La docencia, ¿una profesión?
Jaime Navarro Saras*
En días pasados tuve la necesidad de contratar a una persona para que lavara unos colchones. Hablamos por teléfono y fue a casa para acordar precio y condiciones; sin más me dio sus tarifas, las cuales se me hicieron caras debido a que (según él) se tardaría 20 minutos en lavar cada colchón. En total, lo haría en una hora con 40 minutos para lavar 5 colchones individuales, a lo cual le comenté que $1500 yo no los ganaba en casi dos horas de trabajo en mi labor como docente. Me comentó que porque lo suyo era un oficio y lo mío era una profesión, de plano me dejó sin palabras y accedí a la realización del trabajo. Esta experiencia me llevó a reflexionar sobre el tema de los oficios y las profesiones en una sociedad como la nuestra, en donde es más valorado económicamente (y qué bueno por ellos) el trabajo que realizan carpinteros, azulejeros, albañiles, cocineros, mecánicos, electricistas, peluqueros, maquillistas o, como en el caso de esta historia, una persona que lava colchones, que quienes desempeñan profesiones como la docencia u otras similares.
Al ser los docentes de educación básica profesionistas, ya sea porque egresaron de una escuela Normal, una universidad o una institución de educación superior (cuyo título y cédula profesional le son exigidos para laborar en ello, según el profesiograma de la SEP), aparentemente los pone en un estatus social por encima de cualquier persona que tiene un oficio debido a los años que invirtió para ello (3 de preescolar, 6 de primaria, 3 de secundaria, 3 de bachillerato y por lo menos 4 de la Normal y un poco más en las otras instituciones), al menos 19 años de escolaridad, amén de los posgrados y demás estudios. Sin embargo, y debido a los salarios que obtienen los maestros, no hay tal reconocimiento a la profesión por parte del patrón (SEP o SEJ, en el caso de Jalisco), ya que los salarios rondan los 12 mil 561. 66 pesos mensuales por una plaza de jornada (preescolar y primaria) y la hora en secundaria se paga 316.51 pesos menos impuestos por quincena (158.25 por hora efectiva).
Los oficios se aprenden a través de la práctica y la experiencia; la mayoría de ellos se transmiten de padres a hijos. Estas actividades se caracterizan por ser aprendizajes prácticos enfocados en habilidades manuales y sin tanta exigencia en la formación teórica, aunque sí requieren de conocimientos y habilidades; estas personas, por lo regular, suelen laborar muchos años, incluso hasta en la época de la senectud, justo cuando un profesionista inicia su jubilación.
En el caso de las profesiones, estas requieren de estudios formales, con enfoque en conocimientos teóricos y con mayor especialización. La diferencia entre el oficio y la profesión es en la forma de cómo se adquieren los conocimientos y las habilidades para desempeñar la función, y cuya calidad de uno u otro pasa por el tema de la personalidad y la forma de cómo enfrentan los riesgos y las soluciones de las cosas y los procesos.
Así como encontramos a excelentes profesionistas, también encontramos a excelentes personas que desempeñan un oficio y de hecho en ello estriba lo que cada quien cobra por su trabajo; sin embargo, en esta época de incertidumbre y fragilidad de las cosas, miles de profesionistas optan por aprender un oficio y con ello aseguran un ingreso mayor, como el caso del joven que me lavó los colchones, quien tiene el título de abogado y no desempeña la profesión porque ésta no le da para mantener a su familia. Igual sucede con choferes de Uber, taqueros, maquillistas y cosas por el estilo.
Lamentablemente, vivimos en un país donde las profesiones están a la baja y cuya sociedad no valora el esfuerzo; sin embargo, esta misma sociedad sí está dispuesta a pagar 500 pesos porque les pongan o pinten unas uñas en 30 minutos, 3 mil por el arreglo de la energía eléctrica en una mañana o, como en mi caso, mil 500 por lavar 5 colchones en menos de una hora. Así las cosas, y qué le vamos a hacer.
*Editor de la Revista Educ@rnos. jaimenavs@hotmail.com