Urbanismo y urbanidad

 en Rodolfo Morán Quiroz

Luis Rodolfo Morán Quiroz*

A pesar de que en estos meses de pandemia los espacios privados y públicos estén más limitados y se nos requiera distancia de unos respecto a los estornudos y salivazos de los otros (y viceversa, que la respuesta puede ser igualmente peligrosa), el espacio por compartir sigue ahí. En las ocasiones en que vamos por las banquetas o en alguna plaza o tienda, muchos de nosotros percibimos con mayor agudeza la necesidad de no estorbar el paso de otras personas; nos vemos limitados en nuestros movimientos cuando los espacios son estrechos y tenemos que esperar a que sean desalojados por otros usuarios.
Los espacios compartidos siguen ahí, pero ahora hemos de considerarlos como territorios en los que aumentan los riesgos de contagio. Hemos observado las escalas y pirámides de mayor a menor riesgo de contagios, en donde los hospitales y el transporte público están en las más altas cifras de la escala, y nuestra propia casa sería (suponemos) el lugar en el que corremos menos riesgo de contagio. Pasando por actividades como transportarse una sola persona en un coche particular, jugar tenis y andar en bicicleta. Para esta última actividad recomiendan una distancia mínima de 20 metros para evitar inhalar las gotas de saliva que expele el ciclista de adelante. En esta escala se ha considerado a la bicicleta como una alternativa mucho más saludable que el transporte público. Aun más cuando, al menos en mi pueblito zapopano-tapatío, la cantidad de unidades de transporte público ha disminuido para que siga siendo rentable el pasaje, lo que redunda en niveles de hacinamiento que podrían ser mayores que los anteriores a la pandemia.
Así, el espacio público del transporte y el comercio han sido señalados como importantes focos de contagio, ya no se diga las fiestas, playas, cines, teatros, parques y conciertos. Tras varias semanas de relativo encierro, pues todos tenemos que salir en algún momento a comprar comida o a llevar insumos a familiares u otras personas, las autoridades en varias ciudades han decidido relajar las medidas de control policial (en parte también por las voces que claman en contra de la violencia de los uniformados). Lo que ha redundado en una mayor cantidad de personas que, hartas del encierro, han salido a las calles y a los comercios. Adicionalmente, en varias ciudades se ha acrecentado la cifra de espacios permanentes y protegidos para circular en bicicleta. De ser algunas decenas de kilómetros lineales en algunas ciudades, las cifras se han multiplicado y alcanzan ya los cientos de kilómetros.
Ya conocíamos muchas de las ventajas del uso de la bicicleta frente a los vehículos con motor de combustión interna, públicos o privados, e incluso frente al traslado a pie (caminando o corriendo) y las autoridades han respondido con la creación de nuevas ciclovías para evitar los contagios de COVID-19. Como suele suceder, han surgido inconformes con esas propuestas de aumentar la circulación de bicicletas para reducir los riesgos de contagio. En Guadalajara, hace algunas décadas, en avenida La Paz los vecinos salieron a oponerse a la construcción de ciclovías que, años después, funcionan sin mayor problema. Algunas autoridades se opusieron, hace más de treinta años, a que se construyeran ciclovías en la avenida Federalismo, y ahora resaltan el que se hayan rehabilitado las que finalmente se instalaron ahí a principios del siglo XXI (si la memoria no me falla). En esos casos, al igual que en el caso reciente de oposición a la instalada entre Tlaquepaque y Guadalajara, y en la que actualmente ha sido objeto de movilizaciones a favor y en contra en la avenida Guadalupe, hubo oposición de los vecinos que consideran que los vehículos de combustión interna son la única forma de transporte de los humanos. En buena parte, aun cuando algunos conozcamos las ventajas del uso de la bicicleta, incluso para los que se transportan en coche o autobús, pues implica que los ciclistas no ocupan esos espacios, nos ha hecho falta educar a otros habitantes de la ciudad para que sepan de los beneficios de compartir las calles, en una práctica de sana urbanidad. Las escuelas y las familias han tenido un papel en esa desinformación, dada la disminución, durante mucho tiempo, en el uso de la bicicleta para transportarse en el barrio y entre la escuela y el hogar. Las condiciones que los urbanistas y fraccionadores habían excluido del diseño urbano relegaron por mucho tiempo a la bicicleta. De alguna manera, la pandemia se convierte en un reto para promover las estructuras y la educación en torno a las modalidades alternativas de movilidad urbana.

*Doctor en Ciencias Sociales. Profesor del Departamento de Sociología del CUCSH de la UdeG. rmoranq@gmail.com

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