. Cita a Víctor Hugo, quien afirmó que “la belleza del paisaje oculta la longitud del camino” y también “a cada paso que uno da se le ocurre una idea”.
Para muchos, caminar, correr, pedalear, viajar o, en general, desplazarse, se convierte en ocasión de reflexión: ver pasar el paisaje nos ayuda a percibir matices, olores, colores, acciones, cambios, procesos. Quien se sitúa entre las mismas cuatro paredes, ve reducida su estimulación cognoscitiva y asume que su relación afectiva con el mundo también se ve constreñida. Caminar suele asociarse con una manera de mejorar la esperanza y la calidad de vida. Poder alejarnos por nuestro propio pie de nuestros lugares habituales e incluso repetir nuestros trayectos cotidianos son ocasiones para la reflexión, para la percepción de lo constante y de lo cambiante. De ahí que algunos urbanistas insistan en la actualidad en la noción de “caminabilidad” (walkability) y su efecto en las ciudades y su seguridad y en las interacciones en esos espacios en donde es posible caminar. Por ejemplo, Jeff Speck, en Walkable City: How Downtown Can Save America, One Step at a Time (2013) argumenta que para proteger a los peatones es importante considerar el tamaño de las calles y manzanas: las cuadras cortas conllevan más posibilidades de interacción y variedad, aunque puede pasar que los mapas no reflejen la caminabilidad de determinadas porciones de las ciudades: el mapa de Berlín muestra calles largas, aunque la realidad es que éstas están nutridas por pasajes y callejones que sólo se perciben al caminar; por el contrario, la ciudad de Los Ángeles demuestra que “es posible hacer imposible” de caminar una ciudad de cuadras cortas, aunque por lo general resulta que las cuadras largas son poco amigables con los caminantes. La relación entre lo que se camina y los otros desplazamientos por otros medios muestra que, mientras más caminable es una ciudad, mejor tiende a ser su economía. El mismo Speck señala que el ancho de las banquetas no es lo que determina la seguridad de los peatones, sino el hecho de que existen franjas de seguridad como las que suelen marcarse con los mismos coches estacionados en vez de veloces junto a las piernas de los transeúntes.
Muchos de nosotros tenemos el privilegio de poder caminar por nuestros barrios y en porciones de la ciudad a las que consideramos disfrutables y seguras. Algunos pueden caminar hacia la escuela y dentro de la escuela, o hacia sus lugares de trabajo y dentro de ellos, con relativa alegría y libertad. Aunque hay otras personas que, como señaló recientemente una estudiante de sociología, viven en un constante sobresalto ante los peligros que pueden acechar en sus entornos. Las noticias de violencia en los espacios públicos nos han hecho más conscientes de que el simple acto de caminar puede entrañar peligros. Ya no se trata únicamente de considerar las condiciones de luz, lluvia, obscuridad, calor, sol inclemente, superficies irregulares o resbalosas, sino el hecho de saber que existen zonas de nuestras ciudades que resaltan por su peligrosidad ante las posibilidades de ataques, robos y asaltos. Hay caminantes que deben hacer uso de puentes y cruces peatonales en los que tampoco están seguros. En algunas ciudades, son señalados varios puentes peatonales que tienen la mala fama de ser espacios para asaltos a determinadas horas del día y de la noche: por evitar el peligro de cruzar por donde transitan raudos vehículos de motor, los caminantes caen en las garras de asaltantes. Por otra parte, hay quienes han sido atropellados al cruzar avenidas por las líneas marcadas para uso peatonal y es común que los automovilistas y conductores de unidades de transporte público invadan estas zonas, impidiendo que los caminantes continúen su trayecto. Por esa razón, ha habido algunos diseños que reflejan unas estrategias más radicales, como una puesta en práctica en Quebec ante la terquedad de los conductores por invadir estas porciones de calle (https://www.instagram.com/reel/DSEO0xgkec-/?igsh=YzljYTk1ODg3Zg==).
Correr es una forma acelerada de caminar y, aparte de la función asociada a la caza y al acecho de las posibles presas, se ha convertido en una forma de expresión de la búsqueda de la excelencia, afirma Bernd Heinrich en Why We Run. A Natural History (2001). Para quien participa en carreras o quien se detiene a apreciarlas, se convierte en una forma de expresión estética: no sólo es el placer de mover el propio cuerpo, sino de apreciar el paisaje, el desafío de la superación de los logros previos y de no dejarse rebasar por los rivales, sino el gusto de ver el movimiento y la satisfacción propiokinésica del prójimo. A veces es la alegría de vencer el reto de llegar, caminando, trotando o corriendo, hasta el siguiente árbol, la siguiente curva, el final de una empinada subida.
Así como Heinrich se pregunta ¿por qué corremos?, Andy Singer se pregunta Why We Drive. The Past, Present and Future of Automobiles in America (2013) y muestra que esa forma alternativa de desplazamiento es mucho más cara, genera muchos más accidentes al año y deriva en que se subsidien muchos de los costos asociados, como son carreteras, vehículos para el transporte público, servicios médicos y de emergencia, estacionamientos, pérdidas de áreas verdes, desperdicio de tiempo en traslados, además de los costos asociados directamente con el uso de los vehículos, como combustibles y otros servicios para mantenerlos en movimiento. En cambio, mantener en movimiento las piernas se logra cada vez mejor mientras más se les ha entrenado para estar en movimiento. Lo saben senderistas, caminantes y corredores: mientras más se recorre, mejor se camina y se corre.
De ahí que a la pregunta de ¿por qué caminamos?, podemos responder que caminar es una acción básica para trasladarnos, pero también se convierte en oportunidad de mejorar y estimular nuestra percepción del entorno y de nuestro cuerpo. Ayuda a la salud y a la vez ayuda a conocer los objetos y las personas con las que nos encontramos en nuestros caminos y en nuestros destinos. Para muchos, caminar es parte de un reto que se desea o que se debe superar para lograr cambios en la propia vida. Para otros, es una manera de seguir en el mundo y de estimular al propio cuerpo para conservar la salud y un ánimo positivo.
*Doctor en Ciencias Sociales. Profesor del Departamento de Sociología de la Universidad de Guadalajara. rmoranq@gmail.com