Ya le diste una, ya le diste dos…
Luis Rodolfo Morán Quiroz*
…ya le diste tres, ¡y tu tiempo se acabó! Tal es lo que cantan quienes acompañan a quienes le pegan, por turnos, a una piñata en algún festejo. La historia de las piñatas, según señala esta fuente, El significado de las piñatas y su origen – México Desconocido, podría ser prehispánica, aunque también podría ser un objeto llevado a Europa por el viajero Marco Polo y luego importado a este continente. La tarea de romper la piñata constituye un esfuerzo colectivo, desde su concepción y “embarazo” hasta su decoración y destrucción ritual para recoger los frutos del quebrantamiento. Por supuesto que sabemos de niños que no quieren que destruyan sus piñatas, o que se esconden de la violencia ejercida contra un cántaro con los siete picos tradicionales o contra representaciones de sus héroes favoritos. Así que algunos optan por guardar sus piñatas en vez de hacerlas golpear y convertirlas en botín de chamacos y adultos consumidores de dulces y frutas.
Lo que enseña el sonsonete que corean los festejantes es que ese trabajo colectivo concretado en las piñatas tiene también límites temporales: una determinada cantidad de golpes en un determinado margen de tiempo. Aplicado a las vidas individuales, el turno “al bat” o con el palo en mano para agredir a la elaborada artesanía destinada al sacrificio ritual, es sintomático el hecho de que nuestro tiempo para realizar determinadas tareas y proyectos es limitado. Las oportunidades de actuar, producir, festejar y hasta lamentar no hacerse con el contenido de la piñata y de la vida son escasas. Quizá habrá otros festejos y otras piñatas, pero no otras vidas, por más gatos que seamos en nuestros contextos laborales.
La metáfora de la piñata remite a la necesidad de administrar el tiempo e, incluso, de dedicar tiempo para aprender a administrar el tiempo de nuestras vidas. Pocos tenemos nociones sistemáticas de cómo administrar el tiempo u otros recursos. El economista Donald Shoup, autor del amplio estudio The High Cost of Free Parking (2011), apunta a la relación entre el recurso ESPACIO con el recurso TIEMPO y cómo tiene implicaciones económicas importantes. Por ejemplo, afirma que hay quienes prefieren gastar tiempo dando vueltas en su coche en busca de un espacio, en vez de alejarse a una zona en donde haya lugares disponibles, con tal de no caminar más; por otra parte, hay quienes sienten que pierden el tiempo al caminar desde un lugar distante entre el estacionamiento y su destino o desde su lugar de origen a su destino y prefieren “invertir” tiempo conduciendo aunque luego tengan que trabajar más horas para compensar los gastos asociados con el uso del automóvil.
La administración del tiempo resulta crucial cuando consideramos que todos moriremos, aunque la perspectiva de la muerte propia nos asuste y las noticias de las muertes ajenas nos entristezcan. Nuestro tiempo en este planeta es bastante limitado, aunque en las décadas recientes nuestras esperanzas de vida se han ampliado sustantivamente. Hace un siglo, la esperanza de vida rondaba los 57 años en Europa, aunque en México alcanzaba apenas el rango de 34 a 40 años. En la actualidad, los humanos pueden vivir cerca de 80 años o 75 en nuestro contexto nacional. Lo que nos lleva a plantearnos cuándo se nos acabará nuestro tiempo individual para darle unas cuantas vueltas a la hilacha. Dado que no hay garantías de duración, ni de permanencia, ni de trascendencia en este planeta (o “valle de lágrimas”, según alguna concepción religiosa con vocación salvacionista), lo que sí podemos plantearnos es algún plan para administrar nuestro tiempo de vida.
Quienes nacieron alrededor de 1935 y siguen vivos en la actualidad han disfrutado de un bono vital de un tercio de su existencia, pues en esa época tenían la esperanza de completar seis décadas de vida. Claro que hay otros que murieron mucho antes de lo que marcaba su expectativa de vida, en contextos de mortalidad infantil, guerras, agresiones directas, descuidos y otras incidencias inesperadas. Consideremos que no todos los humanos al nacer llegarán exactamente a la esperanza de vida que marcan las estimaciones de los demógrafos. Pongamos por caso: en 70 años podemos vivir 17 años bisiestos, por lo que al llegar al cumpleaños septuagésimo habremos vivido 25,567 días. En contraste, ha habido quienes han superado los 36,525 días bien vividos, pero estos “descarados” ejemplares que han aprovechado sus condiciones favorables o que, creen algunos, han sido olvidados en los designios divinos para recoger el inventario de los humanos usados, en realidad son muy escasos.
