Lo que la vida enseña: Educación no hegemónica en plazas de mercado
Carol Viviana Ruiz Herrera*
Las plazas de mercado colombianas también son espacios vivos de saberes, de memoria colectiva y de resistencia. En medio de aromas de plantas medicinales, voces sabias de yerbateras, fórmulas empíricas contra la tos o el insomnio y recetas que han viajado por generaciones, se entreteje una forma de educación popular que trasciende los límites de la educación convencional. Aquí, la vida enseña.
El oficio de curanderos, comerciantes de hierbas y sabedores(as) puede configurar un acto pedagógico al compartir con la palabra, el gesto y la práctica, un conocimiento no hegemónico: Aquel que ha sido históricamente soslayado por el saber académico, por la ciencia instituida y por la medicina alópata. Frente a un modelo de conocimiento acumulativo que premia la productividad y la utilidad inmediata, emergen saberes que nacen del amor a la vida, al cuerpo, a la tierra.
La perspectiva de la plaza como aula abierta reconoce una educación que emerge en el diálogo, en la escucha, en el encuentro con el otro y en la recuperación del saber ancestral. En este espacio no hay una sola voz dominante. La pedagogía crítica aquí se manifiesta en la pregunta viva, en la conversación polisémica sin imponer verdades absolutas. En ese sentido, vale la pena preguntarse:
“¿Cómo aprender a escuchar desde la curiosidad auténtica?”, “¿cómo aprender a disentir sobre distintos temas de la vida y la cotidianidad?”
Y son justamente estas preguntas las que configuran el entramado de una pedagogía que no se construye desde la verticalidad, sino desde la horizontalidad del encuentro.
De este modo, la sabiduría de las plantas y la escritura artesanal invitan a recuperar desde el etiquetado casero de una infusión para la tos hasta los grimorios personales de las curanderas, donde se entrecruzan recetas, dibujos y fórmulas orales convertidas en escritura empírica. Asistimos a una forma de producción de conocimiento que desafía los estándares académicos, una pedagogía de la vida, donde enseñar y aprender es parte del cotidiano.
Aquí, el cuerpo no se fragmenta, como se hace en la medicina moderna, sino que se entiende en su relación con el entorno, con la alimentación y con los ciclos de la naturaleza.
¿Cuándo se separó la medicina de la gastronomía?, preguntan algunos sabedores y con ello abren una grieta crítica al paradigma mecanicista del saber médico.
Esta propuesta invita a reconocer la existencia de diversidad de saberes, esto a la luz de las epistemologías del Sur, que parten del principio de que el saber no es patrimonio exclusivo de las universidades, sino que también nace en los márgenes, en los cuerpos que curan con plantas, en las cocinas que preparan infusiones, en los saberes transmitidos oralmente por generaciones.
En este contexto, es prioritario repensar la educación como un proceso de humanización, no como una maquinaria de producción de datos. La pedagogía crítica nos recuerda que educar no es solo transmitir información, sino formar vínculos con la tierra desde una postura biocéntrica que resista al paradigma productivista que orienta la lógica de la modernidad que nos ha llevado a vivir de prisa, convirtiendo al ocio y al descanso en culpa. Tal como señala Bauman, la espera se ha vuelto intolerable. En este panorama, la plaza de mercado resiste: Invita a detenerse, a escuchar, a saborear, a contemplar. En medio del bullicio, se abre la posibilidad de otra forma de relación con el tiempo, con la naturaleza y con el otro.
Así pues, la plaza nos enseña que la educación está en todas partes. No se limita a un aula, ni a un currículo. El saber popular que allí circula constituye una pedagogía comunitaria, afectiva y situada, que se reconoce como un acto político de resistencia epistemológica. Por ello, se vislumbra la posibilidad de una educación para la vida, no para el mercado.
*Psicóloga, especialista y magíster en psicología clínica. Docente universitaria y Asesora educativa independiente. viviana.ruiz.herrera@gmail.com