Trabajo en equipo

 en Rodolfo Morán Quiroz

Luis Rodolfo Morán Quiroz*

Entre los muchos conflictos en la zona de lacedemonios, griegos y macedonios, cuentan que la ciudad griega de Tebas contó con un “batallón sagrado” que permaneció invicto por cerca de cuarenta años, entre 378 y 338 antes de Cristo. Este batallón estaba compuesto por 150 parejas de hombres y contribuyó a derrotar, al menos por un tiempo, a los belicosos espartanos. La idea detrás de su conformación (seguramente hubo reemplazos que las historias no suelen detallar) era que el amor que existía entre estos hombres los llevaba a defenderse y atacar para lucirse ante sus amantes y que combatirían con más energía para evitar que su amado recibiera heridas o para que su cadáver no fuera capturado por los enemigos. En todo caso, ese pasaje de la historia de la beligerancia de nuestra especie, muestra que hasta para pelear sirve tener amigos.
Recientemente, en un curso de licenciatura, pusimos a prueba la cuestión de si resulta más eficiente y productivo el trabajo colectivo con compañeros asignados al azar en comparación con la amistad como criterio de selección. En una primera etapa, equipos de tres integrantes designados por el profesor, colaboraron para acordar la mecánica, la estructura, los argumentos, los ejemplos, las conclusiones y la redacción de breves ensayos sobre temas sociales. La segunda etapa consistió en la formación de grupos de trabajo por selección mutua, con el añadido de que quienes compusieran los textos también elegirían los temas a presentar. La experiencia, según los reportes verbales de algunos de los estudiantes, después de cada una de las etapas del experimento, corrió de manera mucho más fluida cuando fueron seleccionados mutuamente que cuando se designaron por el docente.
El hallazgo no es de sorprender. Ya vimos que hay antecedentes desde hace al menos 23 siglos. Cuando las personas tienen afectos positivos mutuos trabajarán con mayor entusiasmo en proyectos colaborativos. También sabemos que los cónyuges mal avenidos logran poco en términos de proyectos de vida o familiares. Es probable que haya también un doble efecto: trabajamos mejor con nuestros amigos y es probable que escojamos de amigos o de pareja a aquellas personas con las que trabajamos mejor. Los hábitos de trabajo, los proyectos que nos atraen, además de las características de los compañeros de trabajo, como la disposición a trabajar en temas y horarios compatibles, suelen ayudar. Los niveles y la complementariedad de los conocimientos, los hábitos cotidianos, las experiencias y gustos similares seguramente ayudan a nuestra inclinación a trabajar fluidamente con nuestros colegas.
Por otra parte, la rivalidad y la posibilidad de que la ganancia de unos miembros del equipo sea pérdida para otros, incidirán en la baja coordinación, el escaso disfrute o el mucho sufrir y rechinar de dientes. Desafortunadamente, es más frecuente encontrar la idea de que es bueno promover la competencia en vez de la colaboración. En gran medida, parecería que hay también una complementariedad, como muestra el caso del batallón sagrado de los tebanos, entre la necesidad de superar al enemigo y el ímpetu por defender a las personas que queremos.
¿De qué tamaño puede ser un equipo para que se conserve un afecto entre sus miembros, sin que las rivalidades entre ellos afecten la calidad de los productos? ¿Qué tan sana puede ser la competencia entre los amigos y colegas con la intención de superar lo logrado por otros equipos? La escuela y el trabajo en colaboración resultan un excelente laboratorio para poner a prueba los alcances de los afectos y lealtades para lograr aprendizajes y productos académicos (o más allá) del trabajo colaborativo. Faltaría considerar que, a veces, por estar en la tertulia con nuestros amigos de mesabanco, nos hemos olvidado de cuál era la tarea que teníamos que realizar o el aprendizaje en el que debíamos enfocarnos.

*Doctor en ciencias sociales. Departamento de Sociología de la Universidad de Guadalajara. rmoranq@gmail.com

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