Una buena combinación

 en Rodolfo Morán Quiroz

Luis Rodolfo Morán Quiroz*

Una de las consecuencias de esta pandemia por la que atravesamos es que, por conservar el encierro y la distancia sanitaria, muchas personas han reducido sus actividades físicas y otras han dejado de realizar el ejercicio mínimo al que se veían obligadas al trasladarse a sus trabajos o escuelas. Además, los estudiantes y los docentes hemos aumentado la cantidad de horas frente a la pantalla de computadoras, televisores o celulares, reduciendo incluso nuestras posibilidades de movimiento al estar frente a nuestros interlocutores.
En las clases presenciales es posible y deseable que nos movamos dentro del aula, que cambiemos de salón, que subamos o bajemos escaleras, que realicemos algunos traslados dentro del campus o que nos traslademos entre la escuela y el hogar. Sin embargo, en el año que ha durado la pandemia, el peligro de contagio que significa el transporte público, en especial en las condiciones en que es posible realizar nuestros traslados en las atestadas unidades de transporte de las ciudades mexicanas, ha hecho que muchas personas reduzcan los tramos de caminata entre las paradas y sus orígenes y destinos cotidianos.
En contraste, conviene recordar que la actividad intelectual requiere de un cerebro bien oxigenado y esto se logra a través de la actividad física. La reducción de las distancias de traslado para muchos niños se refleja en un sentimiento de aburrimiento ante la dificultad de observar lo que sucede en el trayecto, de mover el cuerpo, de charlar con la compañía, de plantearse preguntas acerca de lo que sucede en el entorno y acerca de las reflexiones de aquellos con quienes interactuamos. Tanto en tiempos de pandemia como en las épocas previas (y posteriores) a esta crisis sanitaria, existe una relación probada entre la reducción del estrés y el rendimiento intelectual de los estudiantes, docentes y trabajadores que realizan alguna actividad física antes y durante las horas de estancia en la escuela o trabajo.
Para los estudiantes y docentes de todos los niveles, ya sea preescolar, educación básica o superior y hasta el posgrado, la actividad física resulta indispensable para mantener una perspectiva positiva, reducir las tensiones, mejorar el humor y el rendimiento. Ahora que se han cerrado muchos gimnasios, plazas públicas, canchas deportivas y parques o que se han limitado sus horarios y la cantidad de personas que pueden acceder a ellos, resalta el valor del acceso a espacios de actividad dentro y fuera de los hogares.
Al menos dos actividades que es posible realizar para una buena parte de la población son caminar/correr y pedalear en bicicleta. No obstante, todavía queda pendiente la tarea de asegurar que existan las condiciones adecuadas para que podamos realizarlas. No sólo en términos de horarios, sino de seguridad. Una iluminación adecuada, las condiciones de las superficies, la vigilancia adecuada para que no sean asaltadas o atropelladas las personas caminantes o despojadas de sus bicicletas quienes pedalean, la compañía suficiente pero no excesiva, además de las distancias sanitarias adecuadas frente a otros usuarios de calles o parques, tienen un impacto casi inmediato en la posibilidad de activarnos físicamente y, por ende, en nuestras capacidades de reflexión y de aprendizaje. Por más sencilla que parezca, la actividad física cotidiana tiene impactos relevantes en la calidad de nuestras emociones y pensamientos y, por ende, en nuestras percepciones y aprendizajes.

*Doctor en Ciencias Sociales. Profesor del Departamento de Sociología del CUCSH de la UdeG. rmoranq@gmail.com

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