En la literatura existen diversos análisis: filosóficos, ingenieriles, administrativos, literarios, biológicos, pedagógicos, del uso del tiempo de nuestras vidas. Cuánto debemos o podemos dedicar a la actividad física individual o en conjunto, vertical u horizontal, en espera, en esfuerzo o en reposo. El relato de Alejo Carpentier (1904-1980) “Viaje a la semilla”, por ejemplo, analiza en sentido inverso el transcurrir de una vida humana a la que relaciona con diversos momentos y rituales por los que suelen pasar los individuos. Este relato forma parte de su libro Guerra del tiempo ‘Guerra del tiempo’: análisis, estructura, temas y significado (1958). Hay otras obras, como la del historiador Norbert Elias (1897-1990) Sobre el tiempo (1984), que analizan el transcurrir del tiempo y cómo relacionamos los acontecimientos de nuestras vidas con los años u horas transcurridos desde que se suscitaron. La obra de Michael Ende (1929-1995) Momo (1973) remite a la discusión acerca del valor del tiempo y cómo la gente quiere apropiarse de ese recurso para su provecho, a la vez que critica a quienes “desperdician su tiempo” en tareas de poca trascendencia económica. Recientemente, el filósofo coreano residente en Alemania Byung-Chul Han (nacido en 1959) en su libro La sociedad del cansancio (2012) apunta a cómo existen presiones para que “aprovechemos” el tiempo productivamente.
Mientras los ingenieros y los empresarios diseñan formas de aprovechar el trabajo, el tiempo y hasta el dinero de otros, hay quienes promueven la necesidad de tomar distancia frente a nuestros vértigos cotidianos: ¿qué sentido tiene trabajar un determinado número de años o de horas para pagar las deudas que se producen por el solo hecho de trabajar? Como se ve en el ejemplo mencionado arriba de quien gasta en coche, transporte, vivienda, preparación y estudios a cambio de obtener un trabajo que lo sacará de las deudas adquiridas por el tiempo de haber estudiado o laborado, es claro que en ocasiones simplemente decidimos por inercia respecto a cómo la gente de nuestro entorno administra su tiempo. Hay quien sospecha que es mejor dedicarse a la propia vida que perder lo poco que ésta dura en burocracias y trámites impuestos por otras personas con empleos en los que diseñan obstáculos y disuasores, como bien ilustró Franz Kafka (1883-1924) en El castillo (1926). Como se ve en este caso, a Kafka se le acabó su tiempo antes de que saliera a la luz esa parte de su obra literaria.
Para los objetos tecnológicos, los fabricantes suelen arriesgar una garantía de que antes de determinado periodo se conservarán funcionales y los costos de repararlos irán por cuenta de ellos en caso de que ese tiempo resulte ser más breve. Para los alimentos existe una fecha de caducidad después de la cual no se recomienda su consumo por humanos, aunque seguramente, si los convertimos en parte de la composta, habrá otros organismos que podrán aprovecharlos. Como reflexionó el premio Pulitzer del 2004, Edward P. Jones (nacido en 1950): “…the death of anyone, good or bad, master or not, cut down one more tree in the life forest that shielded them from their own death…” (The Known World, 2003:60), cuando se agota el tiempo de otras personas y se reducen también nuestras defensas contra la muerte. Ciertamente, ya no podremos compartir tiempo con quien ha muerto y, cuando llegue nuestra hora, ya no tendremos la oportunidad de compartir nuestros minutos con quienes desearíamos estar otros minutos, otros días u otros años.
¿Y tú? ¿Cómo has administrado tu tiempo de vida? ¿Cuántas aventuras, frustraciones y logros le habrás dado antes de que tu tiempo se acabe?
*Doctor en Ciencias Sociales. Profesor del Departamento de Sociología de la Universidad de Guadalajara. rmoranq@gmail.com
Muy bueno el artículo. Ciertamente por le excesiva tegnologizacion mundial. Los seres humanos cada día desarrollan una personalidad de Zombies. Parecemos una humanidad que vive en el proceso del descanso.