Tiliches
Luis Rodolfo Morán Quiroz*
Algunos psicoterapeutas recomiendan a sus clientas y clientes que revisen lo que traen en su bolsa de mano, su mochila, su portafolios, para descartar algunos objetos que sólo representen lastre y, a partir de ese ejercicio, identificar otros lastres que tengan en su vida. El ejercicio podría hacerse también desde fuera de la situación de psicoterapia: ¿qué objetos tenemos en nuestros vehículos (las alforjas de la bicicleta, o los asientos o la cajuela del coche, por ejemplo), en nuestros escritorios, en nuestros hogares (en los rincones, en la alacena, en clósets y cajones, especialmente) que no nos permitan aprovechar adecuadamente los espacios? En ocasiones he visto coches en los que sus conductores y dueños guardan una masa informe de objetos para los que quizá ni ellos mismos identifican para qué están ahí y los mueven en sus trayectos. También he visto coches que simplemente se convierten en una especie de cobertizos con las llantas bajas, que ya no se usan porque quedaron a la espera de alguna refacción o reparación y que se llenan de tiliches y hasta son refugio de algunos habitantes felinos, aves o roedores, además de múltiples insectos que sirven de alimento a algunas arañas que tejen sus telas en esas estructuras.
Esos trebejos, cachivaches y demás objetos se nos acumulan a pesar de nuestras mejores intenciones de volver a darles uso. Los guardamos para mejor ocasión, para después o por si acaso. A algunos tan sólo les faltan las pilas, o el foco, o el interruptor, o el tornillito, o la clavija, o la pantalla, o la base, o el lubricante o el aflojante o la tapadera; algún pichuflito de nada. Por lo demás, suelen estar en prístinas y virginales condiciones. Hasta que comienzan a acumular polvo porque, para limpiarlos, lavarlos o sacudirlos, debemos bajar de algún estante, quitarlos de algún rincón o sacarlos de algún escondrijo en el que rara vez nos acordamos de haberlos puesto. En los tiempos de la pandemia y la enorme utilización que hicimos de las videollamadas y de programas de computadora como Zoom y Meet, además de los muchos videos que nos enviamos o que nos soplamos desde plataformas como YouTube y Vimeo, fuimos testigos lejanos de los muchos libreros y muros que se lucían detrás de nuestros interlocutores. Y dejamos ver lo que solía estar en un espacio privado hasta que el famoso virus nos hizo mostrar algunas de nuestras aficiones a coleccionar objetos que se amontonan, agolpan o esparcen en nuestros lugares de trabajo, ya sea en hogares o en cubículos.
Estoy entre quienes recuerdan que en nuestras dependencias universitarias se acumulaban, desde antes de los cambios de sede y desde antes de la difusión de la pandemia de covid-19, trebejos, aparatejos, hojas, librejos y entrepaños cuya composición y uso solíamos ignorar. Recuerdo con admiración que sólo una de las docentes era capaz de manejar un proyector de tiempos opacos que seguramente se diseñó décadas atrás y, en parte pude entender esa habilidad por su oficio de historiadora y su capacidad de viajera virtual en el tiempo. Quizá podamos recordar de otras épocas cómo se acumulaban en nuestras casas y en nuestras aulas: materiales, cuadernos, cartulinas, pinceles, brillantinas, tijeras, pegamentos, colores y lápices de palo y papeles que “en algún momento” que no siempre llegaba tendríamos que utilizar.
Hay una advertencia que acompaña y justifica a los tilichentos: un coche, un escritorio, un clóset, una casa, una cajuela o un cubículo sin cosas visibles en un desordenado orden inteligible sólo para sus usuarios, también puede interpretarse como señal de problemas de salud mental. O de que quien los regentea en realidad no hace más que dedicarse a limpiar y ordenar y jamás tiene un trabajo en proceso. La perversión es más notable, en especial si todo sigue un orden por tamaño, color, alfabético, temático o cronológico que podría entender alguna otra persona que hurgara o se asomara a esos conjuntos bien ordenados. En realidad, pocos estaremos dispuestos a admitir nuestros trastornos obsesivos compulsivos y consideraremos más prestigioso confesar algún trastorno de déficit de atención e hiperactividad. Así, los múltiples desórdenes en los ámbitos en los que nos movemos y solemos trabajar, se justifican por los múltiples proyectos en los que nos hemos embarcado y (a veces) postergamos para mejores momentos. Quizá para después de que logremos ordenar tantos trebejos que nos estorban.
Alguna vez realicé una entrevista con un experto en un tema, conmigo sentado en la banqueta, sobre un banquito que sacó de su casa, mientras él permanecía sedente desde su silla de trabajo, en el interior de su hogar. La información fue fascinante, y hasta relativamente ordenada cronológicamente respecto a los acontecimientos que me narró. Sin embargo, justificó el hecho de que yo hubiera de permanecer en la acera, junto a una estrecha calle, porque su casa ya estaba rebosante de lo que, para cualquiera que no examinara en detalle, eran tiliches (libros, plumas, legajos, vajilla, envases varios). “Y, como no tengo esposa, no tengo que hacer acuerdos respecto al orden”, señaló. Su comentario, aprecié después, señala al hecho de que tener pareja es al menos un catalizador para reducir la cantidad de piezas de una colección de lo que sea (campanas, cerámica, jabones, pinturas, bicicletas, coches, perfumes, latas, envases exóticos y locales). Una amiga me narró que alguna vez reservó algunas botellas con la ilusión de ponerles luego velas para utilizar en sus reuniones familiares. Lo malo es que pasaron años antes de que se acordara de comprar velas y mejor optó por deshacerse de las botellas que acabaron por convertirse en estorbos.
Los tiliches y trebejos suelen tener una utilidad limitada en el tiempo y, en ocasiones, son sólo susceptibles de ser usados por alguien con alguna capacitación específica, como los teletipos, los faxes, los teléfonos de disco, las actuales televisiones programables. Para quienes no tienen interés en ellos, acaban por ser estorbos y pretextos para la acumulación de polvos, telarañas y algunas sabandijas. Quienes utilizan cubículos en sus escuelas suelen “arrejolar” ahí los objetos que no quieren en sus hogares. O viceversa, cosas que no quieren en sus cubículos, como libros y otros objetos, acaban por invadir sus recámaras y salas familiares. Lo hemos observado en las fotografías de las áreas de trabajo en los hogares de algunos eruditos como Umberto Eco o Noam Chomsky, aunque también hay quien aspira a dar esa apariencia de confusión y productividad en sus espacios de vivienda o de inspiración.
La lección que nos queda de la acumulación de trebejos, chunches, cachivaches y pichuflitos es que a veces nos estorban el pensamiento y no siempre ayudan a realizar decisiones claras, aunque a veces ese abigarramiento y la asociación entre ellos pueda dar lugar a la creatividad y a la combinación de materiales o de ideas que no suelen combinarse en las mezclas ortodoxas. De cualquier modo, no sólo en nuestro presente, sino especialmente cuando, en el futuro, los dueños de esos preciados objetos ya no estemos en este mundo, nuestros contemporáneos y sucesores en el lugar de trabajo o en nuestras viviendas muy probablemente no encontrarán mucha utilidad a su existencia y a su acumulación. Aunque sea una colección de objetos preciados, para muchos no será más que una colección de objetos viejos y simplemente declararán, ante la pregunta de qué dejamos para la posteridad: “pues, ¡tiliches!”
*Doctor en Ciencias Sociales. Profesor del Departamento de Sociología de la Universidad de Guadalajara. rmoranq@gmail.com