El tesorito

 In Rodolfo Morán Quiroz

Luis Rodolfo Morán Quiroz*

Hay quien lo utiliza para expresar afecto. Y quien aprovecha que alguien lo quiere utilizar con motivos afectuosos y para cubrir carencias emocionales, que lo usa de moneda de cambio para hacerse de billetes y olvidarse de las morrallas. Hay quien lo ve simplemente como un momento de solaz o como la única actividad física en la que estaría en disposición de sudar. Habrá quien se quite la ropa para que la actividad asociada le dé recursos y espacios para lucir ropajes más lujosos y transportarse a distintos espacios en vehículos con más estilo.
Cada quien detenta la propiedad de sus tesoros, sean del tamaño y la duración que sean. Y decide las reglas de su intercambio. El propio cuerpo, sea tesoro compartido, prestado, mostrado, escondido, sólido o fláccido, es tesoro y asunto de cada persona. Por más que haya personas que estén convencidas de que los contratos matrimoniales (explícitos o implícitos) son contratos legales de compra-venta de esclavos o de exclusividad unilateral. En nuestras interacciones, como ya bien lo afirmó Sigmund Freud (1856-1939) evolucionamos de una sexualidad “polimórficamente perversa” a una expresión afectiva que, al menos en teoría, debería llegar a una maduración suficiente para orientarse como expresión de afecto y no de simple afán deportivo y de placer.
No obstante esa omnipresencia y ese reconocimiento de la necesidad de expresar y recibir afecto, la sexualidad ha sido acallada y convertida en tema tabú en buena parte de nuestra educación. Por más que gocemos de la fricción de nuestros cuerpos con otros, se habla muy poco de esas sensaciones y de las capacidades expresivas y afectivas de esos roces. Hay acuerdos explícitos que pueden dejar de tener vigencia y no siempre se enteran al mismo tiempo las personas involucradas en esos acuerdos de intercambio sexoafectivo.
Las expresiones sexuales pueden dar lugar a parejas estables y pueden acabar con algunas relaciones previamente convenidas. Pueden construir familias o destruirlas. Puede simularse que entre algunas personas no se dan esas actividades (¿quién supo alguna vez que los abuelos y abuelas hubieran tenido vida sexual y afectiva entre ellos?, ¿quién lo intuye por lo que no se expresa entre dos personas o más?), o puede expresarse en distintos grados y espacios que existe un vínculo sexoafectivo. Empero, la escuela no suele ser un espacio en el que se hable, se discuta, se dé a conocer nuestro cuerpo y sus cuitas, asociadas con los órganos blandos o con las cabezas duras de quienes se empeñan en enamorarse de las sonrisas y tobillos que anticipan placeres y dulces tormentos.
Las implicaciones de la educación sexual o de su ausencia son múltiples: ¿saben los usuarios de los cuerpos propios y ajenos acerca de su funcionamiento y de su conservación en condiciones saludables?, ¿saben de las consecuencias, deseadas e indeseadas de las interacciones sexoafectivas con otras personas?, ¿qué tanto consideramos a nuestros cuerpos fuentes de placeres y de dolores y qué tanto consideramos a las demás en sus necesidades de expresión y recepción de afecto?
En las instituciones educativas se habla poco de nuestros “tesoritos”. Incluso el término connota algo valioso digno de afecto pero al que no se desea aludir. No vaya a ser descubierto, robado o disminuido. Si en los niveles básicos es muy escasa la información que recibimos las viejas generaciones y apenas un poco más la que reciben las generaciones más recientes, se hace poca alusión a la sexualidad y a las implicaciones afectivas y de salud en otros niveles educativos. El problema suele dejarse a los especialistas como médicos, enfermeras, psicólogos, a pesar de que cada quien carga con su tesorito por todas partes, con ganas o sin ellas de compartirlo con determinadas personas del entorno.
El asunto puede convertirse en problema legal cuando hay quien no acepta un “no” y lo interpreta como “pero yo sé que eso significa que sí”. Buena parte de nuestra vida afectiva y social se basa, hay que reconocerlo, en ambigüedades verbales y de comportamiento que pueden ser bastante estimulantes para atizar las relaciones sexoafectivas. El coqueteo, ése que nos sitúa ante la pregunta de qué tanto gustamos a otras personas, trasciende lo verbal y apunta a trascender hacia las emociones y las frotaciones. El asunto puede convertirse en problema de salud, cuando hay quien recibe tantos “sí” que lleva, como decía una señora conocida “babas de otra” o “leña de otro hogar” a sus múltiples hogares legítimos y reconocidos. También ha sido asunto pedagógico cuando se plantea cómo enseñar que tenemos cuerpos sensibles asociados con afectos y apegos que significan diferentes grados de compromiso y permanencia para diferentes personas. ¿Será que en las escuelas no se discuten y analizan los conocimientos de nuestras sexualidades porque ni siquiera nosotros, que las traemos a cuestas (con la intención de decidir con quién te acuestas) logramos entenderlas y manejarlas a cabalidad?

*Doctor en ciencias sociales. Departamento de sociología de la Universidad de Guadalajara. rmoranq@gmail.com

